Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº7/2011

Bufonas pero en la corte

Por Lohana Berkins

Bufonas pero en la corte

Después deaños de vestidos enormes yde meses cose guie te cose, llegó la época de los cuerpos pelados. Lohana Berkins habla de sus ires y venires con la Pocha Escobar y de los escandaletes que se armaron en Salta cuando bailó atrevidísima con meneos que sacudieron hasta la hipocresía de la doble moral.

A felicidade do pobre parece. A gente trabalha o ano inteiro. Por um momento de sonho. Pra fazer a fantasía. De rei ou de pirata ou jardineira
(Felicidade, Tom Jobim - La felicidad de los pobres parece / La gran ilusión del carnaval / Trabajamos todo el año / Por un momento de sueño / Para hacer la fantasía / Rey o un pirata o un jardinero / Y todo se termina el miércoles.)


Los carnavales eran para nosotras como llegar a la calle Corrientes: el lugar donde podíamos mostrarnos, donde las clases sociales desaparecían. Dejábamos Buenos Aires cada diciembre para instalamos durante los tres meses de verano en la casa de La Pocha Escobar, perso­naje mitológico: la reina de los carnavales salteños. En esa casa llegábamos a ser unas cincuenta de distintos puntos del país. Durante esos días, todo cambiaba. En la ciudad todo se parecía a la Procesión de los Milagros: te encontrabas con el que te vende la droga, con el que te roba, pero todo está bien, aunque todo el mundo sabe del otro, se abre un tiempo sagrado, en el que desaparecen las diferencias y la cultura represora: todo está permitido porque en ese tiempo lo que está claro es la ficcionalidad del espacio. Todo el mundo juega a divertirse y la monstruosidad toma forma de ternura: los grandes caretones que habitualmente son generadores de miedo eran los mascarones con los que podíamos mostrarnos y aparecer como una otredad exhibida, descubierta pero envuelta, y contenida adentro un frasco.Llegué a lo de la Pocha como muchas. Un día me echaron de casa, me fui a la calle, la policía me agarró, y en vez de a un instituto de menores, me mandaron a la casa de la Pocha Escobar. ¡Ellos mismos nos llevaban! Vos ibas, y hacías sonar las manos en la puerta: una escena que después vi reproducirse durante años con muchas travestis. Me acuerdo todavía patentísimo que cuando llegué, la Gorda se iba a un cumpleaños. Con ella iban todas las maricas, que era el modo con el que nos auto- denominábamos en ese momento.


—Ay Pocha —le dije—: ¡no tengo donde estar!


—Bueno hijita, apurate —me dijo—, que nos vamos a un cumpleaños. —Y así, como si hubiese sido parte de su staff desde siempre, me llevó a esa fiesta. Y ese modo de generar lo familiar era una de las cosas que aparecía todo el tiempo con ella: en la forma de llamarnos, siempre habían un “mi’hi- jita llegada del campo”. O decía, “tu hermanita la Irene” o “tu hermana, la Fefé”. O, la Bambilú, la Leona o la Vera, que eran las tías. Y en esa escena, obviamente, ella se construía como madre, aunque nunca le decíamos de esa manera.


Durante el año, ella albergaba a unas diez o doce chicas en total. Pero cuando llegaba diciembre, la casa explotaba. Llegaban desde Córdoba, desde Buenos Aires, de los pueblos del interior de la provincia, aunque ella siempre exageraba y


cuando nos presentaba en los carnavales decía que veníamos de Francia, de Bélgica o Madrid. Cuando yo la conocí, la Gorda ya salía en los carnavales, era una reina que avanzaba con unos espaldares enormes con lentejuelas en las calles de la Capital. Alguna vez, alguien le escribió un poema que yo decidí leer el día de su entierro: ahí le decía “Pocha querida, el pueblo te quiere y te grita sos la dueña del carnaval”.


Una vez por ejemplo, se construyó un vestido cose que te cose durante todo un año como hacía siempre pero este era un sol en una estructura enorme cargada sobre la espalda, brillante y dorada. Espléndido. El asunto es que lo había hecho cosiendo guirnaldas de un arbolito de Navidad, una al lado de la otra, sobre una tela. Cuando alguien le preguntó de dónde había sacado esas telas, ella respondió que eran exotiquísimas, unas tramas de piel de mono dorado, que alguna vez le trajeron de París.


Su propia historia tenía mucho de la nuestra. La Pocha nació en un pueblito del norte de Salta llamado Yrigoyen, un lugar de grandes ríos, conocido como el Tabacal. Alguna vez la echaron de su casa, alquiló un espacio y después armó un lugar para otros. No había mucho más para indagar: ibas y ya estabas. Y la escena se repetía cada vez que llegaba una a la que acaban de echar. Sobrevivimos gracias a ella porque no sólo intervino en la construcción de nuestra estructura afectiva, sino en la identidad travesti. Eso sí: pese a la cercanía, jamás supimos cuántos años tenía, ¡aunque obviamente se hacía festejar el cumpleaños para los días del carnaval!


Los lienzos


La historia de la Pocha es la historia de los carnavales salteños. Cuando terminaban las fiestas oficiales de la Capital, dos o tres días más tarde, cuando ya habíamos vuelto de las giras por el interior, porque no había pueblito o publecito al que ella no quisiera ir; cuando ya disminuían las coristas, y todo el mundo volvía a su casa, la gorda Pocha empezaba a planificar en su cabeza el traje del año siguiente: estaba durante todo el año trabajando. Y uno era el traje que ella decía que iba a hacer y otro el que se hacía. En sus ideas siempre había una fuente de vidrio rodeada de enormes espejos y lentejuelas magnánimas que superaban cualquier fantasía. Y en ese proceso aparecía mucho de lo que significaba el carnaval: lo primero que hacía era ir a buscar la tela, siempre un lienzo del más barato. Y en ese súper-lienzo, enorme porque era gorda, imaginaba un fondo de flores violetas y al año siguiente un conjunto de rositas rococó. Durante los meses siguientes, todo el que pasaba por su casa para charlar, preguntarle algo o hacerle una entrevista, tenía que ponerse a hacer rosas rococó. El que caía, cosía. Un año fantaseó con las guirnaldas de Navidad, y cosió esas guirnaldas como la piel de un mono con velitas, con mechero si se cortaba la luz o con el foco penocito y lúgubre de cuando todo andaba bien, porque la Pocha no era una persona de plata. Cuando terminaba la tela, se diseñaba el traje, venía a una modista, se lo cortaba y armaba un tocado para la cabeza. En la realidad, todo era súper penoso pero lucía divino: todo el trabajo era perfecto, y cada detalle daba lugar a que ella pudiera darse aires diciendo cosas exageradas, ¡que nosotras obviamente jamás íbamos a negar!

Pocha Querida: La gorda Pocha ya salía en los carnavales, era la reina de los carnavales de Salta que avanzaba con sus espaldares enormes con lentejuelas en las calles de la ciudad.

Una vez que terminaba con los doscientos kilos de plumas que era capaz de ponerse en la espalda, preguntaba por nuestros trajes. La escena siempre se repetía: a partir de ese momento la gorda Pocha se enojaba y clamaba: “¡Yo no voy a hacer nada por ustedes!” Pero la conocíamos, así que espe­rábamos y al final sucedía: “¡Bueno, venga para acá!”, decía.
Y te agarraba. Una por una. ¡Tenía que hacer algo para todas y con nuestras pretensiones, porque obvio que queríamos estar divinas!


Caballeros en las noches de la dictadura


Hasta antes de la dictadura, las mariquitas salían en caravanas con trajes y con nombres muy trasparentes. Pero cuando llegó la dictadura nos prohibieron. La Pocha y otras compañeras pensaron entonces en un nombre camuflado, para participar sin que los organizadores lo notaran. Ese fue el comienzo de Los Caballeros de la Noche. El interventor militar de la provincia era Roberto Augusto Ulloa, y finalmente nos permitieron.


Cada año, la fiesta empezaba en enero a once kilómetros de la capital, en la municipalidad de Cerrillos, famosa por sus carnavales. El intendente del pueblo nos convocaba un mes antes del comienzo oficial de las fiestas para inaugurar la temporada con una ceremonia en la que generalmente todo el mundo usaba el traje del año anterior: ¡nadie iba a mostrar el traje de los desfiles oficiales! Después, cada cual recorría los pueblitos que van haciendo sus corsos, y a donde al menos una noche había que ir. Al final, después de todo el recorrido y cuando terminaban los desfiles oficiales, participábamos del entierro de la fiesta en Rosario de Lerma, donde se hacía una ceremonia, mezcla entre rituales paganos y el sincretismo a la Pachamama, y en la que se desata una lucha entre Dios y el Diablo, y en algunos otros lugares entre el Toro y el Diablo. Una lucha en la que se despide al carnaval, se lo entierra hasta el año siguiente, y se agradece a la Pachamama.


Con la democracia algunas de esas cosas cambiaron. La moda estaba en manos de los maricones, los modistos, los que hacían las coreografías. Estaba la Víctor, que dirigía una murga. También, la Joseph, que le decían la Pimiento porque tenía un puesto en el mercado, y vendía el pimentón colorado. Siempre salía con vestidos principescos y corona de reina con joyas. No es que salían tipo trava porque eso surgió con nosotras: después de la dictadura fuimos las que pelamos los cuerpos. Ahora es normal que las chicas salgan desnudas, pero en ese momento se produjo un escarceo. Por un lado estaban las mariconas que se echaban cuanta pluma y purpurina había con trajes que rozaban la fantasía, la exageración. Y ellas se tapaban el cuerpo porque las maricas no tenían cuerpos ni tetas, ni nada. Eso apareció cuando apare­cimos las travas, divinas, y produjo el escandalete.


A cuerpo pelado


Durante aquellas durísimas jornadas de debate y escarceo, un día casi me cortan la cara: aparecí con unas telas alucinantes pero puestas en un vestido minimalista travestidísimo, y ya era la reina de la noche. Mientras yo alucinaba con esas miradas, ¡las otras iban cargando sus tremendos espaldares! ¡Me odiaron! Fui la primera que tuvo tetas, y en los carnavales fui y no salí con las tetas al aire, pero estaba muy atrevida, divina, con pelo natural hasta la cintura, nunca una gota de pintura, con una tela color plateada y esa mini desprendidísima y espléndida, que abría y cerraba: ¡nunca fui recatada! ¡Y las otras, con los espaldares!


Pero todo eso, en una sociedad tan conservadora como la salteña, también era contradictorio: los carnavales eran el único espacio que se nos concedía. El único lugar al que íbamos vestidas de mujer. La sociedad quedaba impactada, pero fuera de eso no le impactaban ni nuestras muertes, ni nuestras desgracias, ni el éxodo masivo por haber nacido travesti. Para nosotras en cambio esas escenas eran muy importantes, porque legitimaban nuestra existencia; ellos aprobaban nuestra belleza, se maravillaban con nuestro arte, con esas ropas engalanadas que llevábamos. Se sabía que en Buenos Aires había ciertos corsos donde no entraban las chicas, pero en Salta jamás ocurría eso: te consumían como producto de la industria tecnológica y cultural, pero después no te daban otra cosa. Muchos años después, cuando volví a los carnavales cual espectadora y observaba la ansiedad de la gente, me sorprendía por cómo conocían los nombres y de los comentarios que hacían, como si miraran familiarmente una vidriera tinelesca: no sólo sabían que una se había hecho las tetas o que la otra se había arreglado el cuerpo, había un nivel de conocimiento profundo, pero que legitimaba a su vez esa existencia “de pantalla”.


En el circuito había una idea parecida: el corso pasaba al comienzo por la avenida Belgrano, que era la avenida más ancha y la más linda de la capital pero en los noventa lo trasladaron a las calles de atrás de la Catedral, un dato de lo más simbólico.


Todas las noches, pasábamos caminando por la calle con teucos e incas. La gente se paraba a los costados; los chicos aplaudían, la gente aplaudía. El circuito incluía más tarde la ronda de clubes de baile donde llegaban los Caballeros de la Noche porque la gente nos pedía sobre el escenario. Batucadas todavía no había, llegaron más tarde cuando las organizadoras viajaron a Brasil. ¡Y los músicos eran militares! Tenían un antifaz para no ser reconocidos, y eran parte de la banda de música del Regimiento, que durante los carnavales se hacían unos pesos. Armaban las bandejas, iban y venían con las murgas y cobraban por día. Como estaban ellos, las entradas tenían trompetas y generalmente tocaban temas de moda pero sin letra; podía escucharse un ohhhh, morena, la piel que se me quema... ohh...


Pero por eso creo que cuanto mayor es el mecanismo represivo de una sociedad, cuanto más feroces, sistemáticos, anquilosados e inamovibles son esos mecanismos, los puntos de fuga son también más fuertes. Esa sociedad tan conservadora produce un nivel de conciencia extraordinario durante los carnavales, un grado de delicadeza inusual, de sensibilidad rara sobre toda esa violencia. Pero imagino que como no puede asimilarte durante el resto del año, durante la normalidad, está obligada a generar rupturas y puntos de fuga brutales como los éxodos masivos, las cárceles y las muertes, en una línea que debe ser contundente. No admite medios: es un carnaval liberado totalmente, son las salidas a milagrear de las procesiones religiosas, pero son además el símbolo de la hipocresía salteña: todo está, pero no está. Hay permisos para que determinadas cosas emerjan sólo en ese contexto, como un modo de regulación de la cultura: porque esas travas, ¿de dónde se suponen que son? ¡De ahí! ¡Es tu vecina, tu prima, tu amiga!


Por eso, el carnaval es un espacio en el que somos adoptadas siempre y cuando asumamos el rol de lo bufonesco. Cuando justamente queremos ocupar el lugar de la familiaridad, de la calle, de los comunes, se nos prohíbe. Cuando yo quiero ser la mina, la diputada, la que trabaja; cuando quere­mos ser parte y ser reconocidas en todos los términos, no podemos estar. Y de alguna manera eso aparecía en la calle: la tensión constante entre el negocio del show, la industria cultural, el altruismo, el heroísmo de nuestras identidades, y la aceptación.Y eso que durante el carnaval se mantiene en esta­do de tensión, luego se corta: “¿¡Pero cómo!? ¿¡No me dijiste, ‘Lohana sos la más linda de todo el corso’!?”


Esa cuestión graciosa se convierte en amenazante cuando nosotras bajamos y en la calle nos convertimos en una amenaza real. Porque nuestra vida está muy imbuida de un relato ficcional, porque tiene que haber una ficcionalización para soportar tanta crueldad; necesitamos construir una historia. Y  la Pocha fue producto de eso: un símbolo del hiperhumor, de la necesidad de la fantasía de esa noche del carnaval, de todo ese escenario. De creer o jugar a creer que todo eso es real. Porque yo puedo hacer la descripción más triste de lo que en realidad eran los carnavales y de lo que significaron pero ahora, porque en su momento no me atrevía ni a pensarlo ni decírselo a otra trava. Porque entrar ahí, ser mirada por las luces, la gente, las tribunas.... Esa ficcionalidad era lo que me nutría: durante ese tiempo, ese mundo me hacía creer que todo era posible, donde desaparecían las desigualdades, las diferencias, donde era la ovacionada por todo el pueblo. Me hubiese gustado ser ovacionada por otras cosas, digamos por esa misma gente que me violó, que me maltrató, que me mató a mis amigas. Porque también la historia de las travestis tiene que ver un poco con la historia de la mascarita carnavalesca porque sostener la máscara de la realidad es muy fuerte.


Hay cosas de la lógica del carnaval que aún se repiten a conciencia: entendí que el lugar que nos dejaban era bufonesco, pero aún siendo la bufonesca de la Corte, yo estaba en la Corte: ¡estábamos en la Corte!


Y esa corte entendida como lugar de realidad, porque lo paradójico y triste era que ese lugar, donde justamente no hay ninguna realidad, para nosotros sí era un bastión de legitimación real. Para mí toda la realidad era ser la Lohana Berkins de la Pocha Escobar. Porque si no, ¿por qué una persona se pasaba todo un año bordando un traje sólo para esa instancia tan efímera de la vida?


Porque después, el armado, la trama, se hacía en secreto, en soledad, con una velita, con dolor, angustia, pero ese era el momento de la realidad: y fue a medida que avanzábamos y accedíamos a lugares de “realidad” que empezamos a abandonar los carnavales.


Epígrafe 1: “Ellas se tapaban el cuerpo porque las maricas no tenían cuerpos ni tetas, ni nada: eso apareció cuando aparecimos las travas, divinas, y se produjo el escandalete”.