Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº4/2009

El casamiento de Jorgelina

Por Malva

El casamiento de Jorgelina

En los años cuarenta, las carrilches organizaban fiestas clandestinas en las quintas alejadas de la policía, pagaban la entrada por anticipado y cada quien tenía derecho a llevar al dorilche o a un sopla-nuca. El casamiento de Jorgelina empezó en una de esas quintas.

            De a poco van llegando los invitados a la fiesta de casamiento de Jorgelina. Una gran parte de ellos tienen apariencia de personas comunes. De las manos de algunos invitados cuelgan bolsos o paquetes muy prolijos simulando ser inocentes regalos para el casorio que se está por celebrar. Es natural que así se crea. Lo que sucede es que algunos concurrentes ignoran el movimiento del carrilchaga porteño ante un evento de esas características. Se justifica entonces que este detalle les llame la atención.


            El contenido de los bolsos o envoltorios sólo lo sabemos nosotras. Adentro están los atavíos femeninos que habremos de lucir todos los que hemos sido invitados al casorio. Así se acostumbraba en aquel tiempo tan peligroso policialmente, cuando las carrilches nos atrevíamos a celebrar algún evento que nos posibilitaba vestirnos de mujer. Desde ya que estas festicholas se realizaban en lugares seguros. Quiero decir, sabíamos de antemano que estábamos a resguardo de una posible irrupción de la sidilcre (policía) con toda su furia y odio.


            Por todo ello, el organizador de la reunión buscaba el predio apropiado que nos diera seguridad y tranquilidad para todos. Para los maricones con sus dorilcles, los “sopla-nucas” y también los que no eran ni uno ni lo otro (“sopla-nuca” fue aquel individuo adicto al culo del puto). Lo que comento se hizo ver en una época en la que el diferente sexual se lo veía en una contraposición a las reglas de conducta ciudadana; establecidas por un sistema homofóbico, cuyo referente fue la policía con atributos todopoderosos sobre ellos, como ingresar a un domicilio particular sin orden judicial.


            Es preciso que explique el contenido de nuestra costumbre que se convirtió en una verdadera cultura. A través de las décadas de 1940 y 1950, estas fiestas carrilchonas fueron observadas y practicadas como un rito que se cumplió de acuerdo al tiempo que se vivió. Por lógica de la naturaleza evolutiva, y después de la caída de Perón, esta costumbre fue poco a poco perdiendo vigencia. Las carrilches que aparecieron luego adoptaron otras costumbres, de acuerdo a sus edades y apetencias.


            En mi época juvenil estas fiestas se realizaban tres o cuatro veces al año. El modus operandis era sencillo. Quien la organizaba se encargaba de cobrar anticipadamente el valor monetario de la tarjeta, con derecho a llevar a un invitado o al dorilche o bien algún chongo que le gustara el “asunto”, vale decir un sopla-nuca. A cambio de la compra de la tarjeta, estaba incluida la consumición y alguna comida.


            Pero lo más importante, para este caso, fue la promesa que había de seguridad: el lugar no iba a ser invadido por el tropel policial a causa de una denuncia.


            La organizadora (casi siempre una carrilche) procuraba que el espacio físico estuviera apartado del vecindario común. De esa manera evitábamos que algún vecino ortiba tomara el teléfono y alertara a la sidilcra diciéndole que en un lugar determinado se estaba desarrollando una fiesta de ribetes raros, como más de una vez sucedió. Sin esa posibilidad nefasta, el predio elegido no estaba al alcance de cualquiera. Con buen criterio siempre se buscaba el amparo de una casa quinta apartada del caserío vecinal. Teníamos que andar con pie de plomo. Explicando más o menos el tema, me abocaré a narrar lo acontecido en el casamiento de nuestra amiga Jorgelina (esto sucedió en el año 1950 o 1951, no recuerdo exactamente la fecha).


            Como decía al comienzo de este relato, dicho casorio se realizó en una quinta facilitada por una carrilche adinerada, ubicada en un apartado solar de Cascallares (por la zona oeste). De a poco, el vasto living más otra amplia y habitación contigua se fue abarrotando de invitados mezclados entre sí. Estaban los dorilches de las maricas juntos a los sopla-nucas y, como no podía ser de otro modo, también los mirones o sea aquellos que querían ver de cerca a los integrantes de un “remedo de casorio”, que al decir de ellos nunca habían visto. Puede que haya sido verdad, porque toda vez que aparecía una carrilche ataviada en el salón se escuchaba un ¡oh! de admiración.


            ¿Dónde está la novia?, fue la pregunta generalizada entre los concurrentes, pues hasta ese momento ninguno de los presentes en el salón sabía dónde estaba. Nosotros los maricones sí sabíamos. En una habitación contigua y cerrada con llave se encontraba Jorgelina luchando denodadamente con el vestido esponsal que desgraciadamente le quedaba chico. ¡No le entraba! Hubo que tajearlo por la espalda para agregarle un pedazo de tela y lograr acomodarlo en ese cuerpo voluminoso, sobre todo el tórax demasiado masculino.


            Ese vital inconveniente fue solucionado con una capa improvisada de tul color amarillo puesta sobre los hombros (parecía una bandera vaticana). Como si nada hubiera pasado, ingresó entre los aplausos de los concurrentes al salón engalanado. “¡Viva la novia!”, gritaron los chongos a modo de cargada. La verdad es que por su aspecto parecía un fantasma escapado de un camposanto.


            La concurrencia a duras penas podía contener la carcajada, que en otra circunstancia hubiera estallado sin contemplación. Mientras la chongada miraba curiosamente tratando de no reír de los friots, la futura pareja de Jorgelina no podía disimular la vergüenza que le producía el aspecto estrafalario de su novia.


            Todo se atemperó con la suave melodía de la marcha nupcial de Mandelsshon salida de un disco de pasta que giraba inocentemente sobre un Winco. Las notas de esta pieza musical calmaron el deseo unánime de todos los que ahí estaban, de reírse a mandíbula batiente por lo que en ese momento sucedía (dicho de paso, después vino más). Para que este relato se entienda mucho mejor, merece una mejor explicación. La fiesta de dicho casorio fue organizado por Juanito Dailon, una mariquita tan alta de estatura que al hablar con ella había que mirarla para arriba. Para colmo de sus males, más fea que la muerte. Para su bien, puede decirse que se trató de una persona exquisitamente culta, con buenos modales y sobre todo muy solidaria. Juanita Dailon hizo su primaria y luego secundaria en un colegio católico renombrado, después ingresó al Seminario en calidad de internado para su consagración sacerdotal. Quiso la mala suerte que fuera sorprendido un día en la cama de otro condiscípulo, algo no permitido por la “directoria” que de inmediato precedió a su expulsión. Esto era lo que se comentaba sobre el pasado de esta carrilche. Por ese motivo, en dicha fiesta no tuvo mejor idea que vestirse de cura y casar simbólicamente a la pareja.


            Es posible, pienso yo, que la reminiscencia de una posibilidad pasada y frustrada por los vericuetos del deseo sexual, haya influido en el alma de Juanita para peregrinar hacia un acto que resultó cómico e hilarante. Tanto yo como otros concurrentes creíamos notar en Juanita Dailon cierta función religiosa en lo que estaba haciendo. Se notaba claramente que se había tomado en serio el papel de cura de casamiento. Primero dijo algunas palabras sobre el matrimonio ante Dios (se había dejado llevar por un rapto místico y no reparó que solo se trataba de una parodia simple, en una fiesta de putos). El caso fue que dicho el sermón de modo bastante serio, ubicó a la pareja en el centro del salón entregando a cada uno de los contrayentes el anillo nupcial, diciendo con voz casi solemne las palabras ya conocidas (para esto los asistentes no querían ni pestañear para no perderse ningún detalle).


            —Señorita Jorgelina, ¿aceptáis por esposo al señor Combincho?


Era el apellido del chongo que contraía matrimonio. Jorgelina, ante el estupor de todos dijo:


—Sí, padre.


Lo insólito fue que repentinamente le agarró un ataque de emoción. Entre llanto y muecas compungidas dijo lo que dijo con una voz tan fingidamente achiquilinada que muchos de nosotros tuvimos ganas de cachetearla.


—Perdónenme por mi emoción —explicó—. Es que... Es la primera vez que me caso.


Semejante frase, dicha a modo de concesión fue coronada con una carcajada general. Contenida a duras penas como producto de todo lo presenciado momentos antes. Serenado el ánimo de todos y de algún modo conteniendo las risotadas, llegó el turno para que la carrilche disfrazada de cura preguntara solemnemente:


            —Señor Cambincho, ¿aceptáis por esposa a la señorita Jorgelina?


El pobre Cambincho no contesta, ha quedado mudo. Mira a Juanita con cierto odio por esta ridícula situación que le está haciendo vivir y de la que él no desea participar. Creí adivinar que ese pobre correntino tenía ganas de salir corriendo y desaparecer. Su estado de ánimo en ese momento fue entendible. Era un chico de provincia no acostumbrado a las excentricidades de maricas locas, capaces de armar un circo en pleno desierto. En su campechano criterio, Cambincho no entendió que se trató de un juego del momento. Y el chongo no contestó y miró a Juanita y no contestó. La Dailon lo observó y repitió la pregunta. Todos esperábamos que Cambincho hable. En ese momento dispuesto a descomprimir y ayudar al atribulado chongo, la Dailon le propuso:


—Dale viejo, decí que sí, estamos en una joda, no te la tomes tan en serio. —¡Sí! —contestó rápidamente Cambincho, y agregó— Terminá Juanita con todo esto.


Juanita Dailon, vestida de cura franciscano, levanta la mano y nos bendice a todos dando por terminada la ceremonia. (El seudónimo Cambincho creo que fue por su origen correntino, haciendo alusión a un conocido chamamé de moda en ese tiempo que llevó por título El rancho de "La Cambincha”.)


            Respecto a la fiesta en sí, a mí me pareció que fue divertida y variada. Después del acto principal (me refiero al casamiento) algunas carrilches hicieron su propio show, siendo muy aplaudidas. Todo se desarrolló dentro de un clima de camaradería general. Lo más importante, sin sobresaltos. Porque organizar una fiesta de este tipo en la época que señalo era bastante arriesgado, dada la vigilancia que se ejercía sobre nosotros. Generalmente las hacíamos en quintas ubicadas en el conurbano por cuanto los edictos de la Federal, una vez cruzada la General Paz y el riachuelo, ya no tenían vigencia. De hecho, la policía provincial actuaba de otra manera con los “diferentes infractores” de causas menores. No pasaba de dos o tres días de detención. Como norma preventiva tratamos siempre de no despertar sospechas en el vecindario cercano al lugar de reunión, por eso el acarreo de bebidas y otros complementos se hacían de noche. En nuestras fiestas, los menores de edad estaban prohibidos, siempre fuimos conscientes del tremendo peligro que la presencia de uno solo nos traería. Los jueces cuando se trataba de un maricón sospechado de corruptor, actuaban sin ninguna contemplación. (El tiempo al que me refiero, no estaba lejos del escandaloso affaire sexual de los “cadetes” del Colegio Militar. En esa circunstancia estuvo presente por largo tiempo la cosa de que todos se movilizaran en contra nuestro. De hecho, muchos maricones cayeron en trampas hábilmente urdidas para hundirlos sin miramientos. De ahí, entonces, que en nuestra fiestas este detalle se tomara en cuenta.)


            Respecto a la festichola que estoy narrando puedo decir que himpamos y chupamos a piacere hasta las 6 de la mañana (horario en que comenzaba el movimiento ferroviario). Terminada la reunión, volví a la Capital en compañía de un chongo entrerriano apodado Pitoco (un sopla-nuca bastante armado). Todas las carrilches regresaron sanas y salvas a sus respectivos hogares con la satisfacción en el alma de que la policía nunca se enteró de esta fiesta que se celebró, en honor a un puto que se casaba.


            Todos pensamos y dijimos lo mismo: ¡Hasta el próximo canyague!


Epígrafe de foto: De izq. a der. Jorgelina, Chá Chá, Sonia la Indomable, Malva y Sanjuanino