Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº3/2008

Corte y confección de una cooperativa

Por Taddeo C.C.

Corte y confección de una cooperativa

Si Nadia Echazú estuviera aún por estos lados y se le ocurriera googlear su nombre se llevaría una sorpresa. Una sorpresa linda. Tendría que esforzarse para encontrar entre miles de sitios “Nadia Echazú” los que remitieran a su esforzada militancia, a sus padecimientos y a su muerte. Le saldrían al paso páginas y páginas dedicadas a celebrar el nacimiento de la cooperativa textil que lleva su nombre.

Como decía Lohana Berkins en la inauguración de la cooperativa textil Nadia Echazú (Vicente López y Sanders, Avellaneda, Provincia de Buenos Aires), en la ya histórica fecha del 26 de junio de 2008, son sobre todo los derechos económicos lo que se encuentran pendientes. Y los derechos hay que exigirlos, hay que ejercerlos, hay que llevarlos a la práctica.


Al derecho a trabajar y a ejercer toda industria lícita, lo garantiza la Constitución, pero nadie nos asegura conseguir un trabajo. Entre el mercado laboral y las chicas se interpone (lo decía Lohana) la discriminación, la violencia, la ignorancia y la intolerancia.


Hay (cuando lo hay) trabajo dependiente : el que se ejecuta bajo las órdenes de otro y en su beneficio, y también existe (cuando uno crea el dispositivo por sí o con otros) el trabajo independiente .


Las cooperativas entrañan una filosofía del trabajo particular, una organización horizontal, igualitaria y democrática, con un alto grado de implicación y compromiso.


Cuando una chica logra obviar los lugares communes de Palermo, Constitución o Flores y se agencia un trabajo dependiente o independiente, su día concluye con la experiencia de un cansancio “distinto”.

¿A qué no saben qué es lo más complejo? Bueno, lo más complejo, dice Diana, es la burocracia. La mayoría de las chicas no tenía documentos. Tuvieron que anotarse en el monotributo social.

El otro cansancio.


Es un privilegio tener enfrente a Diana Sacayán explicando la dinámica de la cooperativa textil en la misma casa en la cual funciona. Es una casa hermosa, con dos plantas y una terraza apta para organizar festejos.


Encontramos a Diana en plena tarea, interviniendo en la clase de capacitación, en el armado de páginas web. Es ella quien nos cuenta. Las clases son de quince personas por vez. Quince chicas trabajando con las computadoras. Jugando  puede decirse, porque Aduki (Maximiliano), el profesor, subraya que el aprendizaje se apoya en lo lúdico. Es lo primero que menciona.


Lo tiene claro. Pertenece al equipo coordinado por Martín Gorricho. No todo es computación, también hay espacio para el marketing. La siguiente etapa comprende el corte, la confección y la costura. Trabajan-aprenden seis horas por día bajo la mirada del Ministerio de Trabajo y el INAES. Las máquinas fueron suministradas por Desarrollo Social de la Nación.


¿A qué no saben qué es lo más complejo?


—Bueno, lo más complejo —dice Diana—, es la burocracia. La mayoría de las chicas no tenía documentos. Tuvieron que anotarse en el monotributo social.


Pero claro, las chicas tienen garra (ya están pensando en armar una cooperativa de vivienda) y nada las detiene. Ese es el común denominador, el nivel de estudios es variado. Brisas, por ejemplo, que vino de Salta, no sólo tiene el secundario completo sino que estudió Psicología en su provincia.


Están pensando en una marca transgresora. Y bueno, ¿cómo podría no serlo?. Marca de calidad para las sábanas más transgresoras del mundo.


La mayoría viene de lejos a muy lejos de la sede de la cooperativa. Las horas que deben dedicarle son muchas, pero la alternativa de trabajo las tiene fascinadas y, como dice Diana, “éste, éste es otro cansancio”.


El teatro burocrático


 Cuando Lohana llegó al bar de Florida y Avenida de Mayo el grabador se arregló la corbata y preparó el “input” para escuchar anécdotas. Así se hace historia. Así se va tejiendo (tejiendo, claro) la trama de relatos que dan consistencia a las cosas. La etapa inicial que la cooperativa transita obliga a remitirse a la lucha contra lo que define como “ese universo desconocido y complejo que es la burocracia”, tratando de llenar todas las formalidades que exige la vigencia de la cooperativa.


Escena 1: Lohana llega a la escribanía con Cecilia, rubia de ojos celestes, “mujer diagnosticada al nacer”, según la describe Lo. Sólo están ellas. La empleada de la escribanía las mira con frialdad y ante su requerimiento eleva la voz y llama: “Fulanito… Te buscan los señores …”. Y allí le sale al cruce Lohana: “Cecilia, correte por favor… que pasen los señores que la señora ve ”. El trabajo del escribano pidiendo disculpas debe haber superado con creces su labor profesional.


Escena 2: Lohana y Cecilia en la sección 5 de la AFIP. Frío día de invierno, muy de mañana. Lohana sin desayunar.


La calle, Salta, que sabe de travestis más que otras calles. Llegan con los papeles preparados por el escribano (preparados antes de la maratón exculpatoria). Las recibe una empleada del mismo club que el de la escribanía. Lohana se esmera en subrayar que se trata de una cooperativa de travestis y transexuales. La empleada no se da por enterada. Según ella todo está mal, todo falta. “Tiene que venir el presidente  de la cooperativa”, exige. Lohana gasta todos los cartuchos de su tolerancia para explicarle quién es ella, pero ante la intransigencia de la empleada, se allanan a volver a la escribanía.


Se emponchan de nuevo para salir y en eso escuchan que la empleada le dice a un compañero: “¿Viste a esa señora con esas tremendas tetas? No es una señora, es un señor”, y tira una carcajada a mandíbula batiente. Para qué… La indignación no tiene medida, la situación es de máxima violencia. Se percibe el plus de maltrato que se depara a travestis y transexuales. Los otros empleados y el policía de guardia hacen silencio y bajan la cabeza. Es evidente el sentimiento de vergüenza ajena y el repudio a la afrenta (no todos son iguales).


“Te voy a iniciar una demanda por discriminación”, le espeta Lohana y se retira con Cecilia hacia el ascensor. Por fin la empleada sale de su sueño omnipotente y corre a pedir disculpas. Cuando las chicas vuelven, las está esperando con chocolates. Los papeles, por supuesto, ahora están bien. Lohana acepta por fin sus excusas: “Están acostumbrados a vernos en la calle —dice—. Ahora vamos a transitar otros espacios”.


Ese espacio es de las chicas. Se lo ganaron.