Arte

Arte El Teje Nº3/2008

A partir de las 10

Por Marlene Wayar y Julia Amore, foto por Marieta Vazquez

A partir de las 10

Diego Capusotto no lo sabía. Pero Marlene Wayar no sólo se le sentó a hacerle una entrevista, sino que le hizo una suerte de psicodiagnóstico rebelde zen y casi casi lo condena. Como pudo, Julia Amore metió lo suyo.

Le gusta que le digan Diego. Y Diego nos aceptó de inmediato. Apenas le hicimos la propuesta de la entrevista, nos llamó para darnos la cita. Entramos a la casa de Barracas con Julia Amore. Sí, una casa en la Barracas profunda, bien del barrio porteño, nada cerca de las ascendentes calles del Parque Lezama, sino bajo las autopistas. En ese espacio reciclado, Diego, entonces, decidió conserver los orígenes. Las paredes imponentes tienen techos altos con muchas ventanas, mucha madera de la que guarda huellas, nada que ver con lo laqueado donde las huellas se borran; mucho verde y una disposición muy femenina son las marcas que van recorriendo la casa hasta que, eso sí, te das de lleno contra un living cruzado de lado a lado por un banderín del Racing Club, la impronta del muchacho. El resto sigue ordenado por una continuidad cortada con detalles de niños, manuales escolares, cositas rosas, el pibe tuvo niñas (ja, ja, ja), una verdadera clave. Elisa que tiene 9 años y Eva (otro guiño) de 5 añitos están por ahí. Las dos son la clave de la paternidad que ha hecho de él y de su generación, tipos aparentemente duros pero enternecidos por la vida. Se les nota en la cara; se les nota en los gestos y en su forma de actuar.


—¿Viste cómo te contesté al toque? –dice Diego Capusotto apenas nos saluda. Estamos en la casa, sentadas, a punto de empezar, Diego habla.— Y las llamé porque me resultó interesante. Las notas son preocupantes cuando te obligan a decir algo que vos no tenés ganas de decir. Nada más. Ahora bueno, no haría una nota para Tradición, familia y propiedad. No, gracias.


—Así que sos del `61.Yo soy del `68 —le digo—. Y llegué al secundario con el regreso de la democracia. Vos viviste el secundario todavía en dictadura.


—Ni siquiera todo el secundario porque tengo sólo primer año aprobado. Hasta ahí llegué. Después cumplí con la famosa orden de “si no estudias, trabajas”, que cumplí. También quería ganar mi propio dinero o no depender de mi viejo, pero tampoco era muy feliz con lo que hacía. Empecé a hacerlo un poco cuando me conecté con el teatro que me hacía sentir en un espacio que a mí me resultaba un poco más trascendente que el resto de la vida. La época era tremenda, pero también, por eso mismo, de refugio para mí y mis amigos. Todo está concatenado y tiene que ver con la familia en la que me crié: mi vieja era profesora de piano, mi hermano mayor me hizo escuchar el rock and roll que escuchaba él, era una especie de Pigmalión. Todavía no entendía que un Golpe de Estado era común en la Argentina y que la sociedad en general terminaba aceptándolo, pero sentía que los tres o cuatro años anteriores al golpe habían sido una época donde realmente pasaba algo. A todo eso lo viví sabiendo que estabas en la esquina y pasaba el patrullero y, si querían, te llevaban a pesar de que nosotros no estábamos ligados a ninguna militancia. Simplemente nos juntábamos los del barrio, jugábamos al fútbol, tomábamos cerveza, escuchábamos rock and roll, leíamos e íbamos al cine.


—Eso te iba a preguntar. Una parte de los refugios que mencionás ¿era el teatro?.


—En ese momento no. Era más cinéfilo. Con el teatro empecé cuando tenía 24, 25 años. Me formé ahí. Estudié tres años con Germán Akis y Raúl Baroni en Teatro Arlequino, en la calle Perú. Me empecé a juntar con gente para armar nuestros propios espectáculos. Era la época del Parakultural, el genuino para mí, el de la calle Venezuela, y ahí empecé a salir al ruedo y a sentir que mi vida podía llegar a estar emparentada con algo de cierta trascendencia y la trascendencia no era ser famoso sino sentirte feliz con lo que hacés.


El chabón no hizo más que el primer año del secundario. Pero lejos de pensar en propiciar esa práctica, esa mención aparece como el origen de su potencia. Diego ha observado con obsesión a su tribu y a las que entran en contradicción con los suyos, con los otros y otras de cada grupo. Y desde ese lugar crea personajes tan reales como los que encontramos en cualquier esquina. Aún así es falaz pensar que lo logró porque no ha sido educado en la formalidad de la hegemonía, porque todas/os somos un producto social. Y entonces, también sus personajes. Pero con ellos, despierta una especie de travestismo consciente: una herramienta que usa para des-identificarse, para leer lo absurdo y proponer una mirada critica pero también ideológica sobre lo que se supone natural. Él reacciona contra la mirada torva de un policía de calle cuando interpreta al policía malo. Lo ridiculiza. Y, sin decirlo, entonces, propone a la


vez que todos dejemos de actuarlo. Es un trabajo que nos encomienda a cada una/o. Discretamente. Sólo con un apunte, porque no quiere moralizar, se ríe. Se ríe de aquello a lo que le dijo no pero también de esto que es él, del barrio, del muchacho, y le da una entrevista a El Teje que es su manera de decirnos si, un sí que así aparece socialmente, claro.

Yo me acuerdo que en el `72, a una cuadra de mi casa había un travesti, y yo lo miraba pensando: “este es un chabón”. Eso era como un ovni.

Diego es parte de una generación que creció con cierta cosa de rebeldía adolescente, y eso generó como una huella que les quedó adentro del cuerpo aún de grandes. Son muy distintos a la generación de mis viejos porque sintetizaron la posibilidad de ser adultos con cierta capacidad de mantenerse jóvenes (no imberbes) de la cabeza. Las nuevas generaciones, los más chicos, en cambio, todavía no se dan cuenta. Los hijos de Pablo López, un amigo de la estirpe de Diego, suelen decirle: “Bueno, vos ya sos papá”, como excluyéndolo con disimulo del círculo de “lo joven”. Porque les cuento que, para abordar a Diego, tuvimos que recurrir a cierta cartografía humana, de esas que una tiene en la cabeza y donde él está ubicado en el mundo de “los roqueros”, como un nieto de la nada, como aquellos abuelos, como los Rollings, como los Beatles, como Charly o Spinetta: una nada que lo es a partir de lo inmenso del Rock, fragmentado hasta lo inconcebible.


—A mí siempre me gustó hacer reír —dice ahora— porque eso de lograr la carcajada del otro me parece que es sano, un verdadero momento compartido. Después vino la televisión, empecé a ser Diego Capusotto, de tal programa, pero donde siempre traté de mantener algo que el medio no te lo permite tanto, que es hacer autogestión. Claro que en la televisión nunca terminas de ser del todo independiente porque siempre quedas ligado un poco a lo oficial, desde las ideas del productor hasta ciertas convenciones con las que tenes que transar para finalmente poder hacer algo.


—¿Cuando te quedabas en la esquina podías ir preso?


—En esa época había dos tribus definidas que eran los roqueros y los chetos. Yo obviamente era roquero, pero todavía no estaban tan presentes los medios como para que eso tomara la importancia que tiene hoy, cuando las tribus ni siquiera tienen un sustento ideológico. Porque hoy los medios hacen que cualquiera se posicione y tenga un rol de una potencia que en realidad no tiene. Yo no sé si eso es parte del cine de los tiempos en donde no pasa nada en realidad y entonces cualquier pelotudo adquiere una importancia que no merece. Cuando yo era roquero, las tribus hacían cosas muy subrepticiamente, no se salía tan a la luz, aunque siempre fue parte de la historia esto de pertenecer a una tribu y ser antagónico de otro. Es como el problema del territorio. Yo era roquero pero no soy roquero hoy. Si amo el rock es como movimiento aunque después haya derivado un poco en otra cosa. Hoy yo tengo un poco más de Buenos modales, porque me interesa la música como sonido casi poético, entonces el rock no me cierra del todo. Uno crece y no necesita tanto pertenecer.


Sus “nos” más rotundos, su mirada “antisistema” aparece en algunos personajes. El policía es el “enemigo” del rock y enemigo de todas/os. Diego se trasviste de policía: es decir, él podría haberlo sido, hipotetiza sobre las coordenadas de ese origen y se pregunta ¿quién es apto?. O ¿qué los lleva a escoger a esa Fuerza?. ¿Quién les permite jugar con el poder? El que Eligió ser Roquero también podría serlo o, aún más, podría tener lo policíaco sin estar vestido de policía y es justo de eso de lo que Diego parece liberado: “Yo siempre me escapé —dice— me rebelé un poco contra eso, los poderes que son correctivos y como uno cree en las instituciones y en lo que está por encima de uno, a veces las miradas se confunden”. Y eso parece como una marca de trabajo personal, para no ser roquero con la marca de la gorra: “Eso que uno destruye —dice— para convertirlo en otra cosa mas interesante”.


—En última instancia hay, sin ser el objetivo, en todo tu trabajo, una cuestión pedagógica con eso de reírte de vos mismo, de los estereotipos, tratando de buscar una síntesis que hace reflexionar sobre la concepción hombre-mujer, bueno-malo.


—Uno a veces es una voz desesperada pero trata con el lenguaje humorístico, que es un lenguaje serio en el fondo, de señalar desde un lugar ideológico. Se burla porque es sensible, pero también se burla porque hay cosas que hieren. Pero también se burla para alertar. Pero hay que tratar de hacerlo no como un maestro ciruela, en el sentido de decir: “esto está bien, esto está mal”, detrás de una corrección que no existe porque la vida es bastante compleja.


—Un metro habría que tener para medir las cosas.


—Y eso me da un poder moral del cual yo siempre escapé, me rebelo un poco contra eso, no contra que las cosas sean profundas pero sí que sean terminantes. Los poderes son correctivos, el poder militar, el poder religioso, que son casi neurosis y como uno cree en las instituciones y, de alguna manera, en algo que está por encima de uno, a veces las miradas se confunden: una cosa es creer en Dios y otra cosa es creer en un general del ejército.


—Pensaba en tu austeridad estética para trabajar con los elementos mínimos ahora que hay toda una parafernalia y ser hincha de boca significa ser parte de un club y tener un carnet que decide sin entrás o no entrás.Tenemos que pertenecer. Necesitaríamos volver un poco al potrero como lugar de vinculación.


—No te quepa duda. El potrero es como una metáfora y la escuela de fútbol es otra que la reemplazó. Hoy un signo puede ser el club exitoso de Macri que fue Argentinos Juniors donde él sabía que estaban todos los mejores jugadores de inferiores y lo compró con el poder del dinero y entonces hoy Boca está ligado al éxito, pero el tipo de clase menos pudiente, quizás no tenga posibilidad de ir a la cancha. Se vincula desde la identidad, diciendo: “soy de Boca”, pero capaz que a la cancha no puede ir más porque hoy Boca se transformó en un gran shopping vendedor. Y eso es lo que ha pasado en todos los niveles. Esta necesidad de progreso y de triunfo efectivo. Hay gente que es populista, se abraza con el villero cuando tienen campaña por los resultados. Entonces, todo discurso que esté relacionado más a lo social termina siendo un poco pueril porque en realidad lo que la gente necesita es estar bien.


—En ese sentido también pensaba en “el puto”. El puto como ha funcionado y ha sido una


muletilla muy eficiente en todas las tribus urbanas, sirve para calificar al contrario… significa tener el culo roto, la postura marica.


—Se supone que lo peor que te puede pasar es que te rompan el orto cuando en realidad si vos elegís que te rompan el orto no habría problema. A mí qué me importa. Es como decir, flaco: ¿vos todavía estás discutiendo la homosexualidad en un mundo en el que existe Bush? La diversidad sexual no es para discutir ni para debatir, o no debería ser motivo de una discusión. Yo comparto cualquier encuentro sexual y cualquier diversidad sexual, salvo la violación y el sometimiento a niños. Llamar “puto” al otro forma parte de la cancha y que hasta la usan los que son putos. Putos que se te plantan y te cagan a trompadas, se pelean con cualquiera y le faltan todos los dientes y son putos. Doy la alerta a algún estúpido que piensa que un puto es un mariquita. A mí me preocupa Bush, cómo se van a relacionar mis hijas con el mundo, no la sexualidad de mis hijas. ¿Entendés lo que te quiero decir?


—Alguna vez dijiste que preferías vivir menos pero más intensamente. Nosotras tenemos algo así, ¿pero también tus personajes son así?


—Esta cosa de jugar a convertirse en otro está vinculado a lo paródico, a algo que uno deforma. Irma Jusid deforma a la consejera casi evangelizadora. Ella nació a partir de una publicidad que hacían los actores sobre el HIV en donde actuaba Norma Aleandro. Uno fragmenta y descompone eso que ve. Y además, Irma Jusid tiene una cosa muy masculina, a mí me interesa ese juego sorpresivo que no está limitado por los roles. Es un tono ficcional exacerbado, pero que de alguna manera da a conocer la descomposición de lo social, y entonces aparece el hecho político como en todo lo que hago. También está el Emo que nace del dark, que era una intensidad existencialista aunque su problema es que cuando va a pedir una empanada no sabe si es de carne o de pollo; eso no existe pero marca una necesidad de no tomarse en serio tanto la vida en lo que uno hace pero que en realidad es tomársela muy en serio. Ese siempre es el juego casi esquizofrénico del actor y la comicidad. El Bombita Rodríguez amén de que a mucha gente de los `70 les parece una reivindicación, porque de alguna manera los personajes ligados a las organizaciones políticas y armadas fueron demonizados por la dictadura y hoy nosotros los traemos al mundo de la ficción y al mundo de la risa. No es que nosotros estemos haciendo una crítica a la exacerbación setentista. Le dimos vida a un personaje de la época en la que los montoneros formaron parte de la vida cotidiana, estaban al lado nuestro, aceptados al mismo nivel que Perón, hicieron posible su regreso y la idea de otro país que después terminó en una tragedia no precisamente por esas organizaciones armadas sino por la derecho peronista. Después vino la dictadura que arrasó con todo y esa idea de otro país quedó para largo en el futuro.


 


Capusotto no tiene personajes travas. Tiene a Irma Jusid que te da consejitos, y que de tan absurda termina convenciéndonos que dar consejos es absurdo porque aparecen como conceptos cerrados. Sí apuesta, en


cambio, a representar algo que uno deforma para informar y tal vez por ello no se atreve con las travestís y se aviene a des-identificarse: “Si me pidieran una nota para Tradición, familia y propiedad —dice— diría no, gracias.” Pero a nosotras nos llamó “medio al toque, dije si, hagámosla”. Diego no tiene miedo a enfrentarnos sin prejuicios, pero no lo tiene trabajado, solo intuye que tiene que enfrentarnos, que los roqueros tienen que enfrentarnos para poder quitarse una jodida marca machista, eso de poder correctivo que no deja de actuar con eficiencia cuando dice: que hay “una exacerbación de la sexualidad” en lo travesti, cuando desde mi ser travestí puedo decir que hay una exacerbación de la sexualidad en lo hombre, en cualquier roquero, en la idea de la mina reprimida: o por reprimida ¿la sexualidad no está presente?.


Además, él sabe, lo dice cuando le cuento de las encuestas que tienen que ver con nuestras condiciones concretas de vida. “Pero eso tendrá que ver con los medios sociales”, dice cuando le contamos que nuestro promedio de vida es de 47 años. Por eso, no se permite moralizar, sólo dice eso, no se mete con las elecciones sexuales privativas de cada quien, pero sí con los que agreden a las hijas.


—¿Qué se dice de los travas en el barrio? ¿Cuál es el imaginario posible?


—De lo que se dice ¿qué sé yo?.


—Porque tengo un amigo que es de La Boca que me comentaba que en su adolescencia estaba todo bien con un trava en determinadas cosas y en otras no.


—Hoy me parece que el travesti está asimilado.


—Depende a qué clase pertenezca.


—Yo me acuerdo que en el `72, a una cuadra de mi casa había un travesti, y yo lo miraba pensando: “este es un chabón”. Eso era como un ovni. Es decir, había una mirada si se quiere más condescendiente y otra de odio. Si el homosexual tiene de por sí una lucha permanente con la mirada social, ¡me imagino un travesti que es la exacerbación de la sexualidad!. La enfermedad llevada al extremo más tremendo, me imagino. Pero, el travesti, al estar en los medios, se toma de otra manera. Yo termino diciendo “bienvenido”, por ustedes lo digo, pero acá en el barrio no pasa lo mismo.


—Es que es por todos. Me parece que tal vez esa aceptación de la diversidad todavía es una materia pendiente.


—Pero no existe eso. Yo también hago un recorrido protector de la vida. A mí me interesan a lo mejor más ustedes que el resto porque el resto nunca da una mirada única. La mirada que yo tengo sobre la diversidad sexual es muy personal y todos mis amigos piensan igual que yo, por eso son mis amigos también. Pero hay gente que nunca va a pensar eso. Hay gente que va a pensar: no loco, son enfermos, putos y ni siquiera te estoy hablando de un tipo que es un fascista que anda armado por la calle. A mí, en la vida, me preocupan otras cosas, no me preocupa que alguien sea travesti o no. Me preocupa que sea travesti y le pegue a mi hija, entonces le rompo un


jarrón por la cabeza, no porque sea travesti. No existe la mirada única sobre alguien ni existe una cosa elemental. Loco, si yo te digo: ¿a vos te preocupa la vida, el devenir o te preocupa que haya diversidad sexual?. ¿No te parece


muy poca cosa? Te la tiro, ¿entendés?. Ahora eso lo digo yo y lo dice mucha gente más. Ahora hay gente que si le preocupa la diversidad sexual y le preocupa porque está educado de una manera en que eso es una preocupación


casi vital para su vida y que eso puede ser algo externo que está atacando sus propios intereses y de los suyos. ¡A la mierda! La gente puede aceptar la voz oficializante de la televisión que es terrible... aceptar, pero no puede aceptar que vos seas travesti y vayas a comprar leche a la esquina.


—Que tengas un trabajo como cualquier otra persona.


—Exacto, entonces siempre...


—¿Sos travesti?


—Si; ahora no, pero después de las diez, si.