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Mundo El Teje Nº7/2011

Juchitán, juchiteco

Por Diana Sacayán

Juchitán, juchiteco

Entre tarros de calamares que se ofrecen con un fresco aroma y los vestidos bordados a mano, las muxes paralizan el tiempo en un rincón del planeta.

Allá en el sur de México existe una ciudad llamada Juchitán. Cuenta la historia que pocos pueblos indígenas han enfrentado la colonización cultural con tanto éxito como el pueblo juchiteco, por ello se mantienen tan intactas su cultura y su tradición. La gente habla en su mayoría el zapoteca. Las importantes fiestas del pueblo o “Velas”, como las llaman, son celebraciones de toda la ciudad. Son veintiséis Velas al año que empiezan en abril y terminan en septiembre, aunque la mayoría se celebran en mayo. La ciudad tiene como atractivo principal a su propia gente: las mujeres bellas con sus huipiles y polleras largas, peinadas con flores de múltiples colores, van y vienen por las grandes ferias que se desarrollan durante todos los días de la semana, convirtiéndolas en su estrategia de supervivencia.


“El ojo de agua” se encuentra entre uno de los pocos atractivos, un manantial de aguas dulces y transparentes, un sitio de esos soñados, de cuentos de hadas. De hecho se dice que allí se bañaba una princesa zapoteca y que fue motivo de múltiples conflictos que se disputaron en el lugar. De aguas claras y grandes piedras, parece teñido de un suave color verde.


Entre las mujeres, que son quienes manejan la economía, se mezclan las muxes en el mercado del pueblo para darse un lugar en su propia historia. Entre tarros de calamares que se ofrecen con un fresco aroma y esos vestidos típicos bordados a mano, ellas también como ese ojo de agua parecen detener el tiempo en ese rincón del planeta.


Nosotras llegamos para participar de la Semana de la Diversidad Sexual que realizan las muxes intrépidas, auténticas buscadoras del peligro. Indios y maricas de distintas latitudes nos juntamos a debatir problemas comunes y buscar posibles soluciones. Mientras tanto, la ciudad se preparaba para lo que se conoce como una de las más grandes Velas o “fiestas” realizadas por las muxes. Las expectativas se sentían en los barrios, en las calles, en el centro, en la feria como esas noches de Navidad tan anheladas de la niñez. Todas bordan huipiles y polleras. Una de las chicas lee en mi cara la ansiedad que tenía por recorrer la ciudad y de pronto, me ofrece caminar las secciones 7, 8 y 9, y llevar invitaciones formales.


Cuando estamos ahí, la gente se nos acerca y empieza a preguntar qué hace falta. Los tecas ofrecen transporte para cualquier eventual traslado y las mujeres prometen llevar muchas flores porque la primera jornada es la “regada de flores”, que consta de un paseo con trompetas y redoblantes, y una fila de 30 carros arrastrados por fuertes bueyes que también suelen llevar una corona de flores entre sus cuernos.


En el centro, circula la mayordoma que es Amaranta y ella es la que encabeza la marcha de esta caminata que detrás es acompañada por diez cuadras de carrozas esmeradamente coloridas, mientras miles de personas esperan en la calles a las muxes. Mientras avanzan ellas arrojan productos de regalos que originalmente eran flores, según la tradición.


Luego del recorrido por las calurosas calles nos metemos merecidamente a un bar. Allí, mediante un mensajito improvisamos una comida con varias chicas. En la sobremesa, un señor nos invita a sentarnos con él y de inmediato pide que nos sirvan un trago. “Ustedes se lo merecen —dice—, son el orgullo de Juchitán.” El hombre en cuestión es un empresario.


Se declara sumamente agradecido: “Las muxes nos enorgullecen porque dan a conocer esta ciudad olvidada”, dice mientras acaricia con suavidad el cabello lacio de Binisa, que sonríe y devuelve la caricia en su brazo, esa afectividad que las travestis de aquí desconocemos. Una ronda más en voz alta, como gritando, mientras el hombre se levanta para saludar. Y se despide con besos y abrazos.


Según Amaranta Gómez Reglado, antes de la llegada de los españoles, las muxes eran consideradas parte de un tercer sexo, con un espacio y un rol social bien definido. El término ‘muxe’ (‘mushe’) se usa en las poblaciones zapotecas del Istmo de Tehuantepec para describir a personas transgénero, personas que asumen roles femeninos en la comunidad.


Binisa es una muxe, su nombre es el equivalente a “llovizna”, el nombre más bello que pude haber escuchado. Nos paseamos por la feria. Discute precios, claro, hablando en zapoteca. Alguien le pregunta por la Vela: ¿cuándo va a realizarse? Ella me traduce. “El sábado le esperamos”, responde a quien le pregunta y antes de irse les deja una invitación en la mano.


Las muxes tienen un rol social inimaginable para el 95 por ciento de la población travesti de Argentina que sobrevive de la prostitución: la mayoría se ocupa del cuidado de los niños y ancianos, algunas trabajan en las ferias, otras bordan manteniendo la tradición y aunque en cierta manera reproducen el rol de la mujer ama de casa, es importante destacar lo que hacen en el contexto sociocultural en el que viven.


La segunda jornada es por fin el día de la Vela: una fiesta inmensa donde anonadadas veíamos con nuestros propios ojos cómo llegaban más de diez mil personas a un predio enorme. Todos colaboran con una caja de cerveza en la entrada para asegurar la diversión, hay holandeses, franceses, alemanes y gente venida de todos los rincones del país, para presenciar la fiesta de la diversidad. La comida circula por doquier, la bebida nunca falta, se inicia la elección de la reina, hay cantantes conocidos, actrices del espectáculo, todos vienen a ser parte de este momento que no me deja salir de mi asombro.


Yo pedí permiso para vestirme con las ropas tradicionales zapotecas para la fiesta y de inmediato en el patio de la casa de Amaranta —mi amiga y compañera de todas las luchas—, tres mujeres comenzaron a entretejerme el cabello de una forma artesanal. Armaron algo con una cinta roja, una flor en mi cabeza, peinándome con trenzas del extremo izquierdo, y una flor blanca. Del maquillaje se ocuparon las compañeras muxes; el güipil, la pollera y el collar aparecieron a último momento para luego confundirme entre la gente y apreciar de cerca esta maravilla única en el mundo.