Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº6/2010

Chiquita Riachuelo

Por Malva

Chiquita Riachuelo

Un lanchita a la isla Maciel durante la caída de Perón. Un intento de suicidio por amor y el jolgorio en un cabaret al que una noche acudieron las mariquitas antiperonistas.

Hay algunas historias referidas a las andanzas de mariquitas amigas de lo ajeno que aún están en el recuerdo de muchos diferentes memoriosos que tuvieron la desgracia de vivir los comienzos de una etapa bastante difícil de sobrellevar, a partir de 1947 y hasta 1955. Dichas historias se refieren a maricones que estuvieron en la cresta de la ola del delito por algunos resonantes hechos que generaron el revuelo policial junto a la alharaca periodística, dando por resultado un gran impacto en el sentir ciudadano.


Es muy posible que alguno de estos casos figure en los archivos policiales o bien en el museo Penitenciario, acompañado de sus respectivas fotos (durante mis años jóvenes tuve miedo de visitar dicho museo por temor a quedar pegado).


Fueron de gran predicamento los robos cometidos por Walevska, un maricón ingenioso, audaz y bien hablado, rosarino, que supo aprovechar el descuido de la vigilancia en un importante hotel tucumano para desvalijar algunos aposentos ocupados por diplomáticos extranjeros, en pleno desarrollo de un evento de carácter nacional, bajo el primer mandato de Juan Perón. Las afectadas fueron las esposas de los diplomáticos, pues se quedaron sin sus joyas (según la opinión de los pesquisas, Walevska conocía muy bien el valor monetario de las gemas). Cabe la posibilidad de que los robos hayan sido magnificados por ciertos periodistas, dada la antipatía que la figura del homosexual despertaba en ellos.


Un maricón conocido como Portal Gallardo y en complicidad con otro apodado Mikey se alzaron con dos costosos tapados de piel, de la misma casa de la actriz Elina Colomer. Un aristócrata venido a menos, pero con la suficiente capacidad y habilidad para practicar la cartomancia y vivir de ella, se dedicó por un tiempo a desvalijar los domicilios de algunos de sus desprevenidos clientes, preferentemente ricos y ricachonas crédulas. Quién de ese tiempo no recuerda la bienuda Rossi Márquez, más conocida como “la hermana Rosa”, autora de los hechos narrados. Tuvo gran resonancia el crimen de la Falero. Un maricón uruguayo de abolengo, radicado en Buenos Aires, dedicado al chantaje sexual. Fue tanta la habilidad de este puto que en sus redes glamorosas cayeron muchos adeptos al vicio compartido hasta que un buen día apareció muerto en su dormitorio y nunca se supo quién lo mató.


Antes de terminar la década del cuarenta, la sociedad porteña se vio conmovida por el resonante affaire sexual en el que tuvieron activa participación cadetes del Colegio Militar, marico­nes de apellidos rimbombantes, gente del deporte y de la farándula artística como de otros importantes menesteres. Ya en los comienzos del cincuenta, una mariquita llamada China se hizo famosa por ser la amante de un individuo que fue jefe de una banda de ladrones y asesinos de tacheros. Dicho individuo finalmente fue baleado por la policía.


La historia que ahora me ocupa tiene otros ribetes, y está muy lejos de ser como las ya narradas: se desarrolló en plena euforia, a raíz de la caída de Perón, en septiembre de 1955. Plaza Retiro era un hervidero de putos de todos los barrios capitalinos, como también del conurbano, todos deseosos de celebrar a su modo el acontecimiento.


Es que en el sentir del diferente sexual, se justificaba la alegría por el Golpe de Estado. Tanto los diferentes sexuales como las personas con características especiales, supieron lo que fue vivir sometidos al arbitrio policial oprobioso digitado por un sistema que fue remiso a respetar el disenso y las libertades individuales, y le tuvo una aversión a la diversidad sexual. La policía por esos días no actuaba, por estar acéfala, y por ello se pudo ver en las zonas puntuales a gran cantidad de ciudadanos más felices que perros con dos colas. Los lugares claves para la concentración de “totos” fueron aquellos boliches o tugurios que de alguna manera estuvieron ligados a la figura del puto por casi diez años: La Antigua Marina, El Epson y el archi conocido Chispazo. Precisamente eran los lugares que mal o bien albergaron al palanguenaje de la época, que supo soportar el abuso policial y la homofobia de los comisarios de la zona. Ahora bien, entre el mariconaje que celebraba el fausto acontecimiento había una carrilche con no más de 15 años. Se comentaba que andaba en amores con un chongo considerado por sus pares como un fachudo de arrastre entre las minas yiro- nas y los totos de edad, que deambulaban por el Bajo en busca del candidato bien proporcionado. A esta mariquita se la conoció como Chiquita.


Se decía a la vez que por su pinta, el chongo la iba de “ocho - cuarenta”, con todo el que viniera. Aunque hacía excepciones con las mariquitas jovencitas y lindas. Se agregaba que este chongo observaba el cumplimiento de los códigos de conducta establecidos por los taxi-boys de la época, que hacía hincapié en el buen trato con el cliente y sobre todo no ser “buchón de la policía”. Este personaje respondió al nombre de Cacho Rojas. Como última referencia se aseguraba que era amigo y coprovin- ciano de un desconocido en ese entonces, actor y cantante que se hacía llamar Leonardo Favio.


Fuera verdad o no dicha relación, el caso es que Cacho Rojas fue más conocido desde que Chiquita intentó suicidarse en el Riachuelo. Es mi intención narrar lo más fielmente ese hecho. Queda claro que todo el putaje se reunió en los bares ya mencionados con el único fin de celebrar a raja cincha la caída del “dictador” (así decían algunos). En una de esas noches de algarabía, no faltó quien dijera que la isla Maciel era el punto de reunión de todo el palanguenaje de la zona sur, cuyo foco era el quilombo de don Nicola y que estaba a la espera de que el totaje acudiera en pleno a chupetear, bailar y coger con la chongada cuarteadora de la Mesopotamia, transportadora de ganado en pie para un frigorífico conocido en ese tiempo como el Anglo.


Por esos días y por la situación creada por el golpe militar se había paralizado la faena y la chongada estaba al garete. De ahí que todos quisimos ir urgente a lo de don Nico para confraternizar con los cuarteadores entrerrianos. En consecuencia, se decidió de inmediato trasladarnos en patota al quilombo del tano Nico para terminar la noche (qué lejos estuvimos de imaginar lo que nos sucedería).


* *


Sucedía en ese tiempo que el clásico mateo se desempeñaba como taxi. El aspecto de este trasporte público era bastante particular. Desde su caja semi redonda, hasta el caballo que la arrastraba, tenían un sello especial constituyéndose en una verdadera atracción dentro del paisaje de Buenos Aires de antes. Hoy este vehículo es exhibido como pieza de museo. Pero fue así que dicho mateo nos trasladó esa noche de Retiro a la Rivera del Riachuelo, donde ya se concentraba un grupo de mariquitas a la espera de la lanchita que sólo por diez centavos cruzaría hasta la Provincia o sea a la Isla Maciel.


Entre los putitos se encontraba Chiquita, dando muestras de un estado emocional calamitoso denunciado por su silencio y los ojos humedecidos por las lágrimas. ¿Qué tenía Chiquita? Fue fácil averiguarlo dada la insistencia nuestra para que largara el “guay” que la acongojaba.


—Me peleé con el Cacho —dijo el mariconcito, entre sollozos que parecían de verdad.


—¿Definitivamente? —preguntó Juana Garbanzo, un maricón santiagueño que en ese momento comandaba el grupo de totos rumbo al quilombo.


—Parece que sí y sin vuelta —le respondió Chiquita—. ¡Estoy desesperada!


—¡Callate, ridícula! —le dijo Nacha—: si a los 15 años ya pensás de esa manera, ¿qué va a pasar cuando tengas más edad?


—a modo de consejo, agregó:


—Mirá querida, si un macho te deja, reemplazalo con otro. Aprendé que los chongos son como los forros, una vez que se usan hay que tirarlos. Sí, hijita, tal cual. Cuando lleguemos a lo de Nico te vas a olvidar de Cacho Rojas, ya vas a ver, un amor mata a otro amor, mamita —fue la última frase dicha por Nacha, con la clara intención de aliviar el momento difícil por el que atravesaba la mocosa.


Debido a que éramos muchos los totos que esperábamos el cruce del riacho, se decidió con buen criterio que la mitad lo hicie­ra por el puente, mientras que el resto ocuparía la lanchita que como ya dije, las cruzaría por diez centavos. Por ello fue que Juana, Nacha y otras locas se quedaron en el muelle junto a Chiquita.


Me encontraba con otras mariconas en la mitad del puente sobre el Riachuelo, cuando la cuasi tragedia se hizo presente. Chiquita, en un rapto de locura amorosa, se lanzó al agua con la intención, según dijo después, de quitarse la vida. Desde arriba escuchamos los silbatos acompañados de los focos de las linternas en donde se encontraba el frágil botecito que se mecía sobre las aguas empetroladas y hediondas.


Todo duró unos minutos, hasta que lograron rescatarla entre el lógico alboroto a Chiquita semi ahogada, frustándole el intento suicida. Fue sobrecogedor ver cómo se movilizó la prefectura en ese momento en que estuvo en peligro la vida de una persona como también la solidaridad de los totos, pues Nacha y Berta se lanzaron al agua para socorrer al putito, que según dijeron después tragó agua hasta por el culo.


Fue una noche fatal protagonizada por un mariconcito inexperto y arrebatado. Porque mientras trataba de quitarse la vida, su amado estaría feliz compartiendo la cama con alguna mina yiro- na o tal vez con un puto viejo con una suculenta billetera (durante un tiempo dicho galán estuvo en la mira de todos, pues se lo con­sideró culpable de los acontecimientos). Esa noche no fue todo lo alegre que tenía que ser. Fue notable el intento del tano Nicola por levantarnos el ánimo.


—¡Alégrense putos! —decía—. ¡Afortunadamente no pasó lo peor! Sigue viva y es lo que vale.


La verdad es que en ese momento razón no le faltó al tano rufián. Después de todo, ya no había más por hacer. Le habían sacado del estómago y los pulmones todo el agua con olor a mierda que tragó estúpidamente. A pesar de todo, el prostíbulo conoció una noche aciaga que en ese 1955 estuvo muy concurrido.


* *


Dentro de ese tugurio había distintas expresiones sexuales, hermanadas por un hecho importante que nos involucró a todos, y merecía ser celebrado y por ello fue que esa noche estuvimos juntos y revueltos, vivillos, ladrones, sopla-nucas, maricas y putas, todos entregados a la alegría proporcionada por el golpe militar.


Para terminar con esta narración agregaré que a pesar de lo acontecido no fue obstáculo para que el quilombo bar regentea­do por Nicola, enclavado en el centro de la Isla Maciel, esa noche se hizo de goma para permitir la presencia de tanta gente.


Hasta acá, el contenido de esta historia referida a una carrilche de 15 años, que de acuerdo a ello es que pasó a ser cono­cida por el palanguenaje como Chiquita Riachuelo, convirtiéndose en el centro de todo el putaje que pateaba la vereda de la Recova de Leandro N. Alem. Aún mucho después de la caída de Perón, cada uno escuchó su historia y luego la contó a su manera. La vida con­tinuó. A Chiquita no la vi más, supe sí por una mariola que después de abandonar el hospital, la madre se la llevó a un pueblito de Santa Fe de donde era oriunda. En ocasiones, cuando nos reunimos los que quedamos, surge el recuerdo:


—¿Se acuerdan de Chiquita Riachuelo?


—¡Qué quilombo se armó! Se quiso matar por amor y casi se ahoga. ¿Vieron?


En cuanto a Cacho Rojas, que de manera indirecta fue el causante de este embrollo, desapareció como la luz mala, tanto de Retiro como de La Recova, por un largo tiempo nadie lo vio hasta que desapreció del todo. Años después, un carrilche me hizo el comentario de que dicho chongo había muerto.


Pasado el tiempo, el ambiente musical de Buenos Aires supo de una melodía compuesta por Leonardo Fabio cuya letra fue un homenaje a la recordación de su amigo coterraneo Cacho Rojas (Mendoza). Hubo quienes sostuvieron que dicha melodía tuvo como destinatario a otro chongo con el mismo nombre, pero los más sostuvieron que se trató del gran amor de Chiquita Riachuelo. A esta altura, no interesa cuál es la verdad, sólo la historia importa.