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La Loca

Por María Moreno

La Loca

Yo siempre había tenido un proyecto oculto. Y había escrito por ahí con estos términos belicosos. “¿Qué sucedería si se pasara el grabador, es decir, si se socializara un procedimiento que va mucho más allá de la técnica? ¿Si se jaqueara el par experto-objeto y se hiciera rodar un casete entre pares ?” Me reventaba lo que llamaba “cafiolismo del otro”: que los disidentes de Eros fueron utilizados a través de un único género –el del testimonio– , expropiados en tesis por expertos, en notas por periodistas que sólo se dedicaban a editar estereotipos ; todos chorros de lo que vendían como “vidas intensas”, a veces con las mejores intensiones . Mi proyecto era ejectarme como cronista para proponerme como soporte de quienes practicaban el cuerpo como coyuntura y las mutaciones de género sexual con la frontera de su abolición. El teje me dio esa oportunidad. Quería pasar el grabador con la consigna : ¡Panasonic al poder! Pero la experiencia fue mucho más lejos . Creo que mi relación con Marlene Wayar , la breve que tuve con Diana Sacayán me jaquearon toda certeza. Como lo dije otras veces, se trató menos de transmitir un cierto saber sobre el arte de la crónica y de la edición que de generar recursos para que travas y trans pudieran reconocer los propios saberes sin separar experiencia de teoría, política de escritura. Creo que ponerme en soporte de El teje en sus primeros números tenía mucho de experiencia utópica, la de jaquear la idea misma de transmisión. Me resultaba difícil seguir el pensamiento de Marlene , mucho más sumergida en la teoría queer que yo, su poética de un barroco de distinta familia que el mío; siendo periodista, carecía de la información y el conocimiento que Diana Sacayán traía sobre el territorio del cono urbano , las tramas policiales, los sistemas de salud , la calle con mayúscula . Podía en cambio subrayar (para usar en la escritura) aquello que de literatura tenían esos relatos ricos de metáforas , de arte de la injuria y de recursos teatrales de la retórica oral trava; dar reglas técnicas que me aburrían tantos a ellas como a mí pero y que era posible torcer. Eso sí: el tiempo trava y trans jaquea toda cuadrícula. Se podía tentar un echada del próximo número pero lo que salía jamás era lo planeado: era mejor pero siempre sorpresivo, y al mismo tiempo con el rigor de lo que Cristian Alarcón llama periodismo de inmersión . Tanto Marlene como Diana , ni bien cazaron la onda de la crónica me pusieron de personaje en joda. La profesora loca o la periodista densa : no empecé así, terminé así. Me volvían loca con sus fantasías, sus planes ambiciosos (que cumplían), su desorden proteico (que me volvía densa) pero flor de bolonqui. Los encuentros de El teje contenían vivas discusiones donde , por ejemplo, parecía que Lohana y Marlene iban a romper definitivamente y de pronto una sacaba un regalito (recuerdo una botella de licor casero) y lo que parecía una asamblea encendida se tranformaba en un mateada con facturas . No estuve cuando El teje se afianzó, nucleando a más activistas y constituyendo una verdadera escuela de formación mutua que permitió la diáspora para ocupar espacios en los medios de comunicación progresistas. Creo que hasta desde las entrevistas centrales de El Teje se hizo una pedagogía democrática (Capusotto no fue el mismo después de ser tapa, se queerizó).  El teje es hoy un archivo trava trans valiosísimo , una fuente histórica siempre abierta para les campañeres  y un capital simbólico  inchorreable .  Y yo lo extraño.