Policiales

Policiales El Teje Nº2/2008

Uno, dos

Por Mauro Cabral

Del otro lado del mostrador una voz pregunta, ¿quién es el afiliado a la obra social? Y luego, ¿de quién es el documento? Y seguirá preguntando incómodamente una y otra vez por la condición sexual del paciente como más tarde volverá a hacerlo el médico.

Uno


Hoy fui al médico. Fui al que atiende en una de las sucursales de mi obra social, la que queda más cerca de casa.


Llegar hasta su consultorio en el segundo piso fue una odisea. Antes de pedir


turno, debía pagar la cuota de enero, pero el importe aumentó el último mes y el efectivo que llevaba conmigo no alcanzaba. Pensé en volver otro día, pero realmente necesitaba ver al médico hoy. Pregunté si podía pagar con la tarjeta de débito, me dijeron que sí, y la pasé por la ventanilla, junto con mi documento. El señor del otro lado me preguntó de quién era la afiliación que intentaba pagar. Le respondí: “Mía”. Me preguntó de quién era la tarjeta que intentaba usar: mía. ¿Y el documento? Mío. El señor me respondió que la titular de la cuenta debía venir en persona si pretendía pagar su afiliación, mientras me devolvía ambas cosas a través de la ventanilla. Soy yo, es la mía, le respondí, con el tono de quien dice y no dice la verdad, pero tratando de que sonara más a lo primero que a lo segundo. “Soy trans”, le dije, y me odié por el dejo de disculpa con el que lo dije. El señor -que a esa altura se había convertido, en mi consideración en “el tipo”- me miró fijamente un momento y usó la tarjeta.


El paso siguiente fue pedir turno. Un tipo distinto. La misma historia. ¿Para quién es el turno? Para mí. ¿Y quién es la titular? Yo. Pero, de nuevo. ¿y cuál es el número de legajo, por favor? ¿Y para quién es entonces el turno? Etcétera.


Podría haber sido peor, por supuesto. Podría no haber podido pagar la afiliación ni conseguir el turno. Y no deja de ser gracioso que, pretendiendo pasar todo el tiempo como un tipo, tenga que introducir al menos la idea de que quizás no lo sea para que hasta mi documento funcione. ¿Y cuándo ya no funcione?


El médico me preguntó por qué no descansaba. Le conté que mi cansancio no era sólo laboral. Le conté la aventura que había implicado subir a verlo. El médico me preguntó: “¿Y qué te dice tu terapeuta?”. Tal cual. Ni más ni menos. Qué me dice mi tera­peuta.


Me pregunto (se lo pregunté también a él) si en el supuesto caso de que yo estuviera sentado en una silla de ruedas, y el ascensor no funcionara; si subir a verlo hubiera sido lo difícil -que lo fue, pero esta vez en términos más “materiales”, más “obje­tivos”-, si en ese caso, él me hubiera preguntado qué (mierda) me dice mi terapeuta. Y le pregunté también, de paso (y no he dejado de preguntármelo), qué se supone que mi terapeuta podría o debería decirme -de tener a alguien así en mi vida, claro está.

“Podría haber sido peor, por supuesto. Podría no haber podido pagar la afiliación ni conseguir el turno. Y no deja de ser gracioso que, pretendiendo pasar todo el tiempo como un tipo, tenga que introducer al menos la idea de que quizás no lo sea para que hasta mi document funcione. ¿Y cuándo ya no funcione?”

Si la terapia ayuda o no ayuda a convertir la experiencia de ser trans en Córdoba en algo no digo ya disfrutable, sino siquiera soportable, es algo de lo que no voy a ocu­parme aquí y ahora. Quizás sí, quizás no. No es el punto.


El punto es que antes de indignarse, antes de compadecerse, antes de bajar corriendo las escaleras para ordenar que nadie maltrate a su paciente ni le complique la consulta, antes de asegurarme que nunca va a volver a pasar, antes de decirme al menos que haría lo posible porque nunca volviera a pasar, antes de putear, de ofenderse, de decir qué mal, qué cagada, qué horror o qué espanto, antes de tratar siquiera de defenderlos, de argüir que la gente no sabe o que la gente no entiende, prefirió preguntarme eso. Qué me dice mi terapeuta, como si el entramado cultural que produce una situación de mierda para alguien debiera ser afrontado individualmente por quien la sufre -con la ayuda, si tiene suerte, de su terapeuta. Porque de ese modo, como el médico me explicó, uno se angustia menos ante esas y otras situaciones, uno las enfrenta mejor y uno, en definitiva, vive mejor. Entonces, la responsabilidad es de uno; la responsabilidad de sufrir o de pasarla bien, la responsabilidad de reconocer la violencia o de dejarla pasar. Todo, en definitiva, depende de uno -y si algo sale mal es uno el único responsable.


Tengo dos problemas con este enfoque de la cuestión (además de no tener terapeuta). Primero: la idea de que la violencia y sus efectos deben ser prioritariamente una cuestión encarada por quienes los sufren (y por aquell@s que puedan brindarles alguna ayuda). Parece sensato, y hasta necesario, pero de paso objetiviza la violencia y la deja tal cual está, algo con lo que hay que lidiar, frente a lo cual las únicas respuestas son las que cada uno puede encontrar. Segundo: la reducción de la cuestión a las alternativas de algo que no es más que un destino individual, como si entre la masculinidad que los tipos en mi obra social aprendieron a encarnar y la mía no existiera conexión alguna; como si entre las pesadillas institucionales que me tocan a mí y las que le tocan a tanta otra gente, trans y no trans, esa conexión tampoco existiera. Al preguntar qué dice mi terapeuta, el médico también decía que mi malestar no era ni colectivo ni colectivizable, sólo el malestar de uno -esa clase de malestar que no ha de encontrar alivio en el encuentro con tod@s aquell@s otr@s a quienes también molesta.


 


Dos


Hacia el final de la consulta, el médico volvió sobre el tema. Me preguntó por qué no cambiaba el documento y ya. Me preguntó qué era necesario para conseguir el cambio, si la cirugía o qué.


Le respondí que, en principio, era necesario un diagnóstico diferencial, tal como


el de transexualismo verdadero. El médico me miró con incredulidad y me dijo que ¡pero entonces me lo hacía el mismo!, ahí nomás, ¡y listo! (realmente hubiera fotografiado su cara de asombro, el asombro de quien se da cuenta de golpe que todo es “tan sencillo”).


Me empecé a reír (el médico, a lo mejor es hora de decirlo, es mi amigo y muy buen médico). Le pregunté por qué se imaginaba él que tener mi vida codificada en los términos de un diagnóstico sería algo menos violento que andar por esa misma vida con mi documento. ¿Cómo es eso de que su masculinidad no precisa diagnóstico y la mía sí? ¡Pero a quién se le ocurre!


¿Tan débiles, tan pobrecitos, tan poca cosa, tan solos estamos que la manera de resolver la violencia es volverse uno mismo la encarnación de la ley, la expresión andante de su violencia? ¿La única emancipación posible contra la violencia es repetirla contra uno mismo, llevarla inscripta en un papelito que certifica que uno está de acuerdo con la marcha del mundo y con el lugar que le toca a uno en esa marcha?


¿Y cómo es que a un régimen tan individualista como la identidad es necesario adosarle, para que funcione, una descripción normativa que será cualquier cosa, excepto la de uno? ¿Puede haber algo menos individual e individualizante que un diagnóstico? ¿O es que para estar a salvo es entonces preciso dar cuenta primero de la especie y, recién ahí, y con suerte, uno será reconocido y respetado como uno? Y, al mismo tiempo, y en estos casos, ¿puede haber salida más solitaria que la de un diagnóstico? ¿Cómo hemos llegado al punto en el que la gente buena ofrece diagnósticos con las mejores intenciones?


“Pero resolvería algunas cosas”, dijo él -con esa inexplicable confianza de la gente en la capacidad de transformación que tiene la firma y el sello de un juez. Le expliqué que mi cuerpo y mi documento estarían en cortocircuito cualquiera fuera este último -parezco demasiado un hombre como para andar con mi documento actual sin problemas, y lo parezco demasiado poco como para que uno de hombre me sirva. Y es así, y no tiene vuelta (¡¿O es que también debería cambiar el cuerpo para tener menos problemas?!).


Ojo, no es que no sepa o que no me de cuenta: para casi toda la gente la relación perfecta entre el cuerpo y la identificación legal es cuestión de vida o muerte. Lo es también para quienes no vivimos en el contexto de esa relación -y más bien nos morimos. La violencia cotidiana que implica esa “falta de correspondencia” no justifica, sin embargo, considerar a la alineación entre ambos la respuesta, cuando no la única respuesta, a esa violencia. Lo será para todos aquellos que se reconozcan en esa posibilidad, que la reconozcan como propia. Pero ¿y qué hay de todos los que no estamos interesados en esa solución, ni en pagar el precio que se cobra para alcanzarla? ¿Nos merecemos lo que nos toca por empecinarnos en no reducir la “discordancia” del (al menos) dos a la “concordancia” del uno? ¡Ni en joda, m'hjito, ni en joda!