Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº7/2011

La Vieja Vanesa

Por la Vieja Vanesa

La Vieja Vanesa

Vanesa es la vieja Vanesa, 80 años, cien cigarrillos al día, agita los empedrados en las noches de carnavales hace 60. Dicen que cada tanto todavía se la ve derrapando sobre la vereda mientras huye de la policía, taco aguja de rigor, y cubriendo las espaldas de los pibes del barrio.

Para mí la murga es sagrada: en febrero me tomo vacaciones, si tengo que pagar, pago para que otro cuide mi puesto. Imaginate JL que en el horóscopo chino soy dinosaurio: tengo 80 años, fumo cien cigarrillos por día, cuando empiezo a toser, algunos me gritan: “¡Dale seguí fumando!”. O: “¡La vieja se va!”. ¡Pero antes se van a morir los que son más jóvenes y más bonitos que yo, porque yo no me pienso morir! Si yo me muero, ¿quién vuelve a escribir la historia?


Cuando yo conocí los carnavales no había mucho travesti, sí homosexuales que durante todo el año eran todos unos señores, pero llegaba la época de la murga, se tiraban terrible maquillaje y salían. Y claro, aprovechábamos para poder tirar las plumas que no tirábamos durante el año. ¡Era la única diversión que teníamos! Y yo hago cálculos: sé, por ejemplo, que en una noche me ven 300 personas en un corso. Por ahí, alguno piensa que hay cosas que convienen más, pero yo digo: si voy durante cinco noches desfilando y hay 300 personas cada noche que me ven, que me aplauden, que me critican, que me sacan mano, aunque me feliciten o no, lo que yo siento es que estoy en contacto con la gente. En cambio, en un escenario, se abrió el telón, aparecí haciendo de Tita Merello, terminó el disco, y chau, a la mierda Tita. O vengo como la Porota, hago de Jorge Luz veinte minutos, mientras los otros se terminan de vestir y pasaron los treinta minutos, se cerró el telón, y chau: mientras que te sacás el maquillaje y salís, ¡ya no queda nadie!


A mí, lo que me encanta es el público. Vengo, toqué y me fui, y eso ya me llenó. Por eso prefiero la murga: me podes decir, vamos de viaje, hagamos shows, vamos de joda todo el año, pero febrero para mí está acá.


 


A Dios gracias o a las musas, pero salí como mina


Salí por primera vez a bailar en una murga en 1953, en “Los cometas de Boedo”. Ahí nos vestíamos como nos hubiese gustado andar vestidas: porque de día estábamos así nomás, con algo con lo que siempre quedaba la duda, no sabían si éramos un marimacho, si eras hombre o mujer..., pero a la noche: ¡Pestañas postizas! ¡Y delirábamos con el vedettismo y las estrellas de cine!


En ese tiempo, todavía no había vedettes en las murgas. Existía la vedette hombre: el hombre disfrazado de mujer, las “machonas” o “las marimachos”. Y a mí me decís “puto”, “marimacho”, “trolo”, me cae bien; prefiero que me digan así y no: “Señora, ¿la atienden?” En esos casos, te miro y te digo: ¿Ésta es ciega? ¡Porque a mí me olés a tres kilómetros! Pero volviendo al tema, en ese momento empezamos a usar el apodo de “María Felix”, la actriz mexicana porque ella siendo tan hembra, tan mujer, en todos los papeles aparecía muy marimacho. Las diosas nuestras eran ellas: la María Felix y la Greta Garbo que era mujer, mujer, pero tenía rasgos y poses entre femeninos y masculinos. Si hoy en día yo quisiera tener el cuerpo de una Agelina Jolie, por ejemplo, podría llegar a hacerlo pero en mi época decir una Greta Garbo, una que pudiese tener un poco de buena cola, de buenas piernas, era como decir, una Sarli, una Libertad Leblanc... Y en medio de esas musas inspiradoras decidí salir como mina.

“Mirá, yo sé bailar, soy atrevida y canto; si tengo que cantar sanamente, canto sanamente; si tengo que decir malas palabras, las digo;y vos no sabés lo que soy: a Dios gracias tengo esa ventaja”.

La primera vez me vestí con vestidos largos. Lo fui a ver a Jalil de los Cometas de Boedo. Era una casa de familia, se reunían todos en la puerta, y alguno ya me había dicho: “¡En la murga no te van a aceptar!” Pero yo dije: “Mirá, yo sé bailar, soy atrevida y canto, si tengo que cantar sanamente, canto sanamente; si tengo que decir malas palabras, las digo; y vos no sabés lo que soy. A mí me das un micrófono y hago cualquier cosa: a Dios gracias tengo esa ventaja”.


Hablé con el director y le dije: “Ustedes tocan bombo, cantan una o dos canciones, ¡pero nadie presenta la murga! ¡Tienen que hacer algo tipo espectáculo, algo de teatro!” Así fue que los agarré, les expliqué cómo podían armar la murga, pero les aclaré: “Yo salgo como vedette”. En ese tiempo salían los tipos de minas: pero iban vestidos de novia y se ponían bigote, o usaban patilla, entonces que vos eras de acá para acá, un tipo y de acá para acá, una novia, una reina, una dama antigua. A mí no me cerró.


Jalil me aceptó porque había una amistad con la familia, con la abuela y la madre. Pero me advirtió: “Donde te lleve la policía, nosotros no tenemos nada que ver”. Había lugares en los que la policía no nos permitía estar, pero en la murga yo era La Cuqui, y durante los tres primeros años fui la única vedette del carnaval.


 


Entre la claraboya y el cabaret


Todas las semanas, íbamos y ensayábamos donde ahora está el hospital Garrahan, cuando era un descampado frente a la cárcel de Caseros. La murga la hacíamos más que nada para distraer a los presos que miraban por las ventanas.


El primer año, sacamos el primer premio en La Boca: nos dieron “mejor vestuario”, “audacia” y “primera vedette”. Una de esas noches, cuando nos iban a dar el premio, detuvieron el colectivo en el que viajaban los músicos, los varones y los hombres grandes. Yo estaba en otro colectivo, con las chicas.


Llegamos a La Boca, y ya teníamos que entrar. Habían pasado las otras murgas y había un representante de cada murga arriba del escenario. “Yo me animo”, dije yo. Y así vestida de mina, pedí dos cintos, me puse el estandarte en la espalda, taco alto, vestido de mujer, y aparecí tocando el bombo.


Arriba del escenario, le di el bombo a uno: “Vos hacé ‘chiqui- chiqui’—le dije—, que yo canto igual”. Nos preguntaron qué pasaba, les dijimos que los otros se habían perdido; nos dijeron que la murga tenía que actuar y actuamos. O sea, esa noche llamó la atención mi papel: no sólo sorprendió al grupo mío de mur- gueros, sino que las otras murgas ya querían tener a su vedette.


Pero toda la vida hice lo mismo. Hice tres stripper, no acá sino en Chile, pero eran espectáculos íntimos. Y gustó tanto que dije: “Me voy a la Argentina y soy lo más”. Acá había actrices buenísimas como la Mecha Ortiz, Tita Merello. Yo pensaba: con que me dediquen un lugarcito así de chiquitito en las revistas ya está. Era el delirio de todas las que queremos ser un poco más que las demás, que con el tiempo me di cuenta que una siendo una, logra más que imitando, que queriendo ser otra. Y así me vine a Buenos Aires, acá me aceptaban que subiera maquillada al escenario, pero el stripptease, no. En el cabaret se comentaba: “Hay una mina que es un monumento, ¡sube y es un chabón, pero cuando baja es un hembrón!”. En ese momento, no se conocían las siliconas, las hormonas, ni nada. Había una inyección, vos te ponías dos miligramos de eso y te producía una inflamación que te llegaba a producir después, si lo usabas mucho tiempo, soplos coronarios. ¿Entonces qué hacíamos? Nos poníamos por 72 horas, a las 72 horas se te empezaban a caer las tetas, las tení­as como las lloronas. Para evitarlo, a las 62 horas te pasabas una pezonera, y te salía agua, te quedaban los hollejos enormes, volvías a agarrar el hollejo, cortabas una taza del armazón del corpiño, pasabas el pezón, y soltabas: no te podías mover porque si movías el elástico, además de todo, una teta te quedaba derecha y la otra se te corría y se te iba mas abajo o mas arriba, entonces tenías que estar así, quieta y quedarte una hora. A la hora, te tocabas y salías regia. Yo hacía eso.


Cierta vez, cuando la policía se puso molesta en el cabaret arreglamos con una vecina que tenía un patiecito en el fondo. El dueño le pagaba 22 pesos, que eran como 200 pesos al mes. La policía entraba cada 45 minutos o una hora y pedía documentos a todos. Cada vez que aparecía, yo salía corriendo desnuda por el pasillo, me metía por una claraboya y entraba al terreno de la vecina. Ella me daba una llave, y a la mina qué carajo le importaba, si pasábamos sólo dos veces, y a la noche.


En esos tiempos había que ser audaces: si te chupaba la policía, te llevaba en cana. Con los militares te puedo decir que tuvimos mayor libertad en la murga: aceptaban las bikinis, mallas, los pechos al aire, pero la última noche subían al micro y cuando subían pumm, te chupaban y te comías 21 días al hilo. Primero en la comisaría, y ahí te verdugueaban, te metían entre los tipos, y les decían: “Cogete al puto”.


 


Tipo cooperativa


En esa época, hubo momentos buenos y malos: lo que pasa es que estuvo muy perseguido el homosexual, la sociedad no te aceptaba. O nacías hombre o nacías mujer, no podías tener término medio. Ya a mediados de los sesenta empezó a aceptarse más nuestra presencia en las murgas con bikinis y mallas. Y creo que provocaba una curiosidad: vos tenés noción desde que sos chica de que el hombre es hombre, y la mujer mujer, pero ¿cómo puede ser que siendo un hombre esté vestida de mujer? ¿Dónde se puso el bulto? ¡Y llama la atención! La curiosidad hacía que la gente aplaudiera más y viera más a una murga con vedette que sin vedette.


Otra de las cosas que pasaba era que en la murga todos colaboraban. Si sabías que se tomaba mate o gaseosa, y tenías un almacén mandabas la gaseosa. O yerba y azúcar. El de la panadería mandaba los panes para los sanguches. El viernes, nos encerrábamos en una casa y si una vecina sabía coser, venía y lo hacía. La peluquera venía a peinar pelucas. Otras, venían a vestir a las vedettes: tipo cooperativa, todos ayudaban.


Las noches empezaban a las ocho: a esa hora vos tenías que estar en un corso. Las murgas siempre han hecho corso y clubes porque en los corsos se podían hacer números vivos; como había artistas invitados, el tiempo que tardaba un artista en llegar, que hoy mismo ocurre, si está por ejemplo Julio Iglesias actuando en una esquina, cuando termina, quedan cuarenta minutos libres hasta que llega el siguiente, y en ese momento mandás una murga, y así la gente se queda.


Hoy los corsos tienen dos cuadras largo, pero antes tenían de tres a cinco, y esas tres eran seis porque entrabas, subías al escenario, actuabas y después tenías que salir desfilando. En la Capital, había dos corsos importantes. El de Boedo y el de Avenida de Mayo que ahí era todo muy “pasar”, nada más. Ese siempre fue el más largo: empezaba en el Cabildo y terminaba en el Congreso. Cuando llegabas a la 9 julio, ya ibas arrastrando los bofes, y al Congreso llegabas sin aliento. Y en aquel enton­ces no existía la plataforma, se usaba el taco aguja, tenías que caminar y guay con que se pudriera o alguien te viniera a hacer un contrapunto o te putearan. Si te gritaban: “¡Esos son los colores de River!” y con eso por ahí se pudría, las vedette agarraban a los guachos y... ¡al micro, al micro, y a correr...!


Siempre de la misma manera: el puto adelante y todos los guachitos atrás, y a correr con el taco aguja por el empedrado, pegabas tres saltos, volvías, agarrabas el zapato, volaba la botella de sifón, porque no había botellas de plástico como ahora, eran de vidrio los sifones, no venían con protector y cuando te revo­leaban uno de esos, donde reventaba ¡patita para qué te quiero!


Fuera de la Capital, íbamos a los corsos de Morón, Merlo, Haedo. A las ocho arrancaban y después hacías dos o tres clubes, y terminabas a las seis de la mañana. Salías viernes, salías el sábado y el domingo. Y había tres precarnavales, y antes la semana de carnaval incluía lunes y martes. Cuando terminábamos íbamos a Juventud Unida, el club Estrella Federal o Pinocho de Saavedra y todavía cuando en los lugares se organiza uno que otro evento, vamos.


Las vedettes estaban en Los Cometas de Boedo, pero también en Los Dandys de Soldati. Después había otras murgas como Los Elegantes de Villa Luro, y otro de Saavedra que por 1968 empezaron a incorporar a una o dos vedettes. En la actualidad las chicas jóvenes están de mina, no van a ir de fantoche. A mí me gustaba ir detrás del estandarte, si iba al fondo, ¿quién me miraba?


“¡¡¡Vieja fea!!!”, me decían.


“Dichoso de vos —respondía yo— que tenés espejo de madera, ¿te vistes?”


O “Eh, vieja ridícula!”


“¡Chupame los mocos, concha no tengo!”


 


Pero si eso a una le causó gracia, hay veinte alrededor que dicen “¡Bravo!”. O al revés, si uno dice: “¡Qué asco ese puto!”, hay veinte diciendo lo mismo. Mientras desfilo, todavía ahora, me gusta ir haciendo zigzag entre el público. Claro, ahora no uso las pestañas de cartulinas largas que me hacían pestañas kilométricas. En el cuerpo llevaba superminis, pero siempre con una pollera de gasa o de raso que no sea desnudo.


Cuando volvía a casa, me metía en el baño y no me sacabas ni con cañones. Y si me decís: “La murga esta noche no sale porque llueve”, yo te digo: “¿No hay un club aunque sea?”. Porque para mí subir a un micro, hacer dos cuadras, bajar del micro, entrar a un club, me alcanza: ya me voy contenta aunque haya habido dos personas.


Hija de gitana


Yo nací en Damasco, en Siria. Mis padres se fueron primero a España cuando yo tenía tres años para cuatro, y después a Argentina. Fuimos a Comodoro Rivadavia, y estuve hasta que murió mi mamá cuando yo tenía veinte años. Después vine para acá y nunca más volví a Comodoro. No tengo nada de familia. Antes de venirme perdí a casi a todos: cuando murió mi madre me quedaban tres hermanas, pero por diferentes enfermedades murieron las tres.


Cuando llegué viví en una pensión de Talcahuano y Corrientes, era una pensión familiar, nos instalamos con tres chicas, nos quedamos por contrato. Empezamos a trabajar en un teatro de revistas, después nos alquilaron una habitación grande en Chacarita que abajo era una confitería; antes había sido un bar; arriba alquilaban habitaciones y hoy es un salón de fiestas. Ahí, laburábamos toda la semana y cada quince días, un día libre. Yo ya era Vanesa en ese tiempo, porque antes me llamaba Gladys Batalla.


Gladys porque todas las Gladys que conocía eran putas, y yo deliraba por una puta. Y “batalla” porque un día dije: “Yo no le tengo miedo a nada”. Pero me dijeron que no, que lo mío no era una guerra sino una batalla, porque vos vas movés el culo dos veces, y el tipo se fue. Una guerra dura más días.


Volviendo al tema de mi casa, yo era el único varón de la familia, mis hermanas estaban todas pendientes de mí.


Cuando muere el padre, por vivencias de mi mamá y por cuestiones de religión, el varón de la casa, así tenga dos años, si es el único hombre de la casa, tiene que hacerse cargo: así yo pasé a ser el hombre de la casa a los trece años. Ocupé el lugar de papá. Ya mis hermanas mayores no me podían decir nada porque el hombre de la casa era yo, aunque antes de tener el poder o después jamás lo ejercí porque a mí me mandabas a lavar platos, y yo iba chocha. Mis hermanas además se peleaban para atenderme.


Cuando mi mamá ya estaba mal, a los 17 años me puse a hacer shows en un cabaret. Entré como lavacopas y el día que cumplí 18 años hicimos el primer show: un striptease reemplazando a una Gallega, me puse el vestido con un disco en playback y como gustó el número empecé a ser el comodín. Entonces en vez de ir a eso de las seis o siete de la tarde, me iba a las tres cuando ellas estaban ensayando. Me aprendía las letras de las canciones y les decía: “Bueno, si te sentís mal, me avisás”. Y repetía: “¿No te sentís mal?”. O: “¿No querés tomar una botellita?”. Porque yo sabía que te tomabas una botellita, te ponías en pedo y yo hacía todo el show por vos.


        Y en ese momento, mamá me dijo: “el día que yo muera, se casa su hermana la más chica, y váyase bien lejos, donde nadie lo conozca, que yo siempre voy a estar con usted, pero acá no se quede. No se quede porque está lleno de víboras”.


Cuando murió mi mamá me avisaron en el show. Yo terminé y así como estaba pintada me fui al velorio. ¡No me dejaban entrar! Pero armé un quilombo y entré porque ella estaba a cargo mío. Me dijeron que yo era un degenerado y que era la vergüenza de mi madre. Y a mi madre le dije: “¿Sabés qué?, tenés que llevarte una por una de todas estas, antes de que yo me vaya y de que la Cholita se case”. Y mi mamá fue tan obediente que en el cementerio ya me hizo caso: yo quería abrir el cajón, una de mis tías me dio una cachetada, le dije: “Esa mano se te va a secar”. Y no sé si qué pasó pero cayó desmayada en el jonca, cuando la llevaron, a la hora estaba muerta. Me dije: “Mis maldiciones se cumplieron, porque decían que yo era la bruja de la familia”.


La bruja de la familia


Dicen que si una familia tiene siete varones, el séptimo es un brujo. Y si son siete mujeres y el séptimo es varón, termina siendo un hechicero maligno, un demonio, según las creencias. Mamá era gitana y papá era turco. Entonces creían en esas cosas. Cuando yo nací me dijeron que había nacido sin sexo; de entrada era nena y a los tres días descubrieron que era varón, por eso yo tengo una marca que te hacen cuando nacés. Papá había prometido si tenía siete mujeres seguidas que para que los dioses le dieran un varón para prolongar el apellido, entregaba la séptima hija como sacerdotisa. Por eso, nacés y te marcan. Y a los tres días me convertí en hombre, ¡pero no fanático!


Mi mamá decía que yo en mi vida anterior me había burlado de algún hombre siendo mujer; que cuando volví a reencarnar fui hombre y me burlé de alguna mujer, y entonces ahora venía a pagar eso: este era el castigo, por eso hoy yo supuestamente no sé si soy hombre o mujer.


         Y mi mamá no sabía leer ni escribir. Tenía una inteligencia natural. Después de que murió, mi hermana se comprometió, se casó y a los tres meses cuando yo me preparaba para venirme y tuvo un accidente mientras se iba a la casa de los padres del marido, en un balneario del sur. Un lugar bello donde caminás tres kilómetros mar adentro y el agua no te sube a las rodillas. Chocaron con un camión. Así, la única que quedó fui yo: de mi familia no quedó nadie. Y me vine a Buenos Aires al cumplir los 22.


Con permiso para el baile


Antes, los directores de las murgas tenían un permiso.


Si una murga tenía cien integrantes al director de la murga le daban un permiso para él y para cien más pero tenían que ser murgueros, murgueras, fantasías, gente joven, criaturas. Las personas grandes que iban disfrazadas tenían que sacar permisos especiales porque como estaban maquilladas, podía pasar que el resto del año afanaran y nadie se diera cuenta. Mi permiso decía que iba a salir de transformista. Yo me dejaba crecer los vellos porque si te veían depilado ya no eras un hombre, eras un puto y chum: te metían adentro. Era así la discriminación que vivía el homosexual, vos hombre con barba y bigote, salías con portaligas y bombachas o trusas como le decían en ese tiempo y con la panza peluda, la espalda peluda y aunque fueses un mono haciendo de mina, pero se notara que eras tipo, estaba todo bien. Pero en cuanto te depilabas ya no eras hombre.


Yo la murga no la cambio. Volviendo a los números: en el teatro, una tiene dos horas de show, y en cinco se acabó todo. En cambio para la murga me preparo de hoy para mañana. Mañana si falta algo, me pongo con eso; la peluca la tengo que preparar de alguna forma. Surgen detalles que te tienen veinticuatro horas girando para el momento en el que te ponés el disfraz; eso te dura siete horas, pero los disfrutas a full.


En total son tres fines de semana. Empezás a prepararte dos o tres días antes del carnaval; andás por clubes o en los barrios; organizás a los vecinos. Hoy en día, con cuatro o cinco negocios armás media cuadra de corso, en cambio antes los comercios pedían permiso. Luego, está el tema de las colaboraciones, la difusión, la propaganda, los boletines. En unas hojas armás el boletín, en el centro tenés a la murga: dabas vuelta la hoja y aparecía el nombre del director, después la primera vedette, los agradecimientos a fulanito por los jugos, al otro por los sanguches, el maquillaje. Es el negocio del canje, el vulgar me das, te doy.


Epígrafes:


Foto 2: Vanesa pasó parte de la vida en muchos enseres, entre ellos el teatro y la murga. a la derecha aparece en su versión Tita Merello, a la izquierda como “La Porota” de Jorge Luz.