Policiales

Policiales El Teje Nº1/2007

Muerte en la sala de espera

Por Amancay Diana Sacayán

Mientras el ministro de Salud bonaerense firmaba la resolución que exige respetar el nombre de elección de travestis y transexuales, nos enteramos de la muerte de Betiana, una compañera de nuestra organización. Se produjo en mí una mezcla de sensaciones que son imposibles de definir. Es que, paradójicamente, avanzábamos en este logro y se nos fue de entre nosotras una hermana de lucha que intentó revertir el orden de cosas, pero que también “decidió” morir sin recibir asistencia médica.


Ella fue y nosotras fuimos tantas veces parias de la asistencia estatal que al final no es tan difícil descifrar el porqué de su actitud o de otras similares. Actitud que temo que se naturalice en nuestra comunidad. Lo cierto es que Betiana engrosó estadísticas que no son más que tristes realidades ¿Podrán ser modificadas por este cambio registral? Sabemos que este cambio no va a lograr que las travestis acudan masivamente a los hospitales, ni que de la noche a la mañana se respete automáticamente nuestro nombre, tantas veces negado y censurado. Ese nombre corresponde a nuestra propia identidad y esa identidad a un cuerpo que -incluso atravesado por la negación constante- irrumpe, se rebela y resignifica las palabras y las cosas.


El concepto de salud va corriéndose de esos límites preestablecidos. Entonces, para poder hablar de salud tenemos que por lo menos hacer visible aquella serie de situaciones cotidianas que atraviesan nuestro cuerpo y nuestra psiquis. Situaciones de violencia como las que provienen del entorno familiar, cuando somos expulsadas de nuestros hogares, o aquellas propias del espacio prostibular, que parten desde la persecución institucional, los códigos contravencionales, o los arrestos inhumanos. Sumemos a esto la mala alimentación, el estar expuestas a la intemperie, la violencia callejera y policíaca, la precarización en la vivienda y las adicciones que amortiguan de tanto dolor. El difícil acceso al sistema de educación, el prejuicio social e institucional, son todos factores que inciden directamente en nuestra salud.


Haber logrado arrebatarle al Estado esta herramienta, ¿significa que accederemos ya al sistema de salud? No será en forma inmediata, pero se nos allana el camino para pensar en poner a la luz la sistemática agresión de la que somos víctimas desde la niñez, y que muchas veces deriva en una muerte temprana. El proceso más duro y significativo será corrernos del lugar de estigma, desarrollar nuestras propuestas y ponernos en acción. Esto nos ayudará a desplazarnos a un espacio de producciones que van más allá de la solución inmediata que obtengamos del Estado en demandas particulares. Un espacio que implique nuevas relaciones intrahumanas que podamos lograr con l@s nuev@s aliad@s, a quienes seguramente recurriremos y comprometernos para nuevas acciones que nos lleven a modificar las estadísticas de desesperación y muerte.


En este sentido, vale plantearnos una forma de vivir más saludable, tener sueños, alegrías, esperanzas. Poder desarrollar a pleno la identidad travesti sin que esto tenga un costo tan grande como el olvido y la invisibilización. No queremos sufrir lo que sufrió Betiana ni lo que sufrieron 450 travestis muertas a los 35 años por causas que pudieron ser evitables. Yo misma he visto a chicas travestis con tuberculosis o sida morir solas en sus camas por negarse a ir al hospital.