Policiales

Policiales El Teje Nº5/2009

A un día de la muerte

Por Diana Sacayán

A un día de la muerte

Johana Robledo se ofreció como testigo de un crimen. En la Brigada de San Justo la dejaron esposada a la intemperie, en el piso mojado, entre dos calabozos. Dos meses más tarde seguía detenida, peregrinando de prisión en prisión, con una infección galopante en los pulmones y un cuadro de desnutrición desesperado

Johana está en la cama veintisiete del hospi­tal Mi Pueblo, de Florencio Varela. Cuando llegué acababan de punzarle el pulmón para extraer liquido del pleura. Está exhausta, su cuerpo se ve hinchado, se la nota deteriorada, empeoró bastante desde hace veinte días cuando la vi en la cárcel.


-Yo llegue acá gracias a mi mamá-, me dice. -Un día me enloquecí y empecé a revolear el colchón al pasillo y a gritar que me saquen, que me iba a morir, que me lleven a un hospital. Lo único que me daban en el penal eraTafirol. Cuando llegué acá los médicos me dijeron que si venía un día después no contaba la historia. Me encadenaron a la cama y pusieron un policía en la puerta. A la noche me sac­aron las cadenas y me dijeron que estaba libre aunque debía seguir en el hospital. Yo no entendía nada, volaba de la fiebre, no tenía potasio, ni sodio, ni glóbulos rojos, estaba con anemia. Y me dijeron que estaba desnutrida. Esto es por lo que me hicieron en la Brigada de San Justo, dormí con diar­ios, en el piso todo mojado del agua que me tiraban. Ahora ya está, me quiero ir de acá, no aguanto más.-


Flavia Córdoba es activista de MAL (Movimiento Antidiscriminatorio de Liberación) Un día, nos comentó que Johana estaba detenida desde hacía una semana, que estaba pasándola -mal-. Trajo una carta manuscrita. Johana la había mandado desde la cárcel, con una narración de los hechos que al leerla daba la impresión de oír un grito de auxilio.


-Te paso a explicar- decía la carta- por qué la ropa está así. Vengo con mucha fiebre y me mareo mucho por eso no veo la hora que me trasladen. Bue y estos dos días me pusieron cartón y dormí en el piso. Anoche yevé un colchón viejo, me acosté y me tapé, puse cartón abajo y se ve que la frasada calen­tó los pulmones (sic)- (ver manuscrito aparte).


Durante una llamada, la madre confirmó inmediatamente las atrocidades por las que estaba pasando su hija. Pero le pedimos una reunión, queríamos verla. Al comienzo hubo varios desen­cuentros porque la mujer trabajaba y nuestros horar­ios no coincidían, mientras tanto los hechos se sucedían con una velocidad extrema.


A Johana Robledo la habían detenido por un supuesto homicidio. Pero todo el expediente parecía extraño. Johana se había presentado sola en la fis­calía para ofrecerse como testigo presencial del robo y asesinato de su cuñado. Ella no sólo había sido víc­tima del mismo robo, sino que ofrecía reconocer a los atacantes porque tenía datos importantes para aportar en la causa. Entre otras cosas, también sabía dónde vivían. Las autoridades judiciales determi naron, sin embargo, que como sabía demasiado había que detenerla y la detuvieron sin pruebas. La Brigada de Investigaciones de la Matanza allanó su casa y así empezó la odisea que terminó dos meses más tarde mientras le daban la libertad internada en Florencio Varela con un cuadro de desnutrición, y otras afecciones en el pulmón que todavía mantienen en vilo la salud.

Los hechos parecían sucederse de tal manera que el tiempo nos ganaba la pisada, cada vez con más urgencia, con giros y desconciertos.

Yo había conocido a Johana por el año 2000, alguna vez que terminé viviendo en Virrey del Pino. Ella se acercó y me ofreció un lugar como refugio, a partir de allí nos hicimos amigas y dos años más tarde, cuando creamos el MAL, empezó a participar del grupo. Pasaron seis días desde la detención hasta que pude encontrarla. Primero me dijeron que estaba en La Brigada De San Justo, pero cuando me aprox­imé ya no estaba, supuestamente la habían internado en el Hospital Ramos Mejía. Así es que llamé al hospi­tal, pero Johana no estaba. Al otro día, regresé a la Brigada para preguntar de vuelta dónde estaba y me hablaron de un nuevo traslado a la comisaría de Don Bosco. Durante esos días de detención me mantenía informada la madre. Un día me anunció otro nuevo traslado: esta vez la llevaban al penal de Florencio Varela, la internaron en la enfermería.


Los hechos parecían sucederse de tal manera que el tiempo nos ganaba la pisada, cada vez con más urgencia, con giros y desconciertos.


EL ÚLTIMO CORDÓN


Un sábado a la tarde bajo una lluvia torrencial por fin pudimos encontrarnos con Betty, la madre de Johana. La casa estaba en el barrio San José de Virrey del Pino, en el último cordón del conurbano.


-El 6 de agosto le mandé varios mensajes a Johana porque le había salido una changuita para lavar ropa pero me pareció raro que no contestara-, empezó a decirme la mujer. -Al día siguiente, alguien llama por teléfono a la casa de mi patrona para infor­mar que había sido detenida y que estaba en la briga­da de San Justo. Yo voy hasta la Brigada y le digo al oficial: -¿Y por qué está presa mi hija?- El policía me contesta: -Por homicidio-. Yo me reí. -¿Y a quién mató mi hija?-, le pregunté. -Ya se le va a informar, señora-, me dijeron.-


Betty agacha la cabeza, se saca los lentes y se agarra la sien masajeándola con las yema de los dedos y mira al techo como reflexionando, como si se preguntara -por qué a mí-,


-Bueno -dice-, después me di cuenta de que se trataba de algo serio. ¡Vos no sabes cómo la trataron! ¡Como un trapo de piso! No querían recibir los alimentos que le llevábamos. Nos decían que ella era la que no quería recibir nada. Estuvo cinco días a la intemperie, en un pasillo, entre dos calabozos, esposada y con fiebre. Entonces me fui desesperada a buscar a un abogado, hasta que di con Alejandro Boy. Estaba desesperada: tenía miedo de que se me muera; el abogado pidió que la trasladen a un hospi­tal porque la fiebre no paraba, pero los policías no aceptaron. Decían que no tenían custodia para dejar de consigna, entonces como jodimos tanto y para sacarse el problema de encima la llevaron a la ex comisaría 17a de Don Bosco; estuvo un mes, no le brindaron asistencia y tampoco quisieron llevarla al médico. Como seguimos insistiendo, la trasladaron a la cárcel de Florencio Varela porque hay una enfer­mería, pero tampoco le daban el trato que ameritaba: seguía grave, con fiebre, bajaba de peso hasta que se le empezaron a hinchar los pies.


-Diana -me decía ella ahora-, yo no doy más, te juro que no puedo dormir, no sé qué más hacer, pediría que la dejen salir y me pongan a mí en lugar de ella, tengo miedo de lo que todavía pueda pasar-,


EL FINAL


Betty es una más de las tanta mujeres obreras del conurbano, sencilla. Las manos se notan ásperas de tanto trabajo. Viaja casi una hora y media todos los días desde Virrey del Pino hasta Ramos Mejía, donde brinda servicio de mucama por hora. Nunca jamás tuvo un familiar detenido. Su voz trasmite una angustia pro­funda, angustia y desesperación- Pero no la paraliza. Todos los días, recorría instituciones de derechos humanos. Denunciaba los maltratos de los que era víc­tima su hija. Johana había estado esposada y eso, aún dentro del calabozo, está considerado como un trato inhumano. Lo mismo, el hecho de que le hayan negado alimento y lógicamente la asistencia médica.


Marcelo Fereyra es coordinador del Programa para América Latina y El Caribe de IGLHRC (International Gay and Lesbian Human Rights Commission). Entre los derechos violados en la causa, dice, está el derecho a la libertad y a la seguri­dad de la persona; el derecho a no ser sometida a torturas ni a penas o tratos crueles, inhumanos o degradantes; el derecho a no ser discriminado; el derecho de igualdad ante la ley; a la salud, a la inte­gridad entre otros. Todo están garantizados por los artículos 3a, 5a, 9a, 10a y 11a de la Declaración univer­sal de los Derechos Humanos. Y además, se violó el derecho al disfrute del nivel más alto posible de la salud física y mental que sostiene el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC).


Paula Vituro es abogada, docente e investi­gadora de la (UBA) y es quien me explicó los artícu­los del Código Penal que tipifican la tortura. Entre ellos, el 144 ter, 144 quáter, 144 quinquies de la ley 23.097. Mientras tanto, Alejandro Bois continuó ade lante con la causa. -La causa viene con una carátula que no es menor-, dijo. Es un robo en el cual termina habiendo una muerte, sin embargo la carátula cam­bió y quedó sólo el robo-. Sin dejar de mencionar que lo único que hay contra Johana sólo son dichos no pruebas indicó que uno de los puntos más graves son los maltratos que recibió. -Teniendo en cuenta que lo central es el trato que ha recibido, que es muy semejante a una tortura, uno tiene que hacer hincapié ahí, porque encontrás estas situaciones que te gustaría no encontrarte ya en el siglo XXI-


¿CÓMO LA ENCONTRÓ?


Cuando llegué estaba en el patio interior de la brigada de San Justo, que estaba ahí desde hacía cua­tro días, que estaba tirada en el piso, que lo único que tenía como abrigo era un cartón, que estaba esposada, a la intemperie y que en el lugar no contaba con techo. Cuando yo llegué y pregunté por qué está en esas condiciones, ellos me dijeron: -No, no, quédese tranqui­lo doctor, ahora lo estamos pasando a Don Bosco-.


La detención de Johana estuvo rodeada de un clima de violencia y de discriminación agravada por su condición de género, dice Bois. -En este marco de injusticia en el que vive, lejos de actuar violentamente, ella contrasta la situación con una paz interior, una conducta intach­able. Y bueno, afortunadamente, gracias al acom­pañamiento de ustedes (la organización y la familia), el juez ha reconocido que hubo una falencia por parte del Estado, que no es ni más ni menos que lo que existió en el llamado -fallo Verbitsky- sobre la resolución de la Corte Suprema que se pronunció sobre el hacinamien­to en las cárceles y comisarías. Pudimos corroborar una vez más que el Estado es absolutamente insuficiente para garantizar un buen estado de salud para las per­sonas privadas de su libertad-.


Ahora Johana está cada vez peor en la cama veintisiete del hospital de Florencio Varela. El doctora cargo del lugar me explica por teléfono que no pueden decir cómo está bajo ningún punto de vista, que sólo pueden hablar con familiares, y en forma personal. Enseguida fui al Hospital. Una de las médicas me informó en forma anónima que lo que pasa con Johana es que puede estar afectada de tuberculosis.


¿Esta tuberculosis puede ser producto de los fríos, de falta de alimentación y asistencia médica? -pre­gunté.


Totalmente, me dijo-. Para desarrollarse, la tuberculo­sis encuentra propicio el encierro, la falta de venti­lación, el frío y la mala alimentación.


¿Qué pasa si una persona no recibe asistencia a tiempo?


Y, si la persona no es diagnosticada y medicada a tiempo, la tuberculosis se vuelve multi-resistente.


Epígrafe foto Johanna: Johanna pasó dos meses volando de fiebre en distintas cárceles de la provincia de Buenos Aires "Hasta que un día me enloquecí -dice- y empecé a rebolear el colchón al pasillo y a gritar que me saquen".