Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº5/2009

La voz celestial de un dictador

Por Mayte Guadalupe

En Argentina las parroquias no pagan impuesto inmobiliario, ni tasas municipales, ni Aguas Argentinas, ni impuesto a las ganancias. Reciben millones de pesos para sostenimiento del culto y como reparación a las expropiaciones del siglo XIX. Los sacerdotes pueden jubilarse sin tener aportes. El Estado argentino con nuestros impuestos no tan solo solventa a las iglesias, sino también a sus instituciones. Uno de los mayores gastos que a nivel mundial tiene la Iglesia católica son los millones de dólares invertidos en indemnizar a las víctimas de violaciones de sacerdotes.


Esta es la Iglesia que controla y castiga nuestros cuerpos y mentes con métodos muy sutiles, como el mecanismo de la culpa, la omnipresencia del látigo del padre, la amenaza del infierno. Ni qué hablar de las más de ocho millones de hogueras encendidas durante y después de la inquisición, dispuestas como amedrentamiento represivo sobre cómo debemos ser.


Todos los años, el Vaticano que es sede de la Iglesia católica apostólica romana actualiza el discurso de su Antigua cruzada cercenando la libertad de decidir sobre nuestros cuerpos. Condena el aborto y hace que la ilegalidad termine matando a más de 500 mujeres pobres; arremete contra homosexuales, lesbianas y travestis en un tema que muchas veces nos cuesta también la vida.


La Iglesia se posiciona en contra del uso del preservativo, a pesar de contar con numerosos seminaristas y de sacerdotes con VIH. Y sabiendo que es el método más confinable para prevenir dicha infección. Pero nosotras travestis, transgéneros y transexuales que no contamos ni con el reconocimiento de nuestras identidades somos constantemente agredidas físicas, emocional y moralmente en los sermones y en las acciones de la institución. Ya desde muy pequeñas somos blanco de sus violaciones. Encarnamos el chivo expiatorio de las perversiones. La Iglesia nos demonize y eso es una fuerte influencia para que rebotemos del sistema laboral, entre otros lugares. Y termina convirtiéndose en un aval para sobrevivir mercantilizando nuestros cuerpos.


La Iglesia necesita de nuestra prostitución para reforzar el matrimonio y la familia. Porque con nuestro “mal ejemplo” reforzamos el modelo de feminidades buenas, las que llegan castas y puras al matrimonio. Y los hombres disponen de cuerpos de uso público con quienes descargarse y hacer todo lo que no deben moralmente con sus esposas. Así es que se sostiene una ideología que no siguen ni sus feligreses.


En esas condiciones, es una de las instituciones más necesarias para el patriarcado. A través de la idea del Padre Todopoderoso cimienta el poder de lo masculino sobre lo femenino. Construye un paradigma jerárquico de relaciones humanas, estableciendo supremacías. La paternidad es el eje organizador de la sociedad patriarcal (el padre de familia, el padre guerrero, el padre monarca, el padre patrón, el padre Dios). Hoy por hoy no existen diosas en la religión católica, porque las femineidades nunca podrían ser símbolo de la superioridad del varón. El concepto de divinidad es necesariamente masculino. Las mujeres tienen una posición subordinada. Las jerarquías son siempre masculinas.


Algunas fuimos criadas en instituciones católicas y entendimos el lujo que se dan quienes supuestamente viven de la limosna de lxs fieles y del subsidio del Estado. Entendimos que la búsqueda del bien común no existe porque nunca redistribuirán sus riquezas, sino que hasta él/la más pobre la sostendrá.


En hogares, internados o centros de rehabilitación hemos experimentado la censura de nuestra feminidad. Hasta hemos pagado penas por “desviarnos” del mandato heterosexual. Cargamos con lo pecaminoso de no ser ni hombres ni mujeres y tener una sexualidad placentera sin la finalidad de reproducir ni a futuros fieles, ni a una próxima mano de obra que alimente los fines capitalistas del mercado.


Algunas sostenemos nuestra elección más allá de la opinión de terceros. Porque cuando miramos al cielo no vemos un reino donde van lxs sumisxs. Y lo que, de aquí se ve, no es el piso de un lugar donde vive el dictador supremo. Ni tenemos miedo de comparecer ante tribunales celestiales. Tal vez, lo que de aquí se ve, es el infinito inexplorado que se expande y que en nuestro imaginario podría ser en vez de un límite la posibilidad de proyectarnos como queramos. Sin que ello sea pecado, sin tener castigo alguno, ni cargar con una cruz por decidir sobre nuestros cuerpos.