Tacos en las tablas

Había una vez, una historia de tacos, plumas y brillos de sólo una vez a la semana. Hasta hace unos años, el escenario era el único lugar donde las travestís podían aparecer montadas de mujeres porque en la calle estaba prohibido. De las lencis de los años sesenta, Moria y el “soy travestí” de Gris Miró.

Hoy quiero contarles la historia de los tacos en el escenario.

Una tarde muy fría me junté con Malva, una de mis compañeras de El Teje, la persona a la que tod@s nombramos como nuestra «abuela tejedora’,’ que cono­ce todo el mundo de la travestí de una época en la que nos llamaban «mariconas’.’ Sí, «mariconas” o «lenci’,’ dice Malva. «Así se llamaban las mariquitas que esta­ban arriba del escenario porque eran muy afeminadas, y el escenario les permitía resaltar la feminidad y las maneras de querer vivir la época ‘como una mina».’

Claro, estamos hablando de una época en la que las actrices travestís tenían que vestirse de hom­bre para salir a la calle. «Imagínate que para ellas, las plumas, los tacos y el brillo —dice Malva— pasaban hacer una parte muy importante de la vida, pero sola­mente una vez a la semana, cuando subían al escena­rio. Sólo en esos momentos podían ser una vedette, mejor dicho una ‘minita’. Y a escondidas, de punta en blanco, porque después de la obra quedaban converti­das en simples personas vestidas de hombre.”

¡Qué horror!

Es que en la historia del teatro, las mujeres fueron furor como lo fuimos nosotras. Con los griegos, éramos nosotras las que estábamos arriba de las tablas porque estaba restringida la presencia de muje­res. Los hombres de formas más femeninas subían al escenario para reproducir la imagen de la mujer. Según algunos portales de Internet como el blog de antece­dentes del travestismo, entre los romanos hay regis­tros de que los actores más bellos y femeninos ofrecí­an servicio de sexo a los militares para que gozaran de las formas femeninas sin riesgos de contagiarse enfer­medades porque en ese tiempo corrían muchas cosas como la sífilis o la gonorrea, y no había cura y ell@s ofrecían contención y seguridad en todos sus sentidos y placeres. Dicen que muchos emperadores y goberna­dores de la antigua Roma eran amantes del teatro y por lo tanto se enamoraban de los más bellos actores femeninos. Por eso, los contrataban tiempo completo como para tenerlos al lado. Los convocaban montados con sus personajes, vestidos todo el tiempo de muje­res. Más adelante, muchos siglos más acá, en el siglo XVIII se llegó hacer un repertorio de opereta muy pare­cido a la comedia musical para personajes travestís. Sí. Aparentemente, la que llevó adelante la propuesta era Lucía Elizabeth Vestris, Madame Vestris, «La reina tra- vesty’,’ que organizó espectáculos en los que se llena­ban las salas teatrales. Les cuento esto porque un poco de historia hace bien.

Corría la época del peronismo, cuenta Malva, y todas se hormonizaban que daba calambre. Si no tenías un Anovlar 21 en tu cartera de maquillaje, al parecer no existías.

Malva me contó que en Buenos Aires ella era costurera del teatro El Nacional y conoció a Vanessa Show. Entre nosotras, la llamaban «La Yegua’,’ viste que nosotras nos caracterizamos por ponerle apodos a todas. Claro, ella era partener como una Nélida Lobato pero con un físico impresionante, bien trabajado de bai­larín y una altura ideal, era puro talento. Hasta que un día tiró las zapatillitas de punta, se reveló, se puso las plumas y empezó a trabajar en los teatros de café con- cert. ¡Una reina! Corría la época del peronismo, cuenta Malva, y todas se hormonizaban que daba calambre. Si no tení­as un Anovlar 21 en tu cartera de maquillaje, al parecer no existías. La idea era poder mostrar los senos en escena lo más estéticamente posible y como en esa época todavía no estaba de moda la hermosa y podero­sa silicona, se volcaban de lleno a las hormonas, «todo por amor al arte’.’

Las «lenci’,’—a quienes llamaban así por la tela, el paño lenci, porque eran como las muñequitas de trapo—, se caracterizaban por querer mostrar sus cuer­pos y para la época de 1964 se reunían en la calle Callao 11, que era un punto de reunión de artistas travestís, en una sala donde ensayaban sus cuadros musicales. Alquilaban un pianista por hora y alguna mariquita ves- tuarista o peluquera que nunca faltaba, como asistente. Ellas las preparaban para ir a todos los boliches o teatros de la Capital. Las noches fueron un esplendor de plumas desde 1964 hasta 1975, un año antes del último golpe de Estado cuando llegaron los militares. A partir de ese momento, empezó el éxodo a Francia, todas se fueron, una por una, antes que quedarse en Argentina donde las

detenían y pasaban treinta días presas. ¡Qué paradoja, porque después de la última crisis económica, muchas otras también dijeron lo mismo y se fueron a Europa!

Terminé mi tecito y me quedé con una duda: qué pasó en los años qué llegaron más tarde en nues­tro mundo travisteril. Ni lerda ni perezosa me encontré con una amiga que hace tiempo no la veía. Ella se llama Alejandra Deraux, unas de las primeras chicas revolucionarias de los noventa, y enseguida empezó a contarme historias muy interesantes de artistas traves­tís que no fueron famosas, pero dejaron una gran hue­lla para nosotras, las nuevas.

Todo comienza en Gaysoline, me dice la Deraux, el restó de Moria Casán. Una chica alta, con su cabellera larga y oscura, servía en las mesas: era «Cris’.’ Para el público era el transformista Miró. Pero ella siempre se explicaba a sí misma de otro modo: «Soy una travestí’,’ decía. Claro, eran los años noventa cuando todavía hablar de travestís era una mala palabra. Cris Miró nació en un familia de clase media, su vida siempre estuvo formada por momentos de alegrías y de penas. Con su mochilita se montaba de tacos y plumas, haciendo unos hermosos cuadros musicales eróticos, pero también servía mesas como sirvienta erótica en el restó de detenían y pasaban treinta días presas. ¡Qué paradoja, porque después de la última crisis económica, muchas otras también dijeron lo mismo y se fueron a Europa!

Terminé mi tecito y me quedé con una duda: qué pasó en los años qué llegaron más tarde en nues­tro mundo travisteril. Ni lerda ni perezosa me encontré con una amiga que hace tiempo no la veía. Ella se llama Alejandra Deraux, unas de las primeras chicas revolucionarias de los noventa, y enseguida empezó a contarme historias muy interesantes de artistas traves­tís que no fueron famosas, pero dejaron una gran hue­lla para nosotras, las nuevas.

Todo comienza en Gaysoline, me dice la Deraux, el restó de Moria Casán. Una chica alta, con su cabellera larga y oscura, servía en las mesas: era «Cris’.’ Para el público era el transformista Miró. Pero ella siempre se explicaba a sí misma de otro modo: «Soy una travestí’,’ decía. Claro, eran los años noventa cuando todavía hablar de travestís era una mala palabra. Cris Miró nació en un familia de clase media, su vida siempre estuvo formada por momentos de alegrías y de penas. Con su mochilita se montaba de tacos y plumas, haciendo unos hermosos cuadros musicales eróticos, pero también servía mesas como sirvienta erótica en el restó de Pronto abrió el famoso y conocido Gasoil, su dueño era «La Beto’.’ Contrató a muchas chicas traves­tís y transformistas para hacer cuadros cómicos y revisteriles. Se venía la revolución travestí.

Alejandra Deraux me cuenta que ella fue la pri­mera chica travestí en salir en la revista Eroticón, que fue un suceso en 1994. Pero también me cuenta que muchas chicas armaban sus cuadros en un lugar único de Argentina donde el arte erótico se dejaba ver en todo su esplendor. Confusión era el primer boliche travestí de artistas travestís que dejaban todo en el escenario, muchas de ellas hacían playback, otras representaban cuadros eróticos con escenas muy fuertes de sexo vivo. Entre ellas, estaban Vanesa Leroi, Alejandra Deraux y la Titi Putiño. Mientras, en la puerta del lugar aparecía la «Rompecoche” que defendía a muchas de las chicas cuando los policías de la comisaría 25 las quería meter presas. Muchas no fueron famosas en el ambiente artís­tico heterosexual, pero fueron esenciales en la nueva Revolución Artística Travestí de la nueva calle Corrientes. Ahí estaba Lino Patalano que contrató a Cris Miró para trabajar en el Maipo y por esas cosas de la vida ella llegó a encabezar el teatro de revista como «La nueva gran Vedette» de la calle Corrientes. Era una travestí pero entonces la presentaban como vedette.