Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº5/2009

¡Ay, Dios mío! (o de cómo ser religiosa y no morir en el intento)

Por Alma Catira Sanchez

¡Ay, Dios mío! (o de cómo ser religiosa y no morir en el intento)

Alma adora a su virgen de color rosa fucsia y amarrillo patito. Intentó conversar el tema con unos curas pero como no quisieron ni atenderla corrió a ver a Lohana Berkins para suplicarle que la mantenga con vida.

Allá, en mi cada vez más lejana infancia, mi padre me contó la historia de la Virgen de Fátima, que presuntamente se aparecía ante tres niños pastores en un lugar de Portugal llamado así. En otros lugares, las vírgenes eran distintas. La del Rosario siempre aparecía con una tunica cubierta de apliques dorados como la de un príncipe barroco, la del Valle era morochita como una catamarqueña tapada con un manto azul lleno de estrellas y una luna a los pies y la Virgen del Pilar claro, siempre estaba sobre un pequeño pilar. En este caso, casi no existían atuendos: la tan preciada Virgen de Fátima aparecía toda vestida de blanco.


Para entonces, papá era maestro. Es decir, maestro y director a la vez porque la escuela era una escuela rancho en medio del monte perdido en el norte de la provincial de Córdoba. El ranchito estaba dividido en dos partes: adelante, el aula y en la otra parte el resto de la “casa” familiar del maestro. Luego había una letrina, un aljibe y un mástil que completaban las “construcciones” edilicias de aquel excéntrico ámbito del saber. Los chicos venían en sulky o a caballo. Como en la casa había un brasero demasiado pequeño, una vez mi papá compró una cocina y una garrafa para hacer realidad el sueño del comedor escolar con mi mamá de cocinera en un plan en el que nosotros nos quedábamos afuera. Pero afuera era eso: afuera literalmente, en la galería del rancho. Ahí, mientras comíamos, él se paraba al frente y nos leía todos los días un capítulo de algún libro. A veces elegía cuentos de horneros que hacían sus casitas con balde y cuchara; otras eran vizcachas que lloraban cuando un cazador les mataba a sus hijitos; árboles que cantaban y bailaban o historias de vírgenes y de santos. Un día llegó el turno de la Virgen de Fátima.


Me acuerdo que un día, mi papá compró una foto con la imagen de la advocación. Como la admiraba con un fanatismo de hincha futbolero pidió en una casa de fotografía que le hicieran un mural con esa foto. Estoy hablando de mi infancia, y para no puntualizar exactamente en un dato que devele mi edad, diré que en ese tiempo —y en un pueblo del interior como el mío—, aquel fotógrafo ostentaba todos los avances tecnológicos propios de las vanguardias. Cuando recibió el pedido, acaso creyó que lo inundaba el espíritu de Dalí y de Picasso a la vez porque no tuvo major idea que ponerle al manto blanquísimo un color rosa fucsia y a la túnica la tapó de amarillo patito. Mi papá le pagó tal obra surrealista al fotógrafo, pero su fastidio era tan grande que no la quería ni el “comedor” de la escuela, ni en la galería, ni en ningún otro lado. Y como su heroica fe teñía de sacrilegio cualquier intento de arrojarlo a la basura, aquel mural terminó en el respaldo de mi cama.


Yo me hice devota de esa Virgen de manto fucsia y túnica amarilla, creo que única sobre la faz de la tierra. Me encantaba ese mural y claro, quería ser como ella, es decir, básicamente mujer. Tener algo fucsia de lo que, obviamente, a esas alturas de mi sufridita infancia carecía totalmente, y ser tan buena como ella. ¿Virgen también? Bueno, no necesariamente, dije buena.

Lohana: “Yo no le concedo a ninguna iglesia que sea administradora de mi fe, creo en Dios pero ese dios puede ser diosa o diosa travesti.”

Desde entonces siempre me he sentido cristiana y católica y de verdad siempre creí que la transexualidad estaba incluida dentro de la propia complejidad de la naturaleza humana, y tal como lo dice San Pablo en la Carta a los Corintios, en el misterio de la sabiduría divina. En fin, para constatarlo intenté hace muy poco dar con algún sacerdote que me explicara su punto de vista, desde una visión idónea y teológica. Primero pensé en el Padre “Pepe”, José Di Paola, conocido públicamente por sus denuncias contra los traficantes de paco en las villas, y que le valieron inquietantes amenazas de muerte. Me parecía perfecto. Así es que lo llamé una vez, después otra y después de varias dilaciones, finalmente me dijo que no quería hablar de “ese” tema. Que de pobreza y de paco, sí. Pero de transexualidad, no. Entonces, me recomendó buscar a otro colega, el Padre Andrés Tello, capellán del Hospital de Agudos Teodoro Álvarez. Este último, tengo que decirlo, se mostró muy congraciado y hasta perplejo de mi fe cristiana pero me dijo lo mismo aunque me invitó a ir a su residencia a tomar mates y a hablar de Dios.


¡¡¡ Ay Dios mío!!!, pensé.


Me fui entonces a visitar a Lohana Berkins, a ver qué respuestas me daba. Quería hablar de la transexualidad y la fe cristiana. Lohana estaba en su oficina de presidenta de la Cooperativa de travestis Nadia Echazú en Avellaneda. Cuando le pregunté qué era para ella la transexualidad me habló de una construcción: “Yo creo que la sexualidad humana es una construcción, y que lo que habría que cuestionar es qué es ser varón y qué es ser mujer, y evitar posturas rígidas. Hay que diferenciar entre sexualidad, identidad y genitalidad. Hay construcciones profundas de identidades dentro de la masculinidad y de la feminidad, y el gran interrogante es saber a ciencia cierta, cual es el factor que finalmente determina tal identidad. Órganos sexuales sabemos que hay dos: pene y vagina, pero hombres y mujeres hay tantos como personas hay en el mundo”.


Me encantaba escucharla aunque no suscribía plenamente a sus convicciones pues para mí tanto la genitalidad como la sexualidad serán construcciones como construcción es la vida misma, pero no la identidad. Pienso que si la identidad se construye no habría problemas en orientar a una persona de acuerdo a la socialización que se le imponga. Pero mientras tanto Lohana seguía adelante. Estaba serena y tranquila en una oficina austera. No sonreía. Me resultaba sumamente interesante lo que decía pero yo quería empeñosamente ir al encuentro de mi costado místico, así que le pregunté cómo conciliaba su fe cristiana, porque me habían dicho que creía en Dios, con la transexualidad. “Yo creo en Dios —me dijo—, y estoy hecha a imagen y semejanza de Dios, y soy no obstante una travesti. Creo que todas las personas estamos hechas a imagen y semejanza de Dios. Le tenemos que quitar la culpa y el sentido de perversión y de pecado a todo esto, y desechar esa idea religiosa de la binaridad: varón-mujer, instalada en la lógica de la reproducción. Yo no le concedo a ninguna iglesia que sea administradora de mi fe, creo en Dios, pero ese dios puede ser diosa o diosa travesti. Hay que separar los dogmas religiosos y totalizadores de la fe porque también la fe es una construcción subjetiva y personal, tal como la identidad. A veces la Iglesia opina acerca de la transexualidad sólo en términos de coyuntura política, yo no creo en un Dios castigador como muchas veces lo muestra la Iglesia, creo que hay un Dios bueno, como padre bondadoso y eso aumenta mi fe”.


En un momento, habló del Señor del Milagro. Me pareció que le brillaban los ojos. Dijo que lo invoca en los momentos en los que estaba mal, que cómo no iba invocarlo, como salteña que es. Con la Virgen de Fátima a mí me pasaba lo mismo. Cuando decidí venirme a esta gran urbe de Buenos Aires en enero de 2006 en mi bolso traía mi ropa, un montón de sueños y el Currículum Vitae con mis títulos de licenciada en ciencias políticas y profesora de educación media y superior de la misma ciencia, ambos con mi mentido nombre en masculino. Empezaron a correr los días y por mucho que busqué no pude conseguir ningún trabajo y como se me acabó el escueto “colchón de ahorros” y me empezó a avasallar el hambre, una noche dejé en el bolso mi C.V y y como me acordaba de un programa de la televisión de Mauro Viale paré un taxi y dije: “Al Rosedal de Palermo, por favor”.


En Palermo, elegí una chica al azar y le pregunté, temeraria, si podía “trabajar” a su lado. Me dijo que se llamaba Alejandra y no tuvo problemas. En toda la noche, ella no paró de subir y de bajar de diversos autos mientras yo miraba impávida las indiferentes luces traseras de las portentosas camionetas que pasaban y pasaban como pasan y pasan los sueños de quien viene del interior a esta Capital.


La noche siguiente aumenté varios centímetros los tacos de mis sandalias, reduje otros varios centímetros el largo de mi minifalda y magnifiqué el volumen del algodón de adentro del corpiño, pero igual vi las luces traseras de los coches tan rojas y lejanas como la noche anterior. A la tercera noche, antes de dirigirme al teatro de acción, me senté en la base de una estatua, vacilante y pensativa hasta que aparecieron dos chicos: uno con un trozo de vidrio en la mano y el otro con una sevillana. Me exigieron la presunta recaudación de mi trabajo. Pero como yo no tenía nada, requirieron mi presunto celular. Como no tenía celular se pusieron muy molestos y nerviosos. Luego de sacarme una cadenita y mi reloj, tomaron mi bolso y empezaron un exhaustivo registro. Tacos, maquillajes, bombachas, preservativos… y nada. Y ya en lo máximo de su encono, uno de ellos metió la mano en un pequeño bolsillo de mi bolso y sacó una estampita de la Virgen de Fátima que me había regalado mi padre —que ahora me protege desde el cielo— y que yo siempre llevaba por si acaso. Uno de los chicos la miró una vez, después otra, luego me miró a mí y dijo: “Me voy, no te molesto más”.


¡¡¡Ay, Dios mío!!!


Esa fue la última noche que pasé en Palermo, con Alejandra nos hicimos muy amigas, y a mí me gusta llevar remera amarilla con campera fucsia... Ya sé, no queda: pero yo siento que así sigo celebrando.