Policiales

Policiales El Teje Nº4/2009

Quién vio caer la sangre caliente sobre la espalda de Zoe

Por Diana Sacayán

Los clientes vienen a buscarte cuando te quieren culear pero a la hora de robarte sos un puto o una puta que no tiene derecho a nada. En los últimos dos años hubo cuarenta asesinatos contra personas trans denunciados en lationamérica. Zoe y Jéssica no murieron pero acaban de ser baleadas entre Laferrere y Gonzalez Catán.

El Verde, “el trucho”, hace su recorrido desde el Mercado Central hasta el km 38 de la Ruta 3. Zoe me esperaba en la parada del Barrio Los Ceibos, en González Catán. Cuando caminábamos hacia su casa nos cruzamos con la camioneta que hace el reparto de soda en el barrio. Desde el interior se disparó un grito crudo, cortante, de “PUTO FEO”, que pareció adelantarme lo duro que iba a ser la historia en el lugar. 


            Llegamos a una casita humilde pero acogedora, Zoe me invitó con unas mandarinas y comenzamos una charla.


            Ella tiene veintidós años y el martes 31 de marzo salió como todos los días para ir a trabajar. Cuando llegó a la estación Independencia que es una de las paradas del ferrocarril General Belgrano entre Larrere y Gonzalez Catán, se le acercó un supuesto cliente. Le pidió que le hiciera un servicio. Arreglaron el precio y caminaron hacia el fondo de la estación de trenes, al costado de las vías. Un lugar discreto, todo oscuro.


            “Cuando me dispuse a atenderlo —me cuenta Zoe— me di cuenta de que se llevaba las manos a la cintura como si buscara algo pero cuando miré, vi que tenía un revólver y quise salir corriendo. Al darme vuelta, otro tipo que apareció de la nada se me puso enfrente, yo quise correr, me persiguieron, alcanzaron a agarrarme del pelo y me tiraron al piso, comenzaron a golpearme y a sacarme la ropa. Cuando me quisieron sacar las zapatillas yo me resistí, entonces me levanté e intente sacarle el arma”.


            Forcejearon por unos segundos, después Zoe sintió el sonido de un disparo.         Recostada en la cama, con una mano apoyada en la sien, relata los hechos con una voz casi quebrada. Su mirada muestra algo de rabia, como si aún persistiera el trauma de lo sucedido. De repente se incorpora, camina de un lado a otro, como si llegar al instante del disparo la pusiera nerviosa. Prende un cigarrillo, desconecta la radio donde se oía el canto de una cumbia de fondo y luego de unos instantes retoma el relato.


            “Yo les comencé a gritar: ¡¡¡Me pegaste un tiro!!! A los pocos segundos, empecé a sentir la sangre caliente que chorreaba por la cintura, entonces ellos salieron corriendo. Traté de ponerme la ropa como pude, yo nunca perdí el conocimiento, sentía mucho dolor pero llegué a duras penas hasta la parrilla que está al costado de la Ruta 21, en la parada de los colectivos. La mujer que trabaja ahí me conoce, entonces le pedí ayuda. Ella llamó a un patrullero. Los policías llamaron a una ambulancia, pero como yo me daba cuenta de que no llegaba, empecé a desesperarme del dolor y le pedí por favor a ellos que me lleven. Me acercaron a una sala pero ahí no había anestesista, entonces me tuvieron que llevar hasta el hospital del km 32, el hospital Evita.”

Zoe me muestra la marca del ataque. Toma mi dedo y lo lleva hacia la herida, me hace hacer unos movimientos circulares. Yo siento la bala muy tangiblemente.

Zoe termina de entrar en confianza con el relato y me muestra la marca del ataque. Toma mi dedo y lo lleva hacia la herida, me hace hacer unos movimientos circulares. Yo siento la bala muy tangiblemente. Aun tiene que hacerse una pequeña operación para extraerla.


            “En el hospital me preguntaron si quería hacer la denuncia —sigue contando—, pero yo les dije que no, si total ya estaba. Nosotras estamos expuestas a eso todo el tiempo, ¿para qué voy a hacer una denuncia si yo no sé quién es el tipo realmente?. Pienso que hacer la denuncia es al pedo si total BUSCARLO no lo van a ir a buscar.”


            —Pero escuchame —le dije—: ¿ellos no deberían intervenir de oficio por más que vos no hagas la denuncia?


            —No, si yo les dije que no. Y no me insistieron para nada, al contrario.


            —¿Esos hechos se dan con frecuencia dónde vos estás laburando?


            —Sí, se dan con frecuencia los hechos de violencia. Más en el momento en el que el lugar queda desolado porque ya deja de transitar gente que viene y va a trabajar. Es a la madrugada cuando se torna peligroso.


 


            La región latinoamericana y caribeña de la Asociación Internacional de Lesbianas y Gays (IlGA-LAC) denunció 43 casos de asesinatos cometidos contra personas trans sólo entre 2007 y 2009. En nuestro país, según un relevamiento propio en el archivo de noticias del diario Página/12 existen más de 40 casos de crímenes entre 1999 y 2007 de los cuales son contados con los dedos de una mano aquellos que pudieron esclarecerse.


            Cuando se habla de crímenes de odio no hablamos de crimen pasional, tan de moda por estos tiempos entre los académicos, políticos, los medios de comunicación y la opinión pública para encapsular la existencia de una muerte. Al referirnos a los crímenes cometidos contra personas trans la realidad nos habla de un señalamiento social, persecuciones y agresiones por el hecho de ser trans. Son corporalidades, identidades y subjetividades atrapadas dentro de una seudo democracia mundial, en medio de una guerra injusta donde siempre gana el odio, la discriminación y los prejuicios a partir de los cuales se genera la violencia cuyo objeto final no es otro que “la necesidad de marcar diferencias entre colectividades hegemónicas y no-hegemónicas”, como alguna vez escuché decir por ahí.


            La transfobia o la travestofobia son modos de violencia que intentan menoscabar, ningunear y hasta hacer desaparecer las distintas expresiones de género porque nuestras formas no concuerdan con la doctrina patriarcal católica y héterosexista. La presente nota periodística quiere dejar en claro que los medios de comunicación son cómplices de esa segregación: en la mayor parte de los casos proponen un discurso de la inseguridad y sólo bastardean la información manipulando los hechos, poniendo énfasis desde la prensa roja con un modo salvaje de tratar los crímenes de odio cometidos contra personas travestis, transexuales y transgénero. Por eso es necesario una ley que prevenga y elimine la discriminación por orientación sexual e identidad de género.


            Jéssica ya no vive más en Laferrere. Se mudó a un departamento de la Capital Federal. Lo que motivó su mudanza fue un ataque que sufrió el 4 de diciembre pasado mientras se prostituía. Con ella pactamos un encuentro para poder realizar la entrevista. Me pasó a buscar con su auto por la avenida Independencia en la Capital, me pidió que la acompañe. Yo acepté y nos fuimos de recorrida al barrio de Once a comprar bolsitas de colostomía.


            “Mi nombre es Jéssica —me dijo—, el 4 de diciembre fui víctima de un acto de violencia, se me acercó un pibe joven de unos veinte años. Yo lo conocía porque intentó atacarme en otra ocasión. Cuando lo vi, alerté a la chicas que estaban conmigo para irnos pero él se dio cuenta así que sacó el arma y tiró un tiro. A mí me pegó en la ingle, medio de perfil. La bala tocó el intestino delgado y por eso me tuvieron que operar de urgencia, me cortaron unos cuarenta centímetros del intestino delgado, suturaron el grueso y ahora me hicieron la colostomía o lo que se dice ano contra natura. ¡Qué bueno! Gracias a Dios estoy contándote esto, ¿no? Y bastante difícil se hace para mí poder subsistir sin trabajo, comprarme las bolsitas de colostomía que me salen 80 pesos 4 bolsitas y bueno, nada, estoy esperando la operación que espero salga pronto.”


            En ese momento, empecé a preguntarle otras cosas.


            —¿Vos crees que en Laferrere se ven más reflejadas las situaciones de violencia?


            —No. Yo creo que cuando te quieren hacer mal lo hacen en cualquier lado, más aun sabiendo que nosotras estamos en la calle. Desprotegidas. Yo, por lo que veo, travesti y mujeres somos objeto de este tipo de violencia: ellos vienen a buscarnos para satisfacer sus necesidades pero cuando te tienen que robar sos PUTO o puta y no tenés derecho a nada. Solo quieren disparar. Sinceramente yo no sé como se solucionará esto, no creo que lo resuelva ni la política, ni la justicia porque no saben responder y a los policías cuando realmente los necesitas nunca estás.


            —¿Y en tu caso intervino la justicia?


            —Bueno, en el momento me socorrió un hombre que pasó en un Fiat blanco, es un vecino que siempre pasa por el lugar. Él paró, nos asistió y nos llevó al hospitalito y de ahí yo me acuerdo que un uniformado me hizo algunas preguntas como por ejemplo dónde fue, qué me pasó. Le dije: “Te lo dije que fue en la Ruta 3 y García Moreau” y nada más que eso pasó. Pero no hubo un seguimiento y eso que la guardia tiene una persona para eso. Además más o menos se sabe dónde vive el agresor. Pero no hubo un seguimiento o algo tomado más en serio.


 


París París, no rías sobre mi cadáver


El último 15 de mayo, mientras Francia preparaba un encuentro internacional para presumir ante el mundo ser el primer país que quitó la transexualidad de la lista de enfermedades psiquiátricas, yo me enteraba ni bien bajaba del avión en el aeropuerto de París que una noche antes, una persona travesti de nacionalidad ecuatoriana había sido cruelmente asesinada en las cercanías del bosque, el lugar donde la mayoría de las latinas se prostituye para sobrevivir. Su cuerpo fue encontrado en medio del bosque con los testículos arrancados y cortes en los puños y los tobillos.


Tres días más tarde, yo me acerqué al bosque para charlar con las chicas. Nadie me quiso decir más de lo que ya sabía excepto una brasileña. Me contó que una noche antes también había desaparecido otra compañera. Antes de tomarme el avión de vuelta a Buenos Aires, otras activistas argentinas como Mónica Layon y Cuca García me contaron que la joven brasileña con la que había hablado en el bosque acababa de ser internada en el hospital con un grave estado de salud. Las chicas me comentaron que el hecho de ser trans y latinas refuerza la potencia del odio de los intolerantes y que es muy común que generalmente los musulmanes les disparen desde los autos con balines y les arrojen piedras.