Sociedad & cultura

Sociedad & cultura El Teje Nº7/2011

“Ahí va una Marilú”

Por Marilú, foto por Marieta Vazquez

“Ahí va una Marilú”

Marilú dirige una murga de más de treinta chicos en Villa Jardín, a una cuadra del Riachuelo. Organiza festivales, días del Niño, se pelea con la Iglesia y en cualquier momento se larga de intendenta.

Voy a la Iglesia el domingo; tengo amigas umbandas. Los políticos nos llevan con la murga a hacer sus campañas, nosotros aceptamos, pero al político le cobramos. Imito a Lía Crucet y cambio de personaje cuando me cambia el cuerpo. Alguna vez me ofrecieron un puesto político, ellos me aclaran cuál es su interés, y yo también me doy cuenta de lo que buscan. Me encantaría tener una “copa de leche” para los pibes del barrio; en alguna época conseguíamos leche en la casa de una señora, pero el nieto la mató hace dos días.


Para ganarme la vida, animo fiestas de quince años, cumpleaños y casamientos pero eso es lo que hago sola: el resto del tiempo organizo festivales para el Día del Niño y la murga del barrio. Vivo en villa Jardín, a una cuadra del Riachuelo.


Con la murga empezamos en 1986. Con un muchacho gay que se llamaba Marote nos pusimos a hacer animaciones para los chicos, con cosas típicas de la época: armábamos el juego del palo enjabonado en la calle, y yo hacía de payaso. Él empezó a llevarme a un circo; siempre trabajó en eso y después en un teatro. Después se cortó, y diez años más tarde retomamos. Al comienzo, íbamos casa por casa pidiendo algo para los chicos pobres, lo que sea, tanto comida como juguetes; y el 8 de agosto en el Día del Niño, en la cuadra de mi casa, hacíamos un festival y los repartíamos. Una parte de la gente se encargaba de hacer un censo; ahora esa misma gente después del censo recolecta alimentos o juguetes. Después están los payasos, cada uno tiene un grupo determinado de gente a quien ayudar. El día del Festival algunos reparten los juguetes, otros los alimentos y otros sirven el chocolate o la leche.


Después de dos años mi amigo murió: hubo una época de parate pero ahora con sus familiares seguimos armando los festivales en homenaje a mi amigo. Los comerciantes siempre nos dan algo; la municipalidad de Lanús nos da azúcar y una cantidad de globos con la cara del intendente que obviamente ni figuran en las fiestas, preferimos tirarlos. Y la Iglesia siempre nos da su salón como para que quede la imagen de que ellos son los organizadores. Al hacerse tan grandes estos festivales y como empezó a venir gente de todos lados, comenzaron a aparecer los políticos que te quieren chupar la sangre.


El resto del tiempo, existe la murga. Somos alrededor de treinta pero la única travesti soy yo. Hay muchos adolescentes con sus abuelos. Ensayamos en una esquina, en la calle, hay más de cien chicos anotados, pero treinta son los que participan. Primero llegaron muchos jóvenes con ganas de colaborar y nosotros les indicábamos qué podían hacer o con qué colaborar y cómo trabajar con los chicos.


En general, en el barrio yo les caigo bien. En mi barrio ya están acostumbrados a tener la imagen de una travesti, me convertí en una especie de referente, y ahora a todas las travestis que ven pasar, los más chicos les dicen: “¡Ahí va una Marilú!”.

“En general, en el barrio caigo bien: ya están acostumbrados a tener la imagen de una travesti. A todas las travestis que pasan, los más chicos les dicen: ‘¡Ahí va una Marilú!’ ”

Muchos me dicen mamá, porque el papá de algunos tuvo alguna relación conmigo o alguna experiencia... Y por ahí le contaron que anduvieron conmigo, entonces por eso me dicen mamá.


Yo todo eso lo hago de corazón, porque lo siento y porque me gusta. Los políticos que tienen muchos contactos y podrían hacer muchas cosas nunca hicieron nada tan grande como lo que hacemos nosotros ahí. En las fiestas pasa otra cosa, me gusta hacer shows, hacer reír a la gente, otras no tienen ese carisma.


A mis amigas no les interesa estar mezcladas con los chicos, no les gusta, no se pueden integrar. Colaboran con alfajores, una bicicleta, pero les molesta estar con la gente más común; yo nada que ver: voy a la carnicería como una “doña Rosa” cualquiera. Soy muy metida, y hablo de muchos temas. Actualmente me invitaron para estar en el aniversario de la muerte de Gilda, por ejemplo, y por eso me pagan. En las fiestas privadas me divierto porque hablo y me meto con la gente. Tengo una amiga que habla con el DJ y le pide todo lo que necesito: hago juegos, rondas de chistes, hago bailar a las parejas. Pero a boliches nunca voy a trabajar, no soporto estar tres horas sentada para hacer acto de presencia; fui a lugares peligrosos, pero eso no me importa: ¡me he metido en cada agujero! Una vez animé una fiesta donde estaba toda la barra brava de River: todos tipos trabados y minas re gatos, pero les caí bien parece, en esos lugares si les caes mal te meten un tiro.


No tengo ni Facebook, ni nada. ¡No sé usar Internet! Me manejo con tarjetitas o con el boca en boca y me pasan cosas raras. Una vez, por ejemplo, me llamaron para animar en una guardería y tuvieron que hacer una reunión entre todos los padres para explicarles que iba a ir una travesti para entretener a los chicos; sólo dos papás se negaron, el resto estuvo a favor: tengo fotos con ellos y cuando me quisieron pagar les dije que a los chicos y a los jubilados no les cobro nada.


Nací en Parque Patricios. Mis papás me apoyaron siempre; mi papá es correntino y mi mamá santiagueña. Con el tiempo se separaron, él volvió a su provincia, yo ahora vivo con ella. Desde que era muy chica se dieron cuenta de mi inclinación porque me compraban ropa de nene y no la usaba o no me gustaba. A los quince años me inyecté siliconas por primera vez. Ser travesti es caro, y a los veinte empecé a ejercer la prostitución. Atendí un privado, pero no me sentía cómoda. Mis padres ya no me mantenían como antes, así que comencé a trabajar donde vivía, pero en la calle. Después llegaron otras. Ellas dicen que soy como la mamá: ¡pero ahora ellas viven y trabajan en Europa, yo sigo viviendo en la villa, y ni un euro me mandan!


Como ya para entonces tenía mucho carácter me paraba y nadie nos jodía. Si alguien venía y me agredía o me gritaba un insulto, no dudaba en ir a pegarle. Lo malo era cuando llegaba la policía: trabajábamos en Lanús y al ser provincia de Buenos Aires, estaba la Brigada que era más jodida: nos metían a todas presas y hasta que no nos crecían los pelos en la cara o en las piernas no nos largaban, si eras lampiña peor, te dejaban encerrada hasta dos semanas. A veces hacían como que se olvidaban de largarte; después te hacían salir, pero ojo: te sacaban de día como a las dos de la tarde para que todo el mundo te viera y te diera vergüenza ser así.


Una vez estuve presa y no volví a mi casa por unos días. Mi mamá me preguntó por dónde había estado y yo le contesté que me había ido con un chico a la costa. ¡Pero era mentira: estaba pálida como un papel, supongo que se habrá dado cuenta!


En mi familia, igual, jamás me dijeron nada, obvio que se daban cuenta, pero nunca fue un tema que se tocó o se mencionó. Nosotras lo hacíamos para tener algo de plata, para comprar alguna gaseosa o una pizza para comer. O para juntar plata y organizar una fiesta.


La verdad es que no busqué otro trabajo, pero no porque no quise, sino porque de joven ya tenía pechos y pelo largo. Tenía amigos gays que trabajaban como mucamos o haciendo limpieza, pero yo ya estaba operada y con el pelo largo no podía ocultar que era travesti. Tampoco trabaja todo el tiempo sino para completar los gastos de lo que necesitaba. En 1988 por ejemplo me gustaba Lía Crucet, y me iba a la calle un rato a ver si ganaba algo de plata, y después iba y me compraba ese cassette. Mis padres no me mantenían en esa época. Por eso digo que soy quedada, si fuera más interesada estaría como el resto: trabajando en Marbella o en Madrid.