Voz política

Voz política El Teje Nº6/2010

Una mujer de cuarenta años me llama, se presenta como psicóloga y empieza a mirarme de arriba abajo…

Por Laura Colipe, LAURA_COLIPE@HOTMAIL.COM

Los hospitales públicos pueden ser un buen lugar para encontrar un psicólog@ que te dé herramientas para seguir andando. O pueden convertirse en lugares despreciables. Laura pasó por los dos caminos cuando se debatía entre volver a sus pagos o avanzar con su carrera en Buenos Aires.

Soy una persona trans que en el año 1998 viajó a Buenos Aires desde Río Negro, ciudad de General Roca, con 100 pesos en el bolsillo y con miles de sueños. Viajé en plena primavera directo a la casa de un amigo, el cual me dio una mano más que grande (Juanjo te quiero y ¡gracias!).


El objetivo de mi tan largo viaje era poder, en esta maravillosa ciudad, estudiar psicología, pro­fesión que amo y que me permitió descubrir mi otra gran vocación: la docencia. Así, después de un par de años, no sólo me recibí de licenciada en Psicología, sino de Profesora en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Por el momento, sólo les contaré esta pequeña parte de una larga historia para poder profundizar en una experiencia que me sucedió en el área de atención psico­lógica de los hospitales Fernández y Ameghino.


Un día me levanto muy angustiada, angustia que venía experimentando hacía tiem­po. Vivía en un hotel del barrio de Abasto, en una habitación muy pequeña, pero era mi único refugio en ese momento. Tenía que tomar una decisión, producto de una situación que para mí era muy dolorosa: continuar con mis estudios universitarios o volver a Río Negro porque no hallaba la manera, no sólo de encontrar trabajo, sino de generarlo. Necesitaba buscar la forma de lograr mis sueños. Si bien recibía la ayuda de mis padres, sentía que eso no era suficiente. La calle: ni loca, no era ese mi objetivo y debía buscar la forma de salir.


Aceptar la prostitución “para mí”, es aceptar el castigo social y la exclusión, pararnos solitas en ese lugar señalado por los otros, porque creen que es lo único que podemos hacer. De todas maneras, como dice una frase: “la necesidad tiene cara de hereje”, aunque me alegra ver que cada vez más, muchas de nosotras, estamos intentando hacer algo diferente, rompiendo con esos mandatos que nos desprecian, dejándonos llevar por nuestros propios deseos, aunque sepamos de antemano que tampoco será fácil. Entonces, ven ustedes lo doloroso que resulta­ba aceptar el fracaso. Tenía que poder pero necesitaba ayuda, especialmente psicológica. Alguien que me escuche, que me comprenda y por sobre todo, no me juzgue.


Fue así, que al no poder más con mi alma, decidí recurrir al hospital Fernández, al que ya había asistido por otras razones y me había sentido muy bien atendida. Llegué una mañana. Me dirigí al área de urgencias en una situación muy angustiante. ¿Vieron esos momentos en los que estamos tan dispers@s y angustiad@s que a veces ni siquiera nos damos cuenta de cómo cruzamos la calle? Una vez que llego al lugar, paso a exponer mi situación a un señor que nunca supe quién era. Me envió al área de atención psicológica. Apresuradamente, caminé hacia el lugar. Golpeo la puerta y me atiende una señora diciéndome que espere a que un profesional me llame.


Espero. Pasan unos 20 minutos. Sale una mujer de unos 40 años, me llama, se presenta como psicóloga y comienza a mirarme de arriba a abajo mientras me preguntaba qué necesitaba. Como estaba totalmente angustiada no podía responder, además no que­ría hacer pública mi situación, ya que no era la única persona que estaba ahí. En un acto de cordura, la psicóloga me invita a ingresar a un cuarto pequeño (un consultorio), una vez sentadas continua mirándome detenidamente hasta que, creo, al darse cuenta de mi iden­tidad trans, me dice de una forma muy ácida, gestualmente muy dura: “No, yo no puedo atenderla, no... No soy especialista en estos casos”.


Mi mente iba a full, no entendía, me sentía un bicho raro incomprensible hasta para la ciencia, entonces le pregunto por qué no me asistía, reiterando varias veces mi inquietud, pidiendo ayuda. Al no haber respuesta me levanto con lágrimas en los ojos y me retiro totalmente desconsolada, más angustiada de lo que había llegado.


Una vez en el hotel le comenté todo a una vecina. Ella me sugiere ir al hospital Ameghino, en la esquina de Córdoba y Agüero, muy cerca de casa. Rápidamente y sin dudarlo, pensé que era mi último intento.


Caminé hasta la institución. Al llegar, pregun­té si me podían atender, ya que me sentía mal anímicamente. Me respondieron que sí, que espere a que se desocupara una psicóloga y que me llamarían. Escuchando música en una pequeña radio con auriculares espero intran­quila, no sabía cómo me tratarían esta vez. Pero en esta institución resultaron muy humanos: además de contenerme tuve tiempo de relatar lo que había vivido en el otro hospital. La terapeuta me sugirió realizar la denuncia para que no volviera a suceder, pero me negué, era más que suficiente. ¡Encima la policía!, pensé.


Durante casi un año fui al hospital Ameghino. No sólo logré estabilizarme internamente, sino comprender que había otras alternativas de trabajo muy jugosas en el hotel. Comencé a vender ropa interior femenina, especialmente vedetinas, tangas y demás. La idea me la dio mi dulce amiga Natalia, íbamos juntas, comprábamos al por mayor y las cosas se vendían como pan caliente. También sumé la venta de productos de varias revistas y, encima, Naty que tenía un kiosco en el barrio me propuso cubrirla los fines de semana y feriados para que ella pudiera descansar un poco más con su marido. De esta manera, pude continuar con mi carrera, que en ese momento era lo único que me hacía feliz y, todo comenzó a ir mucho mejor, inclusive conocí a un hombre maravilloso, también docente, que desde hace seis años me devolvió las ganas de apostar nuevamente al amor.


Paso a paso, avancé en la carrera. Un día en la materia de Etica, durante un trabajo práctico, conté lo que me había pasado en el hospital. La historia causó un escándalo entre los docentes, ya que no podían creer cómo algunos profesionales faltan a su juramento con total impunidad y, de verdad, ese día me odié por no haber realizado la denuncia. Pero no importa: hoy no permitiría una bofetada semejante y, se los cuento a ustedes para que tampoco lo permitan.


Debemos conocer que nuestros derechos como personas son reconocidos por lo jurídico, o sea, son legalmente obligatorios. Nadie, sin excepción puede evadirlos, mucho menos en el ámbito de la biomedicina, de lo contrario incurriría en falta grave y no estaría respetando, ni tampoco cumpliendo, con sus deberes como profesional. La psicóloga no me explicó por qué no deseaba atenderme, aunque no correspondía ya que era su obligación. Yo hoy tengo argumentos suficientes para afirmar que existió un acto discriminatorio.


La angustia como “estado afectivo” consiste en la aparición repentina del miedo a una vivencia de peligro que no podemos nombrar, es constitutiva de todo ser humano. Tod@s en algún momento podemos experimentar un estado de angustia, un psicólog@ no debe ser especialista en angustia simplemente debe entender que “travesti, trans, lesbiana, gay, heterosexual”, no somos casos raros, y deben asistirnos igual. Esto no quita que los profesionales deban conocer más las temáticas de nuestra comunidad GLTTB en todos sus matices, reconociendo problemáticas propias para asistirnos.


Todos los profesionales tienen la obligación de velar por la integridad del paciente. En este caso no se respetaron mis intereses y mi bienestar, pusieron por encima mío sus propios prejuicios crueles e inaceptables. Tod@s sabemos que suelen ser constantes las faltas graves en algunos profesionales, pero también existe un problema de conocimiento de parte nuestra respecto de nuestros propios derechos. Sería “ideal” que hubiese educación por parte del Estado, para que tod@s conozcamos nuestros derechos: sepan, nunca debemos dejarnos amedrentar, no debemos permitir que se nos ubique en ese lugar de “casos raros”, no por nuestra identidad de género y orientación sexual se posee un psiquismo extraño e inasequible. Todos los psicólogos cuentan con herramientas esenciales para contener a “cualquier persona”, sin importar su identidad sexual, orientación, estatura, masa corporal, color de ojos, etcétera.


La idea es desaprender conductas (nosotr@s dejando de ser sumisas, haciendo que nos respeten y ellos cumpliendo con sus obligaciones). Exigir la declaración que corresponde también es nuestra responsabilidad. Es aquí donde nosotr@s debemos exigir que se respeten nuestros derechos, ser sujetos protagonistas, visibles a través de lo jurídico, para comenzar a modificar algo de lo prefabricado.


En un artículo pequeño que comencé a escribir, pero no publiqué y que se llama “No ser un guión del otro”, pienso en unas palabras de Freud cuando enfrenta al moralista y homo- fóbico Putnam que define la homosexualidad como una patología. Freud le dice: “La moral sexual tal como la define la sociedad (. ) me parece muy despreciable. Me identifico con una vida sexual mucho más libre.”


 


Código esencial que debemos conocer cuando asistimos por atención psicológica:


El código de Etica de la Federación de Psicólogos de la República Argentina, que entre sus tantos códigos tiene el de Deontología Profesional (deberes que debe cum­plir un profesional en salud mental), dice: “(...) A.- Los psicólogos se comprometen a hacer propios los principios establecidos por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Asimismo, guardaran el debido respeto a los derechos funda­mentales, la dignidad y el valor de todas las personas, y no participaran en prácticas discriminatorias (...)”. O “(...) 3.3.2.- En el ejercicio de su profesión los psicólogos no harán ninguna discriminación en función de nacionalidad, religión, raza, ideología o preferencias sexuales de sus consultantes (...)”.