Voz política

Voz política El Teje Nº6/2010

Un té en honor a Andrea

Por Lohana Berkins

Las terribles escenas de la muerte de una integrante de la Cooperativa Nadia Echazú disparó dos tipos de efectos: la captura morbosa de los medios y, puertas adentro, la inquietante idea de la normalidad.

Una de las primeras cosas que me gustaría hacer es una crítica a los medios de comunicación por el modo, en general, en que presentan nuestras muertes, señalándolas como muertes pasionales, como producto de peleas entre parejas o a manos de clientes, acentuando la morbosidad de la trama.


            Lo que quiero contar son escenas entrelazadas de la muerte de una compañera. Andrea Pérez formaba parte de la Cooperativa Nadia Echazú. Murió envuelta en palabras de amor, creía mucho en el amor, y con su última pareja se sentía más valorizada, como ocurre con muchas mujeres que sienten que tocan el cielo con las manos, como si el único fin de una vida femenina fuese sumergirse en el amor hacia un varón. Andrea amaba, y en ese marco se entregaba en demasía.


            En la casa había dos perros. Carmen era su compañera. Se paralizó el día que abrió la puerta y la encontró muerta. Normalmente, cuando entraba, los dos perritos que tenían salían a ladrarle pero esta vez se extrañó porque no los escuchó. No hicieron nada. No ladraron. Todo era silencio. Ella entró, caminó y los vio encima del cuerpito de Andrea, como abrazándola, cuidándola. Ni siquiera se movieron cuando Carmen se acercó. Y el cuadro la enloqueció.


            Nosotras intervinimos en ese momento para que no pase lo que pasa siempre: que no se investiga, que tildan el caso de muerte pasional. Le dimos a la jueza de la causa y a la comisaría, la dirección y el teléfono del chongo para pedirles que hagan la investigación. Hablamos con el Jefe de gabinete de Nación, Aníbal Fernández, para decirle que no quede en la nada y que se castigue al culpable porque, después del crimen, unas compañeras llamaron a la casa uruguaya del amante de Andrea y él estaba ahí como si nada.


            Pero eso no es lo único. Nosotras vivimos situaciones en las que se repiten escenas dramáticas cuando aparecen las familias. Nosotras vivimos con Andrea mucho tiempo, pero ese día, el día de la muerte, aparecen todos y ésta no fue una excepción. Llegan para rodear al cuerpo intentando saber sobre la cuestión económica: quieren ver qué tenía y cómo se reparten lo que dejó. No rinden un tributo a la compañera.


            Sobre ese cuadro se montan otros. Las que organizan, pagan el velatorio, juntan el dinero para que la compañera tenga una “cristiana sepultura” somos nosotras, las propias travestis, las que sí constituimos su verdadera familia. Luego, el asombro. Esa supuesta familia que aparece a buscar los tesoros de ese cuerpo muerto, repite una y otra vez la misma escena: se asombran al transitar el lugar y muestran desconocimiento de la muerta. No saben ni quién es, ni qué le gustaba. Lo único, claro: saben que se acaba su sostén económico. La pérdida más importante en términos superficiales parece ser ese reaseguro económico, es más importante eso que el dolor que nosotras manifestamos. Incluso, en muchas situaciones, empiezan a nombrar a la víctima haciendo uso de su nombre de documento y no el de su identidad de género. Se oyen comentarios. “Mi hijo, fulano de tal.” “Mi hermano.” Y eso deja entrever que la familia estuvo ausente: porque no pueden dar cuenta de la situación de la construcción de identidad y, en todo caso, van y velan a un hermano como si se hubiesen quedado fijados en esa escena anterior. Pero ese hermano, en esas escenas familiares, es ese al que le concedieron graciosamente llamarlo en femenino para celebrar su llegada a la casa. Porque, en realidad, no estaban celebrando a Andrea cuando llegaba de visita, sino a ese sostén económico o ese “hermano” que dadivosamente vuelve a retribuir en las visitas ese amor ficcional que se le da.


            De alguna manera, esa vuelta ficcional hace desaparecer la escena insoportable de la expulsión del hogar o el tono de violencia enfermiza. Todo eso desaparece y se monta la otra escena, la del bienestar, la del sos mi “hermanita”, la entrada en ese juego ficticio en el que la travesti de alguna manera empieza a comprar el cariño familiar.

El día de mi velorio espero que vengan mis hermanas y hermanos, pero que vengan a velar a Lohana Berkins, y no a otra persona. Que conozcan mi historia y que den cuenta de mi vida.

¡Pero atención!: Esta aceptación condicionada me parece patética.


            El día de mi velorio espero que vengan mis hermanas y hermanos, pero que vengan a velar a Lohana Berkins. Que conozcan de manera oral mi historia y que den cuenta de mi vida.


            A mí me conmovía más darle el pésame a Carmen —la madre trava de Andrea, que sostenía un vínculo de afectividad y de cotidianidad con ella, con quien estaba clara la escena del dolor— que darle el pésame a otra persona. Con esto no estoy haciendo un juicio de valor sobre la madre biológica de Andrea. Lo que digo es que Carmen perdía una parte importante de sus afectos, el lugar donde había anclado la familiaridad, el amor, lazos mucho más fuertes que los que Andrea mantenía con otros familiares. Esa es una situación repetida en todos los velorios de las travestis. Llegan parientes que a lo largo de nuestras vidas nunca vimos ni en cumpleaños, ni en Navidad, ni en las fiestas, es una familia que no convivimos. En los velorios de mis amigas no me atrevería a llevarme un tenedor, pero ellos llegan para llevárselo todo. Sólo una vez vi algo distinto. En el velorio de Yanina, una cordobesa, vino su papá. Estuvo todo el tiempo junto a ella, nunca preguntó si tenía o no tenía algo, dijo que llegaba para velar y despedir a su hija, estuvo todo el tiempo acompañándola y se fue.


            Pero tampoco eso es lo único. Un viernes volví de viaje, y sabía lo que había sucedido, pero entré a la Cooperativa y me encontré entre mis compañeras como si no hubiese pasado nada. Y yo tampoco sabía qué hacer. Entonces insté a las compañeras a vivir el duelo de alguna manera porque Andrea era una compañera con nombre y apellido, era una persona que estaba ahí y no era algo que aparece y después desaparece sin que pase nada.


            Yo siempre digo que he vivido tanta muerte, que he llegado a pensar que soy la muerte misma. Y aunque la muerte violenta está presente en nuestro imaginario esto no es natural, no podemos hacer como si no hubiese pasado. No. No puede ser, murió una compañera, “Hablemos”, les dije. “Pensemos.” ¿Por qué no hicimos un comunicado? “Activemos.”


            El relato que empezó a armarse a partir de ese momento fue como escribir nuestra biografía: como si cada una hubiese creído que es lo que va a pasar con cada una. En el fondo, esa escena está ensimismada con la otra, y todo esto es como escribir tu propia escena una y otra vez.


            Lloremos, digamos algo, tomemos el té en honor a Andrea porque también esa situación de vacío no te permite nunca cerrar la historia. La violencia nos golpea tan sistemáticamente que no tenemos el tiempo necesario para cicatrizar nuestras heridas y ese duelo es interrumpido por una escena de mayor violencia una y otra vez. El silencio es un lugar donde la monstruosidad no toma forma. Ese limbo del silencio obtura la posibilidad del afecto. ¿Para qué hacerme amiga tuya si vas a desaparecer? Eso dificulta la construcción del afecto y del placer al mismo tiempo.