Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº6/2010

“No se nos entiende todavía: no se sabe si somos hombres, mujeres o si queremos ser loras”

Por Maite Amaya, Foto por Victoria Cubas

“No se nos entiende todavía: no se sabe si somos hombres, mujeres o si queremos ser loras”

Camila hace temblar los escenarios cordobeses. Es actriz, debutó en el teatro de Buenos Aires, hizo una peli, aunque sobrevive con la diaria para pagarse hotel y comida.

Camila Sosa Villada es actriz, cordobesa, tiene 28 años y hace temblar escenarios. La presentación de una obra de teatro llamada Carnes Tolendas empezó a darle cierta trascen­dencia raramente alcanzada por una travesti.


—¿Cómo llegás a Carnes Tolendas?


—Carnes Tolendas llegó a nosotras, en realidad. María Palacios, la directora, quería hacer una obra de Federico García Lorca, Yerma, sobre una mujer que no podía tener hijos. Vimos interesante adaptarla a un travesti (SIC) que tenía la necesidad de ser padre o madre, y no podía por el sistema. Así, la tragedia rural que había hecho Lorca se transformó en algo más moderno y más urbano. Todo estaba enmarcado en la tesis final de María, con una asesoría de Paco Giménez aunque a él no le cerraba la idea de poner la voz de Lorca en alguien así; para él, era como poner una planta donde antes había una flor: planteaba que esa poesía era para una mujer y no para un travesti, porque si la hacía un travesti tenía una violencia mucho más marcada. Dijo que no desestimáramos ninguna obra de Lorca; que buscáramos más posibilidades, porque él sublimó mucho la homosexualidad con personajes femeninos, que de eso todo travesti sabe. Acerca de la soledad, la represión familiar, esos amores clan­destinos. Paco Giménez, como maestro, siempre planteó que las cosas deben hacerse sin ninguna careta; y lo dijo de fren­te porque me quiere.


—¿Y entonces?


—Entonces nos pusimos a buscar todos los personajes de Lorca y todo lo que tuviera que ver con un travesti. Empezamos a tejer la tesis de María que estaba enmarcada en el biodrama, un ciclo que presentó Vivi Tellas en el Teatro Sarmiento de Buenos Aires, donde convocaban a diferentes directores de teatro para que tomen la vida de un argentino vivo y a partir de eso escriban una dramaturgia. Es interesante porque es muy loco que a pesar de que esta obra no es un biodrama como lo plantea Vivi Tellas, empieza a aparecer el tema del travestismo en la historia argentina.


—¿Qué encontrás en la historia de este país tan machis- ta respecto del travestismo?


—Nosotras nos quejamos de lo retrógrados que somos los argentinos y de lo altamente discriminadores, pero en países como Paraguay es muy violenta la discriminación. No es la del “negro” cordobés que te grita “puto” por atrás, que de última te cagás de la risa, que no me hace mella porque es como si ya tuviera un cayo. Pero sí es muy triste que te nieguen. Que te digan directamente “señor”. Es muy loco no poder comunicarte con eso otro porque eso otro te niega directamente y eso en la Argentina pasa poco, tam­bién porque uno es astuto: te vas metiendo en los lugares donde sabés que no te van a lastimar. Las travestis, sobre todo las traves­tis femeninas, tienen muy aprendidas esas cosas y a mí me parece bárbaro porque es una forma de protesta.


—¿Qué expectativas tenías de la obra?


—Teníamos pensado hacer uno o tres meses de funcio­nes y la recepción fue inmediata, empezó a quedar gente afuera y agregamos funciones cada vez más y fue una locura realmente. Me parece que sucede porque es una obra que deja muy bien paradas a las travestis y tranquiliza a los heterosexuales porque les soba el lomo. Tienen que ser muy sensibles los espectadores para entender realmente el dolor físico, no todo el público lo ha podido entender. A algunos les entra de una manera poética, irónica, les enseña algo pero el dolor y el grito del final es algo que no todos han podido entender. Eso me deja muy tranquila por haberlo hecho.

“He pasado mucho tiempo corrigiendo a la gente acerca de que no me traten en masculino, ahora me lo tomo con humor”.

—¿Cuánto de vos hay en la obra?


—María dejó abierto el espacio para que se fuera lle­nando. Sabíamos que teníamos la premisa de vincular mi vida con Lorca. María dejó que yo fuera contando; ella sugería que en tal momento podría hablar mi papá o podría decir tal cosa. Lo argumental fueron cosas de mi vida que yo fui contando.


—¿Cómo es el planteo de partir de un cuerpo masculi­no y construir la femineidad?


—Es algo que yo he resignado de alguna manera en mi vida: saber que yo nunca voy a ser una mujer. El anhelo pri­mero es ser una completa mujer, yo no me planteé ser travesti, yo quería ser una completa mujer, casarme, tener hijos, tener una vida realmente burguesa de mujer y eso biológicamente es imposible. Me lo discuta quien me lo discuta, es biológica­mente imposible. Entonces yo me di cuenta de que si yo seguía así iba a vivir en una melancolía constante porque nunca se me iba a hacer realidad, era una vocación al pedo la de ser mujer. Entonces dije: “De lo que tengo, ¿qué tomo?” Y fue esa iden­tidad femenina, pero que en realidad ser travesti no es intentar ser mujer, tiene una identidad en sí que tiene que ver con el arte, tiene que ver con una cosa mucho más antigua, mucho más refinada, y no sólo con algo de género. Es un aprendizaje y una imitación eterna en la que vas construyendo algo que puede terminar siendo mucho más femenino que una mujer. Pero que sos mujer, olvidate. Eso es mentira, es muy importan­te que las travestis tomemos conciencia de eso. Pedir un docu­mento de mujer es una pelotudez atómica, hay que pedir uno que diga travesti. ¿Cómo vas a estar pidiendo civilmen­te algo que no sos biológicamente? La travesti vive con una tragedia que es la de no ser mujeres.


Durante la charla algo me llamó la atención. Camila hablaba de las travestis en masculino. ¿Por qué?, le pregunté. “Me río de eso —dijo— porque soy un des­parpajo, es parte de mi cinismo, he pasado mucho tiem­po corrigiendo a la gente acerca de que no me traten en masculino, ahora me lo tomo con humor.”


—Estuviste filmando un largometraje hace


poco.


—La peli es una ópera prima del guionista de Tumbercs, que también es actor. Es la historia de una travesti cartonera que vive en una aldea que realmente existió, que era una aldea gay, que estaba atrás de Ciudad Universitaria. Mi personaje es una especie de tren que va llevando de visita a los espectadores a ese mundo, a esa aldea.


—¿Hacia dónde vas después del éxito de la obra, luego la película?


—Tengo ganas de trabajar y poder pagarme el alquiler y la comida todos los meses. Mientras sea tra­bajo no tengo otra idea particular. Mientras pueda hacer lo que me gusta, ir al cine alguna vez, estoy tran­quila. No te niego que me gustaría volver a filmar otra peli porque es muy lindo, muy satisfactorio como actriz dedicarte un mes y medio solamente a actuar y no tenés que hacer otra cosa más que actuar. El teatro es distin­to porque en el teatro la magia se termina en una hora, dos, lo que dure la obra.


—¿De dónde sos?


—Soy de Mina Clavero. Cuando me vine a estu­diar a Córdoba mis viejos me mantenían, me pagaban el alquiler, me daban muy poca plata porque ellos tampoco estaban como para mantenerme con un buen pasar.


—¿Cómo sobrevivías antes?


—Yo hacía ropa para vender, trabajaba para la mamá de María (la directora de la obra) haciendo acceso­rios, tomaba mate cocido con pan todos los días; almuer­zos era muy raro. Durante mucho tiempo viví de plataprestada, tengo dos máquinas de coser, haciendo arreglos de ropa. Vivo en una pensión donde tenía que limpiar para pagar una deuda muy grande, no me podía pagar el alqui­ler. Era una desocupada, sin poder sustentarme sola y a veces con dos pesos por día y nada más. Limpiaba, a veces algún teatro, o hacía vestuario, puchereando, muy de bus­cavida. Con la obra regularicé bastante.


—¿Cómo te gustaría vivir?


—Una tiene que poder vivir como quiera vivir. Aunque nadie escapa de la decisión de otra persona: sos como una ola que refracta en todo hasta llegar a la playa. Aun, cuando se quieren casar los gays, por ejemplo. Pero las travestis vamos mucho más atrás que los gays en sus luchas. A las travestis no se nos entiende todavía, no se sabe si somos hombres, mujeres o si queremos ser loras. Así como las luchas de gays son muy diferentes a las luchas de las mujeres, más las feministas, de las organizadas, me parecen una gilada total ponerse en que si la trava que tiene tetas de la que no tiene tetas; de la que le gusta ser activa y pasiva, de la que solamente es pasiva. Estas son pelotudeces. Poder aceptarnos como queremos vivir realmente y saber que estamos siendo partícipes de la vida del otro me parece lo más importante. Después cada uno hace a puerta cerrada, mientras no le haga daño a un niño o un viejo, entre adultos es diferente la cosa.


—¿En que estás ahora?


—Ahora viene el estreno en el Teatro Real de una nueva obra de Manuel Baigorria, que es un proyecto del Sexto Seis: seis directores con seis dramaturgos cordobeses y nosotras hacemos una obra con María, la virgen María, con un elenco muy interesante, una actriz con su hijo que tiene 8 años, una mujer y una travesti.


—¿Queres agregar algo más?


—Suerte para El Teje, que sigan.