Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº7/2011

Estrellita de carnaval

Por Alma Catira Sanchez, foto por Marieta Vazquez

Estrellita de carnaval

Doscientos litros de bebidas alientan el comienzo del baile. Un bombero prepara el fuego para hacer arder al dios Momo mientras comienza el destape en plena fiesta de carnaval.

Lonas de arpillera sostenidas por horcones formando un círculo. Bombitas pendiendo de un horcón central de cuyos cables descendían guirnaldas multicolores de papel crepé. El monótono sonido del motor generador a un costado. En un extremo, el bufete con tambores de doscientos litros cargados de bebidas y barras de hielo. Al fondo, la parrilla hecha de elásticos de cama.


Los tablones con la feria de platos también estaban adentro. Se podía comprar desde un pavo con ensalada rusa hasta una docena de buñuelos o una pasta frola. Numerosas mesas y sillas de madera completaban aquel sitio dispuesto para el frenesí y la fiesta.


Afuera, casi sobre el frente de la tranquera de ingreso pero ya en el camino al lugar, había un Rey Momo gigante hecho de fardos de alfalfa al que le habían atado un pañuelo floreado al cuello y se le advertía un sombrero de tela de jean en la cabeza. Era la noche de la presentación estelar de Manto Negro, grupo cuartetero que llenaba de orgullo a los paisanos ya que según decían era un conjunto “de la ciudá”, entendiéndose por tal la capital cordobesa.


Así era el carnaval a mediados de los ochenta en Monte del Rosario, un paraje de unos 600 habitantes, distante unos veinte kilómetros de mi Santa Rosa de Río Primero en mi querida Córdoba bella. En Santa Rosa precisamente vivía por ese entonces un chico de unos veinte años de apellido Deganni, a quien en el pueblo se lo conocía como Estrellita. Para mí Estrellita era un misterio.


Iba a misa todos los domingos y se paraba al fondo del templo. Siempre vestía con ropas claras y tenía el pelo castaño oscuro, muy largo. Mirándolo de lejos parecía una chica.


Estrellita no había hecho el secundario y vivía con su mamá, en una humilde casita de la zona del pueblo que se conocía como “El Bajo”.


Un rumor que iba y venía decía que su “amigovio” era el Chato Ordóñez, un curioso ex convicto que era mirado con denodada perplejidad y sostenido encono por los lugareños. Entre otros hechos delictivos, le computaban que una madrugada había asaltado al vice patrono del pueblo de San Roque personificado en una estatua (la patrona es Santa Rosa de Lima) a la que despojó de cuantiosas medallitas y recordatorios que los fieles le habían obsequiado por años en agradecimiento o como parte de promesas por presuntos favores concedidos por éste.


El hermano del Chato Ordóñez era el Comisario Calisto Ordóñez, jefe de la comisaría del pueblo y que en realidad no se llamaba así, sino que se ganó ese apelativo porque siempre que detenía a alguien le decía: “listo, Calisto”. Así las cosas, este supuesto idilio entre el Chato Ordóñez y Estrellita estaba avalado y protegido de alguna manera por el comisario del pueblo, lo que no era poca cosa en esos años del siglo pasado.


Aquella noche de febrero de 1985 arrancó el baile al son de los conocidos hits del momento de Manto Negro, tales como “Mi gatito Pirulín”, “Todo pasará María”, “Por qué fuiste tan ajena” y otros. Por más que esa tarde las mujeres habían regado la pista, al paso de los sucesivos temas y temas que desgrana-


ba el escenario “mantonegrino”, era imposible detener la tierra que se levantaba cada vez más. Con el pasar de las horas, las morochas empezaban a parecer canosas, y las gringas parecían unos mimos.


Para el que no lo sabe, los bailes se componen de cuatro selecciones, es decir, cuatro espacios bailables de aproximadamente una hora entre los que hay intervalos de veinte a treinta minutos. Cuando terminó la segunda selección, empezó el remate de platos de la feria, es decir, el presidente de la comuna iba levantando exquisitez tras exquisitez del tablón, que habían sido previamente donadas por los propios vecinos y al grito de “¡Quién da más! ¡Quién da más!”, iba vendiendo uno por uno.


Así fueron saliendo los pollos, los pavos, las tortas, las empanadas, etcétera, hasta que le llegó el turno a un lechón al que le habían puesto una rodaja de tomate en cada oreja. Luego del típico “¡A la una, a las dos y a las tres, se va el lechoncito para la parejita!”, lo fue a retirar una morocha que llevaba una camisa naranja con lunares negros, minifalda floreada y zapatos blancos abiertos en la punta a uno de los cuales le faltaba el taco, mientras el novio la esperaba en la mesa con una gorra que le tapaba hasta la nariz.


Cuando terminó la tercera selección, desde el escenario anunciaron que iban a prenderle fuego al Rey Momo. Pidieron que salieran fuera de la pista aquellos que quisieran verlo. Así que llamaron al “Rana” Orellano, que era algo así como el bombero frustrado de Monte del Rosario, que salía corriendo cada vez que había un incendio y se daba aires de comandante aunque andaba sin ejércitos. Le pidieron que procediera a ejecutar aquel acto, e inmediatamente empezó a arder el forrajero muñeco.


Lo que nadie sabía era que el propio “Rana”, pensando darle más espectacularidad al hecho, había cargado al Rey del Carnaval con cientos de cohetes “busca pie” en su interior. Apenas empezó el fuego, también empezaron a volar para todos lados esos cohetes como si fueran los siniestros misiles de plena época bélica del Golfo Pérsico. Los caballos que estaban atados a los árboles saltaban desesperados poniendo en forma vertical a los sulkys y a las volantas que eran los transportes de aquellos lugareños bailarines.


De repente, también se incendiaron las lonas y todo empezó a arder sin control. Los dos agentes que habían estado parados toda la noche al lado de la boletería con sus panzas y sus linternas, tomaron unos rebenques y trataban de apagar las llamas a latigazos alocados. El motor generador se apagó o alguien lo apagó, así que toda la luz que quedó eran los dos “sol de noche” a kerosén y la luz de la luna. De pronto, entre los gritos y las corridas se escuchó: “¡Me quemo! ¡Me quemo!” “¿A dónde te quemás?”, preguntó uno de los músicos de Manto Negro a la chica de la camisa naranja a lunares negros que gritaba con un bolso colgado al hombro. “El bolso —dijo ella—, ¡el bolso me quema!”. El músico lo abrió solícito, y adentro había una docena de pollos humeando, un tira de chorizos y dos patas de cabrito con un par de brasas que se le habían pegado. En ese instante pasó su novio, el de la gorra, con otro bolso diciéndole: “¡Tomá boluda, éste tiene los pavos fríos!”.


Cuando salieron corriendo de la pista se chocaron con uno de los agentes y el novio de la chica le dijo: “¡No le digas nada al Calisto porque me mata!”.


Mi sorpresa fue mayúscula al día siguiente cuando en la misa del Miércoles de Cenizas estaba incólume al fondo del templo, Estrellita como siempre, de camisa lila, pantalón blanco y zapatos grises, sin rastros de la camisa naranja a lunares negros pero sentadito como si nada. Ahora, ha pasado ya mucho tiempo desde ese carnaval del incendio pero siempre en mis madrugadas y a la luz de un Fernet cuartetero, me pongo nostalgiosa y me largo a hacer poemas. A uno le puse: “Mi pueblo”, y comienza así:


Mi pueblo no es de ahora, mi pueblo es de mi


infancia,


un ápice del tiempo y de la inmensidad;


mi pueblo es un destello, una suave fragancia,


una reliquia buena que presume verdad.


Y sigue…