Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº7/2011

Historiando el Carnaval Porteño

Por Malva

Historiando el Carnaval Porteño

Pepa “La Carbonera” integró la avanzada que se abrió espacio en los carnavales cuando todavía eran territorio de varones. Los modistos como puentes entre las lentejuelas y la cultura del barrio. Y las madrugadas entre persecuciones de la policía y clubes, entre inversiones y protestas.

Uno de los sentidos del carnaval fue demostrar el sufrimiento del hombre común causado por las clases dominantes del momento. En nuestros tiempos, era el conducto directo y elegido por una franja importante de la sociedad para denunciar públicamente la protesta reprimida casi siempre en lo social y lo político y a veces la problemática sexual. Todo ello por medio de un cancionero popular cuyas letras acotaban la denuncia. Para eso, se elegían melodías fáciles y se les imprimía el ritmo de la murga.


Fue lo que yo capté en los carnavales de Buenos Aires en las décadas del cuarenta y cincuenta. A la vez observé que la figura de la mujer casi no tenía participación en la murga, sólo había hombres. Tengo entendido que para realzar la fiesta de Momo se inaugura el corso oficial en Avenida de Mayo, posibilitando la presentación de las agrupaciones locales. Se establecen para ello los lunes y martes como días relacionados a este evento aunque años después son borrados del calendario por la dictadura de turno (creo que fue la de Onganía).


Pero desde la instauración de las murgas en los corsos, aparecen muchachos vestidos de mujer mamarracho a modo de solfa, con el propósito de divertir a la gente llamándose a sí mismos las “Machonas de la murga”. Tiempo después, esta jocosa modalidad da paso al transformista, o sea el maricón lujosamente ataviado, constituyéndose en una atracción para el público del corso.


El primer grito renovador en este sentido salió de La Boca, y fueron dos los maricones que encabezaron esta innovación: Cualo y Pepa. A esta última se la llamaba “La Carbonera” por el hecho de atender un negocio de su propiedad dedicado a la forrajería y a la venta del carbón por kilo. En este tiempo al carbón se le daba distintos usos domésticos. En cuanto a la Cualo, es bien poco lo que puedo decir, nunca fui amigo de ella. Puedo decir, sí, que su figura y belleza personal me deslumbraron al verla desfilar en el corso de La Boca, el público la aplaudía a rabiar y yo también.


Ellas asistían como integrantes de los “Nenes de Suárez y Gaboto”. Desde ya que los vestuarios lucidos por las dos mariquitas en el desfile del corso de la República de La Boca eran deslumbrantes y fueron confeccionados por modistos teatrales. Así comienza una época en que el Carnaval porteño se viste de otra manera dando surgimiento a la “vedette” de la murga. El lujo y el buen gusto se hacen presentes para el deleite del público. Todas las agrupaciones trataron de tener su grupo de vedettes para valorizar la presencia pública. Y así quedó establecida la competencia.

Cambios: De acuerdo a mi olfato ciudadano entendí que el elemento “puto”bajo estas características fue utilizado como el “pany circo”para calmar los ánimos exaltados.

Esta innovación comienza allá por 1961 hasta 1972 más o menos; de acuerdo a mi olfato ciudadano entendí que el elemento “puto” bajo estas características fue utilizado como el “pan y circo” para calmar los ánimos exaltados de una gran franja social disconforme con los dictados de los regímenes militares después de la caída de Perón.


La manera de evidenciar el descontento fue por medio de la crítica política cantada en versos, a veces de tono bastante subido. Los destinatarios preferidos fueron las dictaduras de los Generales Viola y Onganía, a este último por haber borrado del mapa los días lunes y martes del Carnaval. Los murgueros no se lo perdonaron. Arturo Frondizi también fue blanco de los estribillos acusadores. Recuerdo uno que decía más o menos así:


Con el plan de austeridad// que nos impone Frondizi //Andaremos sin zapatos // morfaremos diez raíces


Los milicos enemigos de las maricas recibían estas bullas:


Vea vea vea / qué cosa más bonita Trajimos a las vedettes //como adorno de la murguita.


O bien esta:


Rataplán rataplán // las vedettes no se van A los organizadores del corso les daba escozor escucharlas pues temían las represalias policiales. Algunas veces, por haber cantado estribillos políticos o por decisión personal, a los transformistas les estaba vedado desfilar en el corso por orden del comisario. Quedaban a merced de él: o los prohibía o los permitía. El argumento fue bastante pueril ya que decía que algunos maricones exhibían en demasía el culo y las tetas, y esta demostración atentaba contra la moral. Al fin de cuentas, accedían ante el requerimiento del público que decía: “¡Queremos a las vedettes!”.


Resultado: los putos desfilaban. A medida que las mariolas se hacían ver, una a una, se escuchaba un “¡Oh!” de admiración de parte de las mujeres y gritos acompañados de palabras maliciosas venidos de la chongada. Todos, hombres y mujeres, aplaudían con entusiasmo los comentarios que apuntaban a las curvas de los transformistas.


Lo que la gente no sabía era que esas exuberantes tetas eran ortopédicas sobre algodón hidrofólico, las gambas torneadas junto al culo y las caderas eran goma pluma bien trabajada. Cada marica se trucaba de acuerdo a su necesidad, no todas recurrían a la ortopedia teatral.


A la gente común le hubiese costado aceptar que bajo esos trucos se escondía una anatomía poco favorecida por la naturaleza, ya que algunas eran más planas que una tabla de planchar y para


colmo peludas como tarántulas. Pero afortunadamente, para corregir los olvidos naturales estaban los modistos teatrales, junto a maquilladores que hacían maravillas en las caras de los putos. Ellas, con tal de quedar hermosas, se prestaban al manipuleo profesional.


La modista, los coreógrafos y las lentejuelas


Entre las travas murgueras surgió el temor a caer presas antes del carnaval. Para evitar esa fatalidad trataban de salir lo menos posible a la calle, no fuera cosa que el “diablo metiera la cola” y llegado el momento prácticamente se encanutaban en sus domicilios.


Por el hecho de confeccionar atuendos para algunos maricones, tuve la oportunidad de vivir de cerca todos los avatares experimentados por los transformistas y pude comprobar que fueron muchos los modistos y maquilladores, amén de otros relacionados con la revista porteña, que se comprometieron laboralmente con la vedette murguera. Aclaro que por costurar para alguna de ellas me era permitido a veces integrar el grupo.


Se llegó al punto en el que dos renombrados coreógrafos intervinieron en la puesta de pasos de baile revisteril para el lucimiento de los maricones. Y fueron estos: Eric Zepeda de El Nacional y Pedro Sombra del Maipo. Algunos maricones eran bastante pataduras.


Este mundillo contribuyó al nacimiento de un movimiento carnavalesco del que no se habló lo suficiente ya fuera por ser ignorado o porque fue pergeñado por individuos marginados por la moralidad policial y cierto periodismo mata-puto, sin disposición profesional para realzar una vistosa novedad que marcó un hito en los corsos barriales ya de los años sesenta y setenta.


Por estar cerca de estas agrupaciones pude comprobar que los transformistas no escatimaron en los gastos que ocasionó su lucimiento personal. Sabía que tanto los modistos como los accesoristas teatrales les cobraban sin piedad, y siempre me hice la misma pregunta ante un hecho tan inusual, hasta que me atreví a formularla en voz alta. ¿Por qué esos gastos por tan pocos días?


 


¿Qué factor tan importante los impulsaba a ello? La respuesta fue simple y contundente para mi juicio: “Lo hacemos con bastante sacrificio pero vale la pena, pretendemos demostrar —me decían— que somos maricones útiles, creativos y con valores que la policía niega con sus mentiras y atropellos”. “Qué mejor que un corso que es la vidriera al público, que sea ocupada por nosotros para demostrar que no somos la basura que hay que esconder abajo de la alfombra y que merecemos el reconocimiento de la sociedad, algún día será que se den cuenta de que somos merecedores de otro trato”.


Evidentemente esta queja tenía en ese momento un alto sentido social. Tuve la sensación que era en verdad el reclamo ante la injusticia a la que éramos sometidos todos los maricones de esa época.


Noches de clubes sociales hostigadas por los chongos sopla nucas


Retomando el hilo narrativo, por norma se terminaba la noche en un club amigo que por lo general prestaba los vestuarios para que los transformistas los usaran como camarines (nunca, que yo sepa, se perdió nada).


Recuerdo que fueron las agrupaciones de “Los Elegantes de José Ingenieros”, “Los Bomberos de Avellaneda”, “Los Dandys de Victoria”, “Los Nenes de La Boca” y otras las que albergaron a la marica como integrante de las mismas. Debo destacar que hubo un grupo independiente de transformistas que bajo el nombre de Petit Carrousel hizo la delicia del publico habitué a los corsos. Tanto por la fastuosidad de sus vestuarios como por su originalidad es posible que los memoriosos los recuerden. Tengo para mí, que el leit motiv de travestis que integraron las murgas fue el de sacar desde el fondo de su alma el indio reprimi­do durante el resto del año. Todo el mundo los vio y los aplaudió, pero no supo entender que tras esa fachada brillante se escondía un deseo, el deseo de ser reconocido y aceptado para poder vivir en libertad.


Los receptores de esta modalidad carnavalesca fueron los clubes de Nueva Chicago, Comunicaciones, Combinados y el Velódromo. La muchachada integrante cuidaba a las vedettes de las posibles contingencias que pudieran producirse como consecuencia de la invasión de chongos sopla-nucas que asediaban a los micros al salir del club, para pedirles el número telefónico y concertar una cita amorosa, situación que enfurecía a la policía. La protección también era anti-policíaca: los organizadores esperaban al micro de los trans- formistas en la puerta de acceso al club para evitar el manotazo policial en contra de las maricas travestidas. Solo así las vedettes ingresaban seguras que no serían detenidas.


Durante los días del carnaval se organizaban grandes shows artísticos en los que se incluían a los mejores grupos. Fueron famosos los de Pinar de Rocha, Tigre Hotel, Nueva Chicago y algunos otros. Hoy la murga como expresión popular tomó otro rumbo social según creo. Los matices son otros. Observo que la inclusión de la mujer es ya un estilo y la marica vedette no tiene vigencia. Pero, ¿qué diferente sexual de mi tiempo puede olvidar la figura del transformista que marcó una época en los corsos de la Buenos Aires de antes?


 


Epígrafe foto: CARNAVALES REPUBLICA DE LA BOCA 1940. MALVA (A LA IZQUIERDA) CONSIGUIÓ UN LUGAR EN LA MURGA DESPUÉS DE PAGÁRSELO COSIENDO DURANTE MESES LOS TRAJES DE BUENA PARTE DE LA COMPAÑÍA