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Mundo El Teje Nº4/2009

Doctor Amor

Por Taddeo CC

Doctor Amor

El doc es un médico. Hacía su especialidad en un hospital público del conurbano bonaerense pero los colegas se lo impidieron. Lo trataban de chica frente a los pacientes y luego lo dejaron afuera por un examen. ¡Horror! Y después dicen que todos nos quieren bien.

Vamos a poner las cartas sobre la mesa. Esta es una revista “travesti” y las travestis (salvo deliciosas excepciones) no tienen la menor idea de lo que es “un hombre trans”. Bien.Quiero presentarles uno. No tengo el afán (ni podría tenerlo) de hablar sino acerca de un tipo trans en particular. Los hombres trans son tan diferentes entre sí como lo es el resto de las personas. Elegí a éste porque es un amigo, porque corresponde, y también porque una travesti rubia, dada a la espiritualidad y al periodismo, me dijo una vez: “Lo conozco... y está muy bien por cierto”.


            El chico (el doctor, bah) tiene treinta y cuatro años y es médico. Tiene novia (una beldad brasileña que lo tiene capturado desde hace algún tiempo). Dudó en aceptar la entrevista pero, desde que fue invitado a Miami (junto con un español y un peruano) para hablar sobre lo que llama “transexualidad en el varón”, tomó conciencia de que la gente (no sólo las travestis, claro) ignora todo sobre el tema.


            Él lo dice así: “Al nacer te anotan con un sexo que no es aquél con el que te identificas, la identidad sexual no es algo que el resto se plantee. Nosotros sí nos lo planteamos”. Y agrega: “El documento de identidad es un obstáculo; también lo es el ser visualizado como una mujer masculina o como un andrógino. Es difícil ser percibido como lo que uno es, simplemente un hombre diferente”. Esa condición, la del “hombre diferente”, es la que reivindica mi amigo como una cabal autodefinición.


            El objetivo de mínima para él era sobrevivir y crecer sin negarse a sí mismo. No se bancaba otra cosa que recurrir a los términos neutros a la hora de vestirse. Llegar a la uniformidad del guardapolvo o del ambo profesional se convirtió en un alivio, una forma de pasar desapercibido, de estar finalmente “cómodo”.


            Todavía no había terminado la facultad cuando comenzó con la testosterona y con algunas operaciones. Las publicaciones de Mauro Cabral (como a casi todos) lo ayudaron a reflexionar conceptualmente.


            Digamos que el chico (bueno, el doctor) iba afirmándose a paso calculado pero firme, dibujando con trazos cada vez más sólidos su notoria masculinidad.


            Cada vez más era él mismo, repetido y confirmado por los ojos de los que lo querían bien y de aquellos que simplemente lo veían pasar.


            Pero, qué duda cabe, no todos nos quieren bien.


            No todos soportan sus propias inseguridades, sus propias dudas. No todos se aceptan lo suficiente como para respetar a quien perciben como “distinto”. Parece un chiste hablarle a las travestis de eso. Es el pan de cada día. Y que la discriminación venga de los médicos, de aquellos de quienes se supone hacen de la ayuda al prójimo una profesión, es algo común. Ingratamente muy común.

No le autorizaban las órdenes en las que sólo firmaba con la inicial y el apellido, pese a que estaba la matrícula que es suficiente.

Nuestro doctor cursaba una especialización en un hospital público nacional ubicado en el conurbano bonaerense. Por chocante que parezca, sufrió de mano de sus colegas, de sus pares, todas las formas de discriminación académica y laboral. Le cayeron con todo. Sus pacientes lo veían como lo que es, como un hombre, como un médico. Pero los colegas se aplicaban a tratarlo en femenino y se solazaban en llamarlo “doctora”. ¿Delante de sus pacientes? Sí, también delante de sus pacientes.


            No le autorizaban las órdenes en las que sólo firmaba con su inicial y con el apellido, pese a que estaba la matrícula y la matrícula es suficiente para identificarlo. Lo hacían a un lado, lo excluían de las cirugías. Morbosos, enfermos, sádicos, ignorantes, violadores de las normas antidiscriminatorias, estúpidos, mala gente. Todo eso lo pongo yo, pero es que no puedo seguir hablando de esto sin vomitarlos.


            Nuestro doctor quería especializarse en neurocirugía. No pudo hacerlo. Le impidieron continuar alegando “que no estaba interesado en la carrera”, “que no se adaptaba al grupo”. Motivos de mierda para apartar al único profesional que no fue promovido.


            Aún no ha iniciado el juicio por discriminación, pero yo ya tengo la sentencia.


Daños patrimoniales, psicológicos, morales. Incontables daños a reparar, aunque en realidad se trate de daños irreparables.


            El doctor pone su mejor empeño en continuar con el ejercicio de la profesión. Busca recuperar el tiempo y las oportunidades que le hicieron perder, que le arrebataron injustificadamente.


            Lo que le robaron no vuelve, pero el doctor se esfuerza en seguir adelante. Dicen las chicas que conocen la historia y que vieron las fotos, que al doctor lo jodieron de bronca, porque además de inteligente y trabajador, es lindo.


            Es un médico argentino, un profesional, un hombre. Un joven que la pelea, que quiere avanzar.


            Yo cumplo con presentarlo: es un hombre trans. Simplemente un hombre, aunque sus documentos (todavía) no lo hayan registrado.