Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº4/2009

El otro lado

Por Marlene Wayar Foto por Marieta Vazquez

El otro lado

En los primeros años de la democracia, la televisión nos liberaba la voz como nosotras queríamos liberarnos del escarnio de la policía. Pasó Crónica TV, pasó Néstor Ibarra, hablamos de política hasta que llegaron los talk show. De la tevé primavera a la tevé zapping: Marlene Wayar recorre las estrategias travas en la televisión. Y hasta le dedica unas plumas a Homero Simpson.

Parece una idea generalizada: las travestis atacan, como ataca todo lo desconocido. Nadie sabe bien porqué, pero el mito crece, se agiganta y se vuelve monstruoso: hemos sido denostadas por los medios de comunicación históricamente. Recuerdo las primeras noticias en las que “lo travesti” aparecía en las crónicas policiales con un regodeo morboso, con detalles sangrientos y donde aparecía lo perverso de la víctima. Pero me gustaría fragmentar la historia de las travas en los medios, y empezar con los años ochenta.


En 1983 regresábamos a la democracia y algunos años después nosotras ingresamos al travestismo y a la prostitución, por añadidura. Éramos una generación de travestis con algo de educación formal, hijas de familias obreras, donde había amas de casa y en las que varias habíamos hecho hasta tercer año del secundario. Nosotras nos comimos a pie juntillas el discurso de la época: con la democracia se vive, se come, se educa. Salimos al espacio público con la ingenuidad con la que Susan Boyle salió al ruedo en Talentos Británicos 2009. Y como ella, nos enfrentamos a la mirada prejuiciosa que cuestiona todo aquello que no se corresponde con los parámetros de la corrección política. Parámetros nunca dichos con una sola idea de juventud, belleza y delgadez. Una evidencia de lo que debe ser y su legitimidad para lo publico.


Pobre Susan, pienso ahora. La evidencia la convertía en un “fenómeno de circo”. Riámonos de ella, pero como una sirena su voz encantó. Entonces algo se corrigió sobre la marcha. Susan empezó a ser excepcional. Le dicen, la llaman, le dan sus quince minutos de fama y a otra cosa mariposa. Ella, que es la metáfora de sí misma, también fue previsora del futuro. Cantó como lo hace ella. Recuerdo su canto: “Tuve un sueño hace tiempo / cuando la esperanza era grande / y valía la pena vivir la vida / he


soñado con el amor que nunca muere…”


Pero los monstruos, monstruos son. Así sean sirenas, obnubilan a punto tal que lo dicho no se oye. La evidencia no se ve. Así, las travestis nos dimos cuanta casi de niñas que nos debíamos una discusión, hacia afuera y hacia adentro, pero de a una no se puede. La voz debe ser amplificada, el dolor evidenciado y nos tejimos estrategias que terminaron dando con la prensa. La buscamos y la privilegiada entre ellas fue la televisión.


Lo primero fueron los tiempos de los escraches a la violencia policial. Todo servía para las noticias del día. Y esa tele de los comienzos de la democracia era como un padre joven que iba a tientas probando cuál era el modo de quitarse los años de severo control. Ese padre joven tenía muchos hijos en problemas y había que hacer mucho para llamar su atención. La atención estaba dispersa.


En medio de los estampidos de violencia llamábamos a Crónica Televisión. Nos preguntábamos cómo conseguir cámaras para amplificar la voz. Y entonces, para que vinieran, nos parábamos frente a la puerta de la comisaría 25 de Palermo después de una redada, llamábamos a un canal y contábamos algo suculento. Algunas noticias que no eran tan reales pero estábamos convencidas de que al llegar ellos se ocuparían de buscar lo suculento si lo nuestro no era cierto. El escenario


más común por mucho tiempo fue la puerta de La 25, cuando la policía se llevaba detenidas a Lohana Berkins, a Nadia Echazú o mí misma. Pero ese era el problema. Hacía un tiempo habíamos conseguido una conquista: que al menos a nosotras, que éramos voceras de la comunidad, no nos detuvieran. Y queríamos que esa conquista siguiera en pie. Así es que cuando nos detenían, las chicas se iban y se juntaban en la puerta. Y para que no las metieran a todas era importante que una cámara estuviera ahí. Era una contradicción: porque la tele nos maltrataba pero esa tele era a la vez el gran ojo protegiéndonos.


La estrategia era entonces cortar la calle y gritar como una Chilindrina desajustada frente a la cara de Don Ramón. Entonces, acuden los noticieros más fieles atraídos por el escándalo: ¡vengan que las travestis quieren quemar la comisaría!, decían. Mientras les contábamos a las cámaras todo de forma catártica y sin hilván, los lentes toman los traseros, las tetas, buscaban restos de barbas y todo lo que podía llamar la atención. El discurso mientras tanto caía. Los abogados y abogadas y los representantes gays se acercaban para traducir el caos, y para lograr calma nos llevan a programas de otro tono.


Entonces, vamos a lo de Néstor Ibarra o Liliana López Foresi que aparecen en la noche de una television más seria. Pero adentro, en el programa, en ocasiones estalla lo que la TV no quería dar. Una de las noches, las travestis estamos frente a una tribuna de vecinos. Néstor Ibarra le pregunta a una vecina: “¿Qué le molesta?”. La mujer explica que vive detrás de la comisaría con su abuela muy mayor, que está enferma y ella tiene que escuchar toda la noche cómo gritamos en las celdas. Yo no pude soportarlo. En frente tenía a alguien que escuchaba cómo cada una de esas noches pedíamos socorro, cómo gritábamos durante la tortura diaria y no sólo se hacía la boluda ante el llanto pelado, por más que la víctima llore en silencio, sino que decía: “Quiero dormir”. Le grité de todo. Le dije: “Soy yo, yo soy la que grita mientras me torturan, encerrada, mojada en invierno, garroteada por estos criminales ¡¡¡Y vos querés dormir!!!”. Silencio absoluto y Néstor Ibarra hizo un link con los desaparecidos. Ya no hubo manera de remontar la discusión, planteada en términos de vecinos versus travestis.


Con el tiempo fuimos buscando estrategias propias. Lohana Berkins y Nadia Echazú medían con astucia qué decir. Lo decían claro y con la voz firme de quien no miente. Yo acompaso con lo que puedo. La policía que guarda demasiadas oscuridades del pasado, prácticas violentas y corruptas y el padre joven con una democracia tan joven como él, se da de bruces con el “¿qué hago?”


Insistimos. ¡¡¡La policía nos pega!!!, decimos a grito pelado. La televisión toma el tema pero ahora lo hacen los abuelos castradores: expertos como Mariano Grondona nos convocan al programa. “¡Ah! ¡Caray! ¡¿Por qué las niñas se portan mal?!” Pero, qué otra nos queda. Los vecinos continúan su cantinela de quejas.


—A ver, abuelo —tengo ganas de decir—: no tengo educación, ni empleo, ni salud, ni vivienda, atención, ¡no tengo amor!


El padre se va de joda mientras los viejos se ocupan de otras criaturas, los mal criados, los que piden paz, los que piden pan y trabajo, y los que quieren regimens más pesados. Han pasado los tiempos de Pascuas duras y vamos por el segundo mandato del tío Carlos Menem Play Boy. A la tele ahora le gusta Vanesa Show, Yanina Moreno y otras trans repletas de plumas. Son los tiempos del talk show, de las madres castradoras y empepadas. Se escuchan comentarios entre las y los conductores:


¿Vos querés ser mujer, mamita?


Tía Moria aparece. Dice: Y contame, ¿cómo son tus clientes? Lohana y Nadia se enfurecen: este no era el tema, dicen. Lía Salgado retruca desde otro talk show: “¿Mamá te parió?”. Sí, respondemos. Pero tampoco ese es el tema.


Susan Boyle continua cantando en mis adentros.


 


“Soñé que Dios perdona los errores / entonces yo era joven y sin miedo / y los sueños se hicieron, se usaron y se perdieron / no hubo razón por qué pagar / sin canción olvidada / sin vino no probado / pero los tigres vienen de noche con sus voces suaves como el trueno / hacen pedazos tus esperanzas / convierten tus sueños en vergüenza…”


 


Así las cosas tenemos que seguir explicando quiénes somos. Monstruos al fin y al cabo, primero tenemos que ser diseccionadas. Algún psiquiatra o sexólogo aparece ahora en la pantalla. Una psicóloga. Nosotras husmeadas, hurgadas hasta las entrañas y la pregunta insistente: “¿Quién te paga?” “¿Qué te hacen?” ¡Que te importa!, digo yo. ¡Sacame la policía de encima! Por qué no me sacás la policía de encima.


Un día, conseguimos una cámara oculta. Charlita introductoria, y Fabiana es levantada por el patrullero de la 25. Ella les dice la famosa frase de: “Tomá 50 pesos, es lo único que hice hasta ahora”. Cincuenta pesos que en esa época son 50 dólares. “Okey —dicen los policías—, después pasamos por el resto.” Consecuencias, cero. En nuestro camino fuimos denunciando a comisarios que sólo mucho tiempo después cayeron presos por corrupción, por protección de casinos clandestinos en Palermo, por gatillo fácil, por mandar a los detenidos a robar para ellos. No cayeron presos por maltratar a las travas.


Algunos programas empezaron a vernos distintas. Fabián Polosecki dio cátedra en la televisión publica; retomaron la posta Juancito Castro y tiempo después Gastón Pauls o Carla Czudnowsky, pero son islas. ¡Qué bien! La gente escucha otras cosas pero no las puede procesar. Los medios tampoco: hay que facturar. Entonces llegan los programas para los adolescents tardíos. Los vínculos son sexuales y todas hagan lo que hagan: a mover los culitos, sonreí, levantá la patita, hacé trompita. ¿Entregás el camino de tierra?, nos dicen. ¿Das el sí en la primera cita? ¿Cómo fue tu primera vez? ¿Y las traviesas? Porque ahora comenzamos a tener otros nombres “mas dulces”, somos “chicas con manija”. Ja ja ja, que brillen.


Florencia de la Vega, sucesora de Cris Miró, era la única que como lo hizo Nadia en las calles, no les arrugó. Enfrentó todo tipo de embates con fiereza de gata hasta que le llegaron sus 40 puntos de raiting. Tuvo que ajustarse al discurso guionado del barrio, mucha alegría, mucho color y un hermano que la nombre en masculine por si alguien no se daba cuenta que no era mujer. Y


sobre todo, algo inaudito: nada de sexo, cuando en verdad todos las voltean con el chamullo, con amor o con violencia.


Y detrás, hubo travetis por doquier que fueron pasando desesperadas por ser estrellas. Se excusaron: “No soy travesti, tengo el síndrome de Harry Benjamin, soy, por poquito, una mujer, me lo dijo un médico”.


Quedamos a un lado las trotacalles. Ellas eran las aspirantes al firmamento de la tele y nosotras abajo, con los mortales, cagadas de hambre. No sólo de comida, claro. A Flor le amputaron el apellido.


 


Y sigue Susan Boyle cantando: “… Y todavía sueño que él volverá a mí / que vamos a vivir los años juntos / pero hay sueños que no pueden ser / y hay tormentas que no podemos aguantar / tuve un sueño: que mi vida sería tan diferente / de este infierno que estoy viviendo / es tan diferente de lo que parecía / ahora la vida a matado el sueño que soñé…”


 


Querer emplear la televisión o los medios comovía de comunicación parece ser imposible hoy y no es


que lo digo porque fuimos maltratadas por todos. Fanny Mandelbaum, Mex Urtizberea, el mismísimo Jorge Ginsburg, Fernando Peña son una excepción. Pero quizás la diferencia está en la estrategia de uso de los medios que es cierto que amplifican nuestra voz. Por eso el cuidado que debemos tener es qué vamos a decir.


Han sido bien tratados los temas de la


Cooperativa textil “Nadia Echazú”, los logros en la provincial de Buenos Aires de salud y educación del Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación (MAL) y El Teje ha sido muy bien tratado y hasta festejado. Son temas grupales que afectan de manera positiva a la comunidad, no temas personales sin mediación de alguna institución travesti. La caja boba es tan, tan boba como Homero Simpson, la diferencia es que Homero cierra el culo cuando Lisa le plantea algo porque sabe que ella tiene razón. Y en su lógica, la tele es democrática: no sólo caemos nosotras. Caen todos y todas. Recuerden cómo Norma Pla luchaba por la situación de extrema indefensión de los y las jubiladas ante el Estado, y primero la ridiculizaron, no importa que tenga una peluca en la cabeza por el cáncer u otra enfermedad. Es divertido ver cómo la policía la deja pelada ante la audiencia. Otra sirena como Susan Boyle sin la suerte de cantar bonito. Entonces, ¿cómo Zulma Lobato va a pretender ser oída en su desesperación? No importa que la policía corrupta abuse de ella, que esté vieja de modo indigno y en situación de prostitución. A ver Zulma, cantanos algo. Y ella, extraviada, lo hace pensando que la van a rescatar. No son esas las posibilidades de los medios y no son tampoco formas íntegras del desempeño de su función, pero así están la cosas. Tirarse en el sillón con el control remoto en mano es la única forma que tenemos de interacción. La televisión se adelanta y hace zapping. Nos mezcla a todos y a todas en sus decorados diversos y si algo no sumó rating se va y entra el resto. Es otro modo de interacción. Salir a encontrarnos en charlas reales, buscar medios amigables, ensayar detenidamente qué vamos a decir y qué no. Que no se nos impongan sus intereses a los nuestros.


 


 


De Grafa a los escándalos en las revistas


 


Todas las sociedades de este tiempo utilizan la televisión como medio rápido y efectivo. De modo sutil actúa esta verdadera corporación alejándose, premeditadamente a veces, de la elemental ética y claridad verbal. Dentro de esta enmarañada y grosera situación se ha visto involucrada la figura del travesti. Estoy en condiciones de asegurar en base a mis recuerdos que siempre fue así. Para ello, hubo periodistas fanáticamente homobóficos que se encargaron mediante la voz y la pluma de despreciar con epítetos degradantes y humillantes a una minoría sexualmente distinta. El medio utilizado fue la radio y la prensa escrita ya que la imagen del homosexual por la pantalla chica estaba prohibida. Como se dice comúnmente en estos casos, nada mejor para ello que presentar a una víctima para contarlo. Esta vez soy yo. El caso sucedió en 1954, en circunstancias en que me desempeñaba como operario de Grafa. La inventiva truculenta de la prensa, en este caso de la revista Así, me hizo aparecer de la noche a la mañana como integrante de un grupo de homosexuales detenidos en un lugar llamado Araña, en condiciones contrarias a las costumbres morales. Las fotos publicadas para ese fin fueron escandalosamente trucadas. El caso fue que, sin comerla ni beberla, me vi envuelta en una mentira periodística maliciosa y homofóbica. Otros diferentes también fueron víctimas de este espeluznante entramado. Sería largo y tedioso de enumerar los casos en los que la figura del diferente sexual siempre fue el chivo expiatorio; detallo estos episodios sólo como una referencia de mi reflexión. En la cultura anti-puto se consideró que el homosexual era portador de una patología psíquica peligrosa a la que había que neutralizar. Arrestos y reclusiones en la cárcel de contraventores en Villa Devoto fueron una constante pero en la actualidad aún quedan resabios de ese periodismo machista y retrógrado y por añadidura manejador de un medio rápido y seguro que es precisamente la televisión. Como corolario pienso no sin razón que cuando el reportaje gira en torno a la figura de una travesti, ella corre el riesgo de quedar mal parada. Mi sugerencia sería que toda travesti que es solicitada para una entrevista televisiva antes de acceder piense que premeditadamente se puede convertir en el hazme reír de toda una gran platea instigada por algún periodista mal intencionado.


Por Malva


 


 


 


¡Qué viva la otra cara de la tele!


Los medios son parte esencial de nuestra vida. Parecen poderlo todo y la verdad es que pueden una enormidad. Llegan a dónde nadie llega y logran conformar la realidad. Hacen daño. A veces hacen mucho bien. Tenemos una deuda de gratitud, de justicia ética, con varios de los integrantes de ese mundo de estrellas: María Moreno, Fabian “Polo” Polosecki, y también con Juan Castro, con Gastón Pauls y con otros que no recuerdo ahora. Tuvieron la virtud de incorporar al imaginario social identidades y orientaciones que no tenían curso legal: las legalizaron de hecho legitimándolas a través de la tele. Pero hay otros, otros y otras, una larga lista de otros y otras, que ignoran los derechos de la gente, el trato que merece, los sentimientos en juego. Otros y otras que insultan, que agreden, que cultivan la burla y el sarcasmo. Otros y otras que ridiculizan, que desprecian, que inducen al público a ver la realidad desde una óptica prejuiciosa y perversa. ¿Por qué será que eligen hacerlo así? ¿De quién nos reímos? ¿De quiénes nos burlamos? ¿Somos en realidad, en tanto público, un campo fértil para recibir sus desechos? Pareciera que sí. En la esquina de mi casa, en la pared de la Iglesia de La Piedad, un grafitti reza textualmente: “nazis putos”. Poca o ninguna cosa hay peor que ser nazi. Desde la pared, como desde una pantalla privilegiada, así se nos dice que ser puto es más condenable que ser nazi. Se pretende fustigar al nazi afirmando que es puto. Pareciera que ser puto entonces es lo peor de lo peor. Los medios dan por sentada la aceptación social de lo que venden, pero no podemos olvidar que lo que venden alimenta, convalida y sostiene el discurso dominante. Para los derechos humanos, para la diversidad, un chiche.


Por Taddeo C.C.