Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº5/2009

Coca Sarli a flor de piel

Por Marlene Wayar

Coca Sarli a flor de piel

Las voluptuosas tetas de la Coca son como el arquetipo de las desmesuradas formas travestís. Y su goce, el puro momento de la exhibición. Marlene Wayar la llamó aterrada para preguntárselo. “¡Encantada!”, le dijo Coca. “¡Si soy amiga de Vanessa Show y hasta le ofrecí mi apellido a Flor de la V cuando tuvo líos con la justicia!”

Cualquier similitud con vuestras vidas es mera coinciden­cia, y me parece necesario advertirlo. A las lectoras travestís, les cuento que encontrarme con la señora Isabel Sarli me remitió a un momento, entre tantos, con otras travas, en los que la identificación es lo que más se pone en circulación.?


La Coca nació en Concordia, en la provincia de Entre Ríos, un 9 de Julio de 1935. Hace tanto. Y la vida la trajo a Buenos Aires como siempre, como a todas, en busca de luz y de libertad para comer. Su madre enfrentó la maternidad abandonada por un tipo al que la Coca todavía manda, literalmente, ?a la mierda?. Algo que muchas de nosotras y otras y otros deberíamos hacer. Coca ganó el concurso miss argentina 1955 antes de la caída de Juan Perón, poco después comenzó su carrera cinematográfica con su mentor y el amor de toda la vida: Armando Bo. Viajó por toda Latinoamérica y por el mundo grabando películas, recibiendo pre­mios y honores por ser pionera en protagonizar películas eróticas. Realizó el primer desnudo total del cine argentino en el film E I truenoentre las hojas , y de allí en más la fama, con todo lo que con­lleva, para terminar viviendo en una gran casa que aloja desde hace mucho tiempo a ella, a su hija Isabelita, su hijo Martín y a una incontable sucesión de mascotas como perros, gatos, loros, papa­gayos y tortugas a los que cobija con el mismo amor. ?


Enseguida, el primer guiño travestí: la señora nos invita a mantener una entrevista por teléfono. Coqueta, si va a exponerse a la mirada del otro tiene que montarse a full. Pero vamos en orden, si es que podemos ordenar lo ajeno. Contactarnos con la Coca fue muy movilizador; estábamos por enfrentar a una diva y una supone que será reciba con un ?no?. Nos preguntábamos si conocía la revista, si la aceptaría y algunas otras cosas. La llamamos y lo más extraño es que no dijo ni si, ni no. Se puso a charlar como quien disfruta del encuentro, y la sensación fue estridente: ¿por qué no estaremos así de dispuestxs a todos los encuentros? Coca es como quien no teme a priori la mala fe del otro, como quien no tiene miedo. Se abrió, dispuesta a la charla.?


—¡Cómo no voy a querer! ? dijo— ¡Si yo soy muy amiga de Vanessa Show!?


—¿Cómo que de Vanessa?


—Sí, la conocí por Juanita Martínez, la viuda de Pepitito Marrone. Ella es mi gran amiga. Vanessa trabajó con Pepitito, como bailarina del Maipo, en ese entonces, la vi por primera vez en casa de Juani, así que desde entonces nos queremos mucho y casi todos los días nos hablamos, si yo no la llamo me llama ella.?

La fábrica: "Armando me decía: Vamos a trabajar, te voy a estaquear las lolas cuando no des más’. Las tetas, me decía, directamente. Ay, este Armandito.”

—¿Usted cree que en el ambiente, las travestís ya no son algo nuevo?


—No, no. Conozco a Mariana A, la quiero mucho.?¿La conoces, no? Yo no la conocí trabajando, sino en el restorante de Ornar Suárez. Sí, amorosa. ¿Y Florencia? Yo trabajé con Florencia en Carlos Paz durante una temporada de verano con Tristan, La Panam y Florencia. La obra era Un patacón, noescaída. Amorosa. ?


—Supimos que tuvo un gesto solidario con Flor de la V.?


—Sí es cierto. Nos quisimos mucho, lo primero que hacía ella cuan­do llegaba al teatro era ir hasta mi camarín para darme un beso, es amorosa. Después, cada cual siguió su camino. Pero yo tengo dos hijos adoptivos, Isabelita y Martín. Un día, los senté y les pregunté, seriamente, qué les parecía si le ofrecía a Florencia mi apellido. Los dos estuvieron de acuerdo, contentísimos. ?


—¿Es sorprendente escuchar tanta apertura.?


—Sí, ¡cómo no! A mí me gusta la gorda... Lady Barby, la adoro. La conocí mientras trabajaba en “Tetanic”, otra comedia veraniega, la primera que hice porque Armando no quería que yo hiciera come­dia. Sólo había hecho “La viuda descocada”, y otras dos con Pepe Arias. La Barby me vino a saludar en Mar del Plata y desde entonces la adopté, en el sentido artístico, me gusta mucho, es amorosa.


—Coca, usted se vino para Buenos Aires de muy chica. ¿Sufrió mucho?


—No. No, porque yo tenía tres años cuando vine con mi mamá aunque tuve un hermanito que después murió; murió a los cinco años, era un año menor que yo.?


—Eso es tremendo. Pero se lo pregunto porque en general las chi­cas que vienen a Buenos Aires, tanto las travestís como las mujeres en prostitución, cargan con el tema del desarraigo.


—Mi madre es la que, claro, sufrió mucho. Se llamaba María Elena


Sarli, era napolitana, fue una luchadora que vino al país con sus hermanos en pañales y ellos se pusieron a trabajar la tierra en Concordia. Mi padre, un tal Gorrindo, un día se fue a Montevideo a buscar trabajo, dijo- Pero no volvió más. Mi mamá se vino para Buenos Aires conmigo y mi hermanito. El nene se murió. La única amiga que tenía ella le robó de la valija la poca plata que le quedaba y no tenía ni para comprar un cajón para enterrar a mi hermanito. Fue muy triste, el municipio le dio un cajón que a la primera palada de tierra hizo CRAAAJJJJ y se rompió. Ella lo sufrió mucho, por eso le digo: ¿cómo voy a perdonar a ese “hache de pe” que tuve de padre? No puedo. Tampoco me gusta hablar mucho de él. No quiero.


—¿Cómo hizo para formarse en medio de todo??


—Cuando era jovencita me preparé para trabajar como secretaria porque sabía que iba a ganar bien. Luego, el destino me cambió la vida pero yo aprendí a escribir a máquina, hice taquigrafía, inglés en la Cultural inglesa,-sabía todo eso. Empecé a hacer fotos de publici­dad, y hacía tantas que tuve que dejar el trabajo de secretaria. Y sí, durante un tiempo mientras trabajaba de secretaria, corría a hacer las fotos de noche, volvía a mi casa tardísimo, cansada que no daba más. Tomaba el tren en Retiro, viajaba hasta Belgrano, había nueve cuadras desde la estación, a veces tenía para pagarme el colectivo y otra veces no. De chica siempre cuidé mucho el dinero. Cuando iba al colegio, mi mamá me daba plata para tomar el tranvía o el colec­tivo y yo me guardaba los 10 ó 15 centavos que podía juntar para ir al Cine Park el fin de semana, que era un cine que estaba en Plaza Italia, ibas y veías cuatro o cinco películas por 60 ó 70 centavos, te hablo de cuando era una muchachita, ¡allá lejos y hace tiempo!??


—¿Cómo empezó con la publicidad??


—Por una agencia que publicitaba los barcos de Dodero hijo, la flota en la que estaban el barco “17 de Octubre”, el “María Eva Duarte” y el “Juan Domingo Perón”. Había fotos mías en los camarotes, en la piscina, en todos lados. Y luego hice fotos para la maquina de escribir Remigton. Por suerte, empecé a trabajar mucho en gráfica y ya no pude seguir con lo de secretaria.


La Coca no es muy verborrágica. Genera acciones en lugar de hablar. Entonces, me sumo a ella, vuelvo a la idea de la pregunta y respuesta. Dejo de presionar. Le pido que me cuente sus cosas, sus anécdotas, que son las que ya dijo tantas otras veces y en todos los tiempos, y que dan cuenta de las decisiones que tomó cuando intentó hacer algo sin pretender unlversalizarlo. Es lo que una puede hacer con lo que tiene, y en ella aparece el valor de decidir. Me hace acordar a mi hermano llamándome por teléfono para que le explique qué es lo que hablé con mi madre respecto de cierto trabajo nuevo. —Ajá -suele decirme—: mamá se puso con­tenta escuchándote, pero me di cuenta de que no entendió mucho, tenés que hablarle sencillo, como es ella.


—¿Cree que construyó una familia no tradicional?


—Sí dice—, estando sola. Martín estuvo con nosotros desde chiqui­to. Mientras mamá vivía teníamos la guarda, pero luego muere mamá, muere Armando y yo decidí adoptarlo. Y lo mismo con Isabelita, o sea que soy una mujer sola, pero tengo los dos hijos,


¿no? Pero me costó muchos años porque es mala la ley de adopción, hay que arreglarla. Es muy tremenda. ¡Ay cómo te hinchan las visi­tadoras! A ver, qué pasa, qué cuántos baños, qué esto, que lo otro. Tengo una casa grande en Martínez. Un día, no sé, desde acá, desde la ventana del primer piso, escucho que me llaman. ¿Pero otra vez estás acá?, digo yo. — Queremos saber cuantos baños hay en la casa—, me dijeron. Y yo: —Mirá m’ hija, acá lo que sobran son baños, lo que falta es gente—, así le grité, tipo villera, desde arriba.


— Es de explosiones muy espontáneas, ¿no?


—Sí, siempre he sido así, desciendo de napolitanas, no te olvides, por parte de madre.


Parece ser así, nomás. La definen las cosas, como a muchas de las travas que tienen pocas pulgas para las disquisiciones teóricas. Ella se ancla en sus propias anécdotas. La tarea de extraer­le algo nuevo, no publicado, es cada vez más difícil. Los racontos tienen, sin embargo, un trasfondo de una ética de lo cotidiano.


—Yo la quería mucho a Sophia Loren —me dice—, nos conocimos en el Festival de Berlín, pero no le perdoné que ella hubiera per­donado a su padre. El padre las abandonó, a ella, a la madre y a la hermanita María, a las tres. Y ella después lo perdonó. No. Yo no, que se vaya a la mierda, perdóname la palabra.


No, es la palabra perfecta, le digo y pienso en que muchas veces son los padres los que expulsan a las chicas de sus casas.Vuelvo a la Coca, pienso que logró superar a las travas: la mayoría actúa con la misma sinceridad; te espetan lo que piensan y chau, procésalo. Están paradas en la esquina y se ponen a laburar, qué tanta disquisición moral, si la panza tiene que llenarse hoy y no sólo la propia. Y Coca quizá lo hizo desde un lugar muy de trava también. No por el hambre propio, porque tenía su trabajo y no ambicionaba lujos, sino por el hambre de Armando Bo, el hambre de ser director y de conseguir alguien que le posibilite su arte.


Parece haber estado dispuesto a todo pero, claro, no tenía ese cuer­po voluptuoso ni llegaría a tenerlo. Ella se entrega, se hace su mate­rial de trabajo. Tímida, como lo ha dicho hasta el hartazgo, la solu­ción se la propone Armando: fueron las mentiras. Filmó su primer desnudo creyendo que saldría muy de lejos. —Armando me hizo ver una película de Fellini —dijo alguna vez—, que no recuerdo cuál era, y yo le dije que no iba a hacer un desnudo como ese—. Como no conocía las cámaras, la filmaron a una supuesta distancia que no fue tal. Más adelante no hay mentiras pero la solución será el alcohol y más precisamente el whisky, ¿les recuerda algo, mis queridas? Superar la tarea apoyadas en algún desinhibidor. Isabel logró separar los ámbitos: no se llevó el whisky a todos lados. Pregunto de nuevo.


—¿Nunca reconoció a su padre?


—No, mi querida, no, no. El murió en Canadá, me han contado. Pero no, yo nunca quise saber nada. Una vez, Néstor Romano que es un periodista, me dijo: —Usted solo escucha la campana de su mamá, tiene que escuchar la otra—. Pero no, le dije. —Yo escucho la de mamá porque es la verdadera, no me cambie la cosa—, así le dije cuando escribió un libro sobre mí, una biografía. Hizo una mía y otra de Mirtha Legrand, habíamos trabajado en La dama regresa. ¿Te acordas de Néstor Romano, no? Murió hace unos años.


—Honestamente, no. Pero usted nunca se llevó por lo que se comentaba...?


—Me decían— algunas, que cómo con un hombre casado. Bueno, pero fue mi amor. Yo casado o no casado fui muy feliz con él. En esos años, en los que una era tan señalada, ¿no? A Armando lo conocí en el 56 y estuve con él hasta que falleció, esta noche es el aniversario, esta noche a las tres y cuarto son 28 años que Armando murió.


—¿Cómo lo conoció?


—En un programa de televisión en el que se elegía miss argentina. Yo le tenía que dar la coronación a Doris del Valle, que salió miss ese año 1956 y fue instantáneo. No sé, no me gusta hablar de mis cosas, ya vos sabes todo lo que paso. Son 25 años y cuatro meses que nos conocimos. Lo quise, lo quiero y lo querré.


—Murió en sus brazos y frente a Teresa, su mujer legal ¿no?


—En la casa familiar y en mis brazos, sí.


—¡Eso es lo que nos habla de cómo pensar otras familias posibles! Donde todo sume y no reste. Usted, con Teresa ¿no se odiaban?


—No, pero yo nunca la había vuelto a ver, nunca. No visitaba la casa. No me hacía la amiga, estuve cuando lo conozco a Armando, íbamos a leer el libro de una película. Ahí la conocí y después nunca más pisé la casa hasta el día que él ya estaba muriendo. Empecé a ir poquitos días antes de que muera, con Juanita Martínez.


—Pero entonces, para usted, ¿se pueden pensar otras familias??


—Bueno, por lo menos, lo mío fue así, mi destino. ¿Qué vamos a hacer?


Coca se oye apesadumbrada. Mantiene vivo y presente a Armando y a su madre en una casa abarrotada de objetos que los rememoran y una mente que los mantiene vivos cada vez que habla. Hace culto de las ausencias, guarda detalles tan ínfimos como la hora y los minutos del día que murieron. A veces opina sobre las opiniones de ellos y otras opina lo que ellos le opinaron, es como una síntesis entre la lucha de dos mundos confrontados, mamá y Armando, el conservador y el que viene a irrumpir. Coca no puede no acercarlos, no pudo. Un día, en un cara a cara, Armando le dijo: “¡Sonría, doña María!” Ella respondió: “Cínico de mierda”.


—¿Qué piensa de la Coca diva?


—Pienso que ese fue mi trabajo, como otras chicas son vendedoras de tienda o están en un banco o son maestras, yo trabajaba en el cine. Venía a mi casa y era la Coca. La Coca de mamá y nada más. Porque mamá y Armando me llamaban Coca, el resto me decía Isabel. Ni sé por qué mamá me puso Coca, pero te digo que es muy grato cuando los chicos de hoy que me dicen Coca Sarli. Me cono­cen por sus padres o alguna película que habrán visto en TV. ¿Te enteraste que el otro día hubo un homenaje? ¡Qué cosa llegar y encontrar tantas imágenes mías, fue una cosa sorprendente!


—Armando decía que usted era pueblo, que era popular.?


—Sí. Soy una mujer de pueblo. Mi madre era una trabajadora, de una sábana vieja me hacía un delantal, agarraba la máquina de coser y me hacía un guardapolvo para ir a la escuela. Ella fue padre y madre para mí. Y yo ahora, a los chicos, cuando es el día del padre les digo: bueno, a ver, hay que ponerse con un regalo porque yo soy padre y madre, eh. Les hago bromas. “Dejate de jorobar”, me dicen.


—Por su vida han pasado muchos, Paquito Jamandreu, Adelco.


—Mis mejores amigos son gay, hace treinta años que estoy con Adelco. ¿Lo conoces a Adelco Lanza?


—No, lo conocí por usted.


—Hacía de mucamo gay en mis películas. Y lo que yo he bailado, pequeñas cositas, me las enseñó él. El streep tease que hice en Panamá también, hasta ahora somos muy amigos.


—Usted parece construir relaciones de iguales con camarógrafos, sonidistas.


—Yo me llevaba bien con todos, van quedando pocos de esas épocas. El cameraman tiene más de 90 años, Francisco Miranda, pero hasta ahora me llama. Casi todos éramos muuuuy compañeros, una familia grande, ¿viste?


—Eso me recuerda que Armando le decía que de sus tetas vivían muchas familias, y por eso no la dejaba parar. ¿No??


Jajaja, sí, me hacía esas bromas.


—Pero en el fondo tenía razón y por eso usted no paraba.


—Sí, Armando decía: “Vamos a trabajar, yo te voy a estaquear cuan­do no des más, te voy a estaquear las lolas”. Las tetas, me decía, directamente. Jajaja. Ay, este Armandito.


—A través de su cuerpo, Armando molestó a la clase media y su moral, por un lado. Y por otro, hizo una alianza con lo popular, la gente la quería.


—Yo, con esta película que acabo de terminar, tengo 33 películas hechas como protagonista: con Armando hice 28, hice otra con Torre Nilson, con Polaco y dos ahora, una con Jusid. Falta una que la hice en áfrica con dirección de Dirk De Villiers.


—La vestía Jamandreu...


—Sí, hasta que murió.


—¿Cree que la vestía como él querría haberse vestido?


—No sé. Paco le hizo también mucha ropa a Eva Perón, vos no sabías eso?


—Sí, y usted conoció a Eva?


—No, a Eva no la conocí, pero sí al General Perón cuando fui miss argentina. Antes de ir al concurso de miss universo en Estados Unidos lo visité en la casa de gobierno, me llevaron para que lo conozca.


—¿Piensa que tiene algo en común con Eva?


—Yo te voy a decir una cosa. Armando fue compañero de Eva, en una película, primero trabajaron como extras y dice que juntaban la platita e iban al bar del estudio y decían: “¿Para que alcanza hoy?” Porque comían papa fritas, huevos y chorizos, juntaban las monedas y decían: “Hoy no nos alcanza para los chorizos”. Eran muy com­pañeros y cuando Eva hizo La Cabalgata del Circo, Libertad Lamarque hizo pareja con Hugo del Carril y Armando con Eva Perón. Y él me decía... que yo tenía el carácter como el de ella, me contó eso, yo no la conocí pero él fue muy compañero.


—¿Juntaban moneditas para comer?


—Porque eran extras y les pagaban poco y querían comer y nos les alcanzaba...Estaban empezando.


—¿Es peronista?


—Sí, cuando conocí a Perón me dijo: “Usted vale más que veinte embajadores de la paz”. Yo viajaba mucho por las provincias y seveía todo sucio, pero empecé a ver que los trabajadores tenían sus casitas, en barrios muy lindos y preguntaba: “¿Quien hizo esto?”, “Eva”,—me decían—, “¿Y esto?”, “Eva”,—y así me hice fanática peronista. Los gobernantes que dan todo por el pueblo, esos me gustan.


—Hubo mujeres que rezaron por usted cuando la operaron de la cabeza. Usted dijo, alguna vez, que habían sido las mismas que en otros años la habían condenado moralmente.


—Antes. Pero todo cambia, ¿viste?


—Se repara.


—Pienso que sí, la gente cambia de opinión y en el mejor de los casos se dan cuenta de cómo son las cosas. También le pegué a un cura, ¿te acordás?


—Si, nos encantó. Un cachetazo, aunque usted es muy religiosa.


—Tuve muchos problemas con la Iglesia, incluso no me querían bautizar a la nena porque era hija de una madre soltera. Vos viste cómo cambian las cosas, hoy en día ya no pasa. Antes te señalaban con el dedo. Todo se va normalizando.


—Las travestís tienen el problema de que la sociedad critica su cor­poralidad, su exhibicionismo. A raíz de su caso, nosotras pensábamos que hay mucha envidia porque esto que le recriminaron finalmente lo terminaron aceptando. Que era lo que todas deseaban/necesitaban tener: una sexualidad más libre. ¿Usted como ha llevado su relación con el cuerpo?


—En qué sentido? Antes, si no tenías te embromabas. Ahora están los cirujanos plásticos a quienes hay que darles un premio por todo, ¿no? Hoy día no hay mujer fea con todo lo que se pueden arreglar. Que la cola, que las lolas, que los labios, ¡todo tiene solución! Pero antes, el que no tenía, se embromó. Yo debo mi cuerpo a la naturaleza, que ha dado mucho. Antes no se iba a los gimnasios, nunca. Eso se ha puesto de moda en los últimos años, pero yo si tenía que depender del gimnasio, no iba a pasar nada conmigo porque la verdad es que soy una haragana.


—Pero le gustaba la pileta.


—Mucho, mucho, mucho. Eso es muy bueno para la mujer, yo con mis años no tengo celulitis, la natación siempre me ayudó.


La señora Isabel Sarli nos deja la puerta abierta para cuandofqueramos regresar a la hospitalidad de su corazón, claro. Hija de una época mucho más violenta en sus formas cotidianas sobre los cuerpos y sobre las personas, había muchas más razones por las que se caía en desgracia. Hoy están más restringidas, pero la identidad travestí permanece estigmatizada y debemos ver cuáles de las estrategias de la Coca nos podrían ayudar. Ella se preparó. Hasta la fama trabajaba como secretaria y eso no es algo que dejó de lado. Le sirvió, lo toma. Y le permitió, concretamente, aplicar esos conocimientos a otras tareas del cine como la idea de valorar el trabajo ajeno y saber que no hay jerarquías. Dice que todos eran como una gran familia. Saber hablar inglés es algo que también aplicó a lo largo de su carrera, aprendió a no juzgar. Cuenta que al conocer a un cura él la señaló con el dedo dirigido a su escote y sentenció: “¡Mire como anda! ¡No tendrá perdón de Dios!”. Coca le dio una cachetada a mano abierta y el cura fue a parar sobre una mesa de cattering. No comerse el discurso de lobos con piel de cordero, saber quererse y no dejar que nos metan la culpa. Reaccionar, tal vez no con un cachetazo, pero con el amor propio a flor de piel