Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº6/2010

De película

Por Alma Catira Sanchez Foto por Libio Pensavalle

De película

El rodaje de una película puede tener la misteriosa capacidad de confundirlo todo. Durante la filmación de la historia de la Aldea Gay, aquel lugar legendario que existió en las orillas del Río de la Plata, Alma mantuvo la extraña sensación de haber estado paseando entre ficción y realidad.

Hace ya varios años existió en la ciudad de Buenos Aires una villa de emergencia cuyos habitantes, en su mayoría, eran chicas travestis. Estaba en un predio ubicado entre el Río de la Plata y la Ciudad Universitaria. Se la llamó "Aldea Rosa"


Su extinción la decretó una orden judicial de de­salojo, acaso por el prejuicio o el temor a un ámbito sus­ceptible de mantener costumbres non sanctas. A partir de entonces, la Aldea sólo ocupa un sitio en un lugar del tiempo y en la memoria de quienes la vieron o conocieron a algunas de sus habitantes.


El actor y director Javier Van de Couter rescató parte de esa memoria para escribir el guión de una pelícu­la de ficción que se filmó en distintos escenarios de la ciu­dad. La película se titula Mía. Se estrenará a fin del corriente año o principios del venidero.


En el rodaje participamos como extras dieciocho chicas, además se desempeñaron en sus roles de actrices Naty Menstrual y Camila Sosa Villada.


¡Guau! ¡También yo me sentí actriz por una semana!


Debo aclarar que si bien soy una estudiante de Trabajo Social, tomé clases de actuación por algunos años y bien contenta me sentí con la "corta" participación en algunos "cortos" bastante "cortísimos" Pero como soy obstinada y perseverante con mis antojos, participé del casting para esta peli soñando con transformarme en una "chica Almodovar" o algo así. Claro está: hoy siento la soberbia satisfacción de haber llegado a la pantalla gran­de. Y me encanta decir esto.


LUZ CÁMARA ACCIÓN


"Sonido" dijo un día el director. Era un momento de angustia en el filme. También para nosotras. En la fic­ción, había llegado la hora en la que las topadoras arrasa­ban con las casitas construidas en la Aldea. En el set, las topadoras arrasaban pero con las casitas construidas por la gente de producción.


"Sonido" volvió a decir el director y la chica encar­gada del sonido le respondió. Luego, él gritó: "Video, escena, cámara, acción" Eso ya lo habíamos incorporado. Lo sabíamos, pero ese día, además de todo eso, el direc­tor antes de decir acción decía: "Humo, topadoras" Y finalmente acción.


En ese momento me sentí más que nunca habi­tante de la "Aldea Rosa" Experimenté como cierto el ficti­cio debate de continuar juntas en la villa o intentar mejor suerte en la individual aventura de buscar un destino mejor. Viví con hondo pesar el momento en el que avan­zaron las topadoras y arrasaban con las casas. Venía el humo, y venían las topadoras, y nosotras corríamos de un lado a otro a través del humo, esquivando las desafiantes palas de las máquinas, actuando en desorden, persegui­das, huyendo y buscando imperiosamente un refugio que nos pusiera a salvo.


Lo extraño eran las sensaciones. Lo hicimos de memoria, como si todas ya hubiésemos corrido miles de veces en el humo del olvido y de la indiferencia. Como si supiéramos de persecuciones. Y de cuántas veces fuimos aplastadas por las topadoras del prejuicio, y de presuntas verdades dogmáticas.


Ficción o realidad. Realidad o ficción. Se podría decir que nos convocó una ficción, pero la realidad fue que esas escenas convertían todo en otra cosa. Durante esa semana irreal me conecté además con otras personas como yo de carne y hueso.


Laura, una estilista y maquilladora con su siem­pre crítica mirada de estilista y maquilladora.


Pocha, bajita, menudita, calladita; en una palabra, Pochita.


 


Lía, la señora.Tan discreta, tan prudente, tan señora.


Perla, la mina del barrio. La tía para tomar mate


durante las tardes.


Sandra, la única travesti  latinoamericana con rastas. La rasta woman.


Carla, la chica simple y sencilla.


Yoko, la más joven, y como tal, la más rebelde.


También Diana, la Sacayán, mi compañera de la redacción de El Teje.


Leyla, la zarpada; la tra­vesti voluptuosa y desfachatada que puede hacer reír todo el tiempo.


Susy, el hombre y la mujer, la sobriedad y la osadía, el tino y el riesgo, el tipo y la mina.


Rocío, la travesti más hermosa.


Caren, la loca linda.


Eugenia, una petisa fibrosa que deslumbró al direc­tor con su temerario arrojo fren­te a las topadoras.


Romina que era la del show, la del boliche, la de la fiesta. La que todas las noches cuelga en su cielo una luna de neón y se va de joda.


Geraldine que es una mujer de su casa y de su hija.


Mili, vivaz, un resorte dispuesta a inventarse a cada instante con una nueva respuesta.


Dana, la mina serena y tranqui con una mirada con la que indaga y anticipa pero con paz.


En cada una había historias difíciles, de luchas, y de más luchas: la lucha por ser una misma. Todas parecían columpiarse a la luz de una ilusión que nunca llega: la idea de tener un cuerpo que coincida con lo que cada una siente ser. Claro está, como nunca llega, hay que construirlo de una forma u otra. Con ropa, con relleno de ropa, con siliconas, con hormonas y con ingenio y más ingenio. Y esa construc­ción atraviesa la vida. Porque bien entiendo que construcción sea la vida misma de cualquier persona, que construcción sea la sexualidad de cada ser humano, que construcción también sea la identidad social y cultural de todos pero cuan­do la construcción debe ser además de un cuerpo para hacerlo a imagen y semejanza de lo que se es o se siente ser, tal circunstancia se vuelve inmensamente compleja. Me pasé años viendo mi sombra ajena a mí. O viendo mi ima­gen reflejada en un cristal como la imagen de un extraño. O viví la perplejidad de no sentirme representada por la veloz devolución que me hacía un charco en la vereda después de una lluvia. Y entonces, vaya si es construcción el tener que armarte día a día a imagen y semejanza tuya.


UNA BOMBITA


Una de las jornadas, nos convocaron a la noche para una escena de baile. En un momento se encendió una bom­bita, empezó un "cuartetazo" de la "Mona" Jiménez y comenzó la filmación. Había pocos varones para bailar en pareja y yo "ligué" uno, pero al instante comprendí que por más que el director lo había designado como mi partenaire, en el fragor de la danza, debía pelear para defender mi "pertenen­cia" Así que luché primero con Rocío, luego con Caren y final­mente me tuve que resignar a compartirlo con Mili. ¡Qué gra­ciosa Mili! Entre las vueltas y vueltas del "tunga-tunga','se las ingenió para pedirle el celular, luego el correo y hasta el face- book y estoy segura que ni en sus más delirantes sueños o pesadillas él había imaginado semejante "acoso" Cuando ya nos íbamos, antes de despedirnos y emulando a algún pensa­dor existencial y taciturno, Mili me dijo:


—No baila bien, ¿viste?


Finalmente llegaba el sexto día. La última escena era sobre el éxodo de las habitantes de la Villa, después del desalojo. Nos maquillaron heridas, con tierra, golpes y nos dieron bultos atados en sábanas como si fuesen nuestras escuetas pertenencias. Era el final. Tenía que hacerse con luz del día, así es que con el sol ya muriendo a nuestras espaldas caminamos en silencio y en fila de a dos, y hacia la cámara.


Atrás quedaba la vida de "Aldea Rosa" y atrás tam­bién quedaba un día de caos y angustia por el brutal desalo­jo. Pero lo más inquietante no era eso sino que también atrás iban quedando los días de haber compartido la peculiar experiencia de retar a la cordura como trapecistas expertas, pendulando desprejuiciadas entre realidad y ficción.


El cielo ya estaba rosado. Nos cambiamos y nos lavamos las heridas y los golpes del maquillaje porque debí­amos tomar el colectivo o el subte y no está bueno andar por la vida mostrando heridas y golpes.


Por eso, entonces, a veces hipotecamos la sinceri­dad y mostramos risas y alegría, lascivia y osadía porque nos sabemos poseedoras del elixir de la fantasía.


Pero claro, como en el hechizo de la Cenicienta, nos dieron las doce, y una a una debimos volver a nuestras vidas, a veces de soledad, a veces a la incomprensión, a veces a la intolerancia, siempre de fantasía y misterio.


Posdata


Si desde muchos lugares de la sociedad, se estigmatiza a las chicas travestis como sinónimo explícito de prostitución y excesos, o como un grado patético y bizarro de homosexualidad, o como personas que se auto excluyen del sistema por transgredir normas y dogmas de un mentado derecho natural, quisiera gritarle al mundo que ha de ser nuestra la opción de avasallar la fantasía y apropiarnos de ella, para poder sentirnos nosotras mismas y creer que, como en el cuento, ha de venir un hada que con un solo golpe de varita nos dé, en un instante, la siliconas, el botox, la depilación láser, las hormonas, las cirugías.


Ysi es que por ahí se dice que todo lo que guarda misterio encierra interés, guau, aunque tantas veces incomprendida, qué interesante me siento. Y tan interesante y fantasiosa que a partir del rodaje, no sé por qué no deba yo soñar con Hollywood.