Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº7/2011

Las lentejuelas que revolucionaron a los estancieros en 25 de Mayo

Por Emma Serna

Las lentejuelas que revolucionaron a los estancieros en 25 de Mayo

Los carnavales de un pueblo alojado en el corazón sojero de la provincia de Buenos Aires todavía son los únicos lugares disponibles para salirse del closet. Y gracias a Dios (o a la persistencia trava), ¡al menos están!

Mi pueblo tiene el carnaval más importante de la provincia de Buenos Aires. Empezó a crecer en los últimos diez años. En las grandes ciudades como Buenos Aires, los homosexuales y los trans tienen distintos lugares para encontrarse, pero en 25 de Mayo que es una ciudad de estancieros, de 30 mil habitantes, no hay boliches gays. Los pocos que hay en las cercanías están en otras ciudades. Los gays, los maricones y los trans lo único que tienen para salir a lucirse es el Carnaval. Es como si durante esos días todo estuviese más permitido; aunque sea el encontrarse con otros chicos en las calles por ejemplo porque durante el invierno no: todos vuelven a guardarse otra vez.


Sucedió de todas formas muy lentamente y por etapas. Hace muchos años, en 25 de Mayo el Carnaval estaba visto como un lugar para la gente de clase baja. Más que comparsas desfilaban carrozas, carros decorados, algunas batucadas y si había comparsas eran barriales, organizadas por algunos vecinos. A pesar de eso, siempre fue un carnaval destacado en la Provincia. De hecho, la elección de la reina provincial del carnaval desde hace décadas se lleva a cabo en el pueblo.


En aquella primera época todo era muy rústico: los corsos se hacían alrededor de Plaza Italia que no es la plaza principal, aunque es una de las importantes. Y sólo había corsos algunos fines de semana de febrero. A comienzos de los años noventa, algo de eso cambió cuando surgió una batucada que integró a las primeras trans: “Malibú” se llamaba.


El nacimiento de Malibú fue un poco raro: esas “maricas” a quienes durante todo el año la gente discriminaba o dife­renciaba de los vecinos tradicionales de repente aparecían producidas y bailando como si nada en el Carnaval. Eso mismo despertó una gran curiosidad y los trajes con sus producciones generaron una especie de aceptación: mucha gente parecía haberse dado cuenta de que por más insultos que les dedicaran o más marginación les dieran, ellas no iban a cambiar. Todavía me acuerdo cuando yo era muy chica, escuchar los comentarios de las mujeres diciendo: “Fijate que estos putos, ¡tienen mejor culo que yo! ¡Sin celulitis!”. O: “¿Viste cómo se mueven? ¡Mejor que una mina!”.

Raro: El nacimiento de la murga “Malibú” fue un poco raro: esas “maricas” que durante el año la gente discriminaba, de repente eran ovacionadas cuando aparecían producidas y bailando como si nada en el Carnaval.

De todos modos no todas fueron rosas para Malibú: la batucada empezó a ser aceptada pero siguió siendo criticada por algunos pocos, aunque no por llevar trans que bailaran, sino porque era gente con escasos recursos. Por eso, por ejemplo, no renovaban los vestuarios año a año. Aún así era la mejor comparsa del Carnaval, la que sonaba mejor y ganaba año tras año.


Diez años más tarde, comenzó una nueva y brillante etapa para nuestros carnavales, en la que dejó de ser el lugar de un corsito, para convertirse en un carnaval sobresaliente. Era el año 2001. La fiesta dejó de realizarse en la plaza y se mudó al bulevar más grande de la ciudad. El lugar estaba muy cerca del parque que rodea a la laguna, todo muy natural, paisajísticamente hablando era fantástico. Se construyeron gradas. Los carros decorados pasaron a estar dirigidos por comisiones y por clubes. Las estructuras se transformaron en grandes carrozas; las comparsas de vecinos empezaron a estar coordinadas por las profesoras de baile del pueblo y por las familias más tradicionales envueltas por el espíritu del carnaval y que años más tarde iban a ser las que contratarían a los diseñadores y diseñadoras de Gualeguaychú, que era uno de los lugares de avanzada.


Así, en medio de esa renovación y de esos cambios, se formaron dos nuevas comparsas: Mirú-Mirá y Así-Así. Entre ellas empezó a nacer una competencia que hizo que año tras año cada vez más gente quisiera participar y que hubiera cada vez más espectadores de las ciudades cercanas que empezaron a llegar en enero, febrero y marzo para verlas. Al cabo del tiempo, las comparsas aumentaron de dos a cuatro: se sumaron Davemar y Burucuya. ¡De 200 integrantes cada una!


Todo eso generó una buena movida de dinero: las comparsas pasaron a tener trajes de diseñadores, trabajos completos con tocados, botas, espaldares, muñequeras, más lentejuelas, más strass, más imponente en los disfraces de fantasías con distintos personajes. Pero eso tuvo sus efectos: dichas comparsas, al estar dirigidas por profesoras de danza, para muchos dejaron de ser una diversión de los pobres para convertirse en lo más top del verano y de 25 de Mayo: hoy por hoy, un veinticinqueño que no sea parte del Carnaval en el verano está visto como un retrógrado.


Pero el camino algo pasó: en el año 2004, Malibú, aquella primera comparsa de las chicas, pisó por última vez el recorrido del Carnaval. La comisión que comandaba el nuevo corso dictaminó que en el Carnaval de la Ciudad de 25 de Mayo se prohibía que hombres se vistieran de mujeres. Las mujeres tenían que ir de mujeres y los hombres de hombres... Una pena: mucha gente se vio disconforme con esta medida. La mentalidad de los veinticinqueños estaba mucho más abierta y Malibú era un clásico de todos los años. Cada vez estaba mejor, aunque saliera con el vestuario repetido porque las trans, en realidad, salían cada año más producidas. Pero bueno: la medida fue así y se tuvo que cumplir.


¿Ese fue el final de las trans en el Carnaval? Nooo, para nada. Al contrario: al volverse todo más teatral, con más trajes y más vestuarios, ¡las maricas no podían faltar! Yo soy de las que piensa que el Carnaval transforma, y créanme que es así: yo fui parte de ese cambio.


En el año 2001, mi hermana —que era alumna de una de las profesoras de las comparsas—, mis primos y primas comenzaron a bailar en el Carnaval. A mí me divertía muchísimo ir a verlos, hasta que en 2003 mi primo me incentivó para entrar. Creí que no era para mí, pero tenía todo lo que me gustaba: plumas, brillo, glamour, bailes, era ideal. Y acepté: fui suplente unas noches y fue así como nació mi espíritu de Carnaval.


Confieso que mi primer traje no fue de mujer. Me acuerdo que era un traje bastante ambiguo: yo podía pasar por hombre o mujer pero estaba chocha. Y año tras año fui teniendo trajes cada vez más femeninos. Muchas veces me tocó ser suplente, ya que no me permitían ser titular de un traje femenino hasta que hace unos pocos años se incorporó precisamente a mi comparsa una diseñadora trans de Gualeguaychú. Ella nos permitió tener trajes que iban con núestra personalidad, con nuestro cuerpo, con lo que podíamos dar. Al fin, alguien que se fijara en cuál es nuestro potencial y no alguien que nos quiera encajar en un traje de hombre o en un traje de mujer.


Hoy, año 2011, el Carnaval terminó incorporando a muchas travestis más y puedo decir que mi comparsa que es Mirú-Mirá es la pionera en reincorporar el talento trans de aquellas primeras que habían pasado. Y no sólo en reincorporarlo sino en destacarlo y poner de protagonista a un ballet de cinco de las nuestras que abre noche tras noche la comparsa. Los últimos tres veranos he recibido comentarios del tipo: “¡Son las cinco reinas de la comparsa!” “¡Estamos contentos de ver algo distinto!” “¡Se las ve muy bien! ¡Hacen lo que les gusta en el lugar que merecen!”.


En Mirú-Mirá el detalle siempre está cuidado al máximo. Siempre quisimos destacarnos como mujeres talentosas y no como mamarrachas que dan lástima. Creo que el espíritu del Carnaval vive en muchas de nosotras, incluso en el mundo gay porque sigue siendo como en épocas anteriores, el único lugar para mostrarnos y sentirnos un poco divas.


Lógico, deben existir veinticinqueños que pensarán que somos el diablo bailando. O piensan que nuestra comparsa es un canto a lo degenerado, pero el resultado está a la vista: Mirú-Mirá en 2010 cumplió diez temporadas. Y de las diez, ganamos ocho. ¿Por qué? Porque cada uno de los 200 integrantes que somos tiene el lugar que le corresponde, que merece, que lo hace lucir y por sobre todo, el lugar que sentimos que debemos tener.