Policiales

Policiales El Teje Nº6/2010

La cárcel de Coco

Por Maite Amaya desde el Penal San Martín, en Córdoba

No es novedad que las personas detenidas lleguen a autoagredirse para reclamar por un derecho tan elemental como la atención médica. Coco lo intentó.

“Me llamo Coco Contreras, hace seis años que estoy privada de mi libertad, estuve un año en la cárcel de Bouwer, hace cinco que estoy en el Penal San Martín. Y hace dos años y ocho meses, que estoy en el Pabellón 1º.”


            Coco es una travesti de 27 años. Está privada en un penal de varones. Lo supe porque participo de la Coordinadora Antirrepresiva y un día, una militante de derechos humanos nos contó que dos travestis se encontraban detenidas en el penal. Una de ellas en condiciones calamitosas. Con un delicado cuadro de salud. Viviendo con VIH. Torturada, abandonada, desoída, mal alimentada, en condiciones antihigiénicas y sin apoyo externo. Entonces, me dirigí rápidamente a la cárcel. Averigüé cuándo era el horario de visita y comencé a ingresar.


            Las tardes dentro del pabellón tienden a ser grises y frías. Pero nuestro compañerismo travesti logra imprimirle cálidos violetas, a veces rojos, amarillos, carcajadas y mucho amor. La cárcel hace parte de un dispositivo de control de la pobreza. Delincuencia hay en todos los estratos sociales, sólo que lxs poderosxs no van a la cárcel. ¿Qué hacer con la pobreza? Exterminarla, es la respuesta política en el actual sistema de hambre, gatillo fácil y cárcel: la población carcelaria en general está detenida por atentar contra la propiedad privada. Algo terrible es que la mayoría de las personas privadas de su libertad esperan un juicio, sólo están procesadas. Ni siquiera tienen veredicto de culpabilidad.


            En medio de este desalentador panorama tejimos solidaridad dentro del penal. Espacio al que empezamos a ir desde hace diez meses. Los días de visita se han transformado en espacios de reflexión, formación y debate. Hoy también de entrevista, para la cual Coco se prepara humedeciendo sus labios.  


             —¿Cómo te sentís alojada en un penal de varones? —Pregunto. Coco sonríe y me flecha con su profunda mirada.


            —Y… Supe darme mi lugar. Me hice respetar. ¡Costó hacerse respetar, eh! Pero ahora me tienen un cariño inmenso. Nunca tuve nada y lo poquito que he tenido siempre lo he brindado a los otros. Durante varios años peleamos nuestro género con las autoridades. Poder usar el pelo largo fue una lucha fuerte. Con diferentes autoridades. Poder andar de tacos y maquillarnos nos hace muy bien psicológicamente. Costó pero conseguimos que se nos respete. En 1997, travestis y personas viviendo con VIH estábamos apartadas. Nos aislaban por discriminación. Hasta que peleamos por la integración con el resto. Cada una peleó a su forma hasta que finalmente lo conseguimos.

“Poder andar de tacos y maquillarnos nos hace muy bien psicológicamente. Costó pero conseguimos que se nos respete.”

La situación de encierro deteriora notablemente la salud psicofísica de las personas. Es común la perdida de la visión, el deterioro de las articulaciones, la baja de peso debido al hambre. Aparecen lesiones mal curadas, problemas respiratorios por la humedad y el frío, entre otras consecuencias. Pero en una persona inmuno deprimida, el encierro acarrea riesgo mortal. Coco estuvo internada, sin poder caminar. Con fiebre excesiva, varias enfermedades al mismo tiempo. Dice que tomó medicación vencida comprada de emergencia por el Estado a Brasil, achicando costos pero sin control sanitario. Llegó a estar muy crítica de salud, la desnutrición la estresó mucho, quedó casi calva, le faltó atención médica y sin medicación, empeoró su situación. Reclamar atención médica adentro de la cárcel le supuso una nueva situación de tortura ya que era amarrada de pies y manos a la camilla y a veces le ataban el mentón para que pudiera comer con la boca, como los perros. Hasta que no aguantó mas y se rebeló.


            —¿Qué pasó el 30 de abril?


            — Cansada ya de las promesas del Servicio Penitenciario, hice valer mis derechos. Puse la última ficha que me quedaba, puse mi vida en juego. Me auto agredí, cortándome. Me intenté ahorcar y se cortó la soga y prendí fuego la celda para quemarme viva. Porque ya no aguantaba más… Pedía ayuda y la autoridad se me burlaba. Cuando hice esto, tanto el Director como el subdirector, subdirectora y jefe de seguridad demostraron interés.


            —¿Qué conseguiste revelándote?


            —Lo que conseguí con esta revuelta es la actualización de la faz que tenía demorada hace mas de un año: la 4 es una faz de confianza para andar por la cárcel “libremente”, aunque la ley dice que me deberían mandar a una cárcel semi abierta, eso sucederá recién de acá a seis o siete meses. Conseguí que la dirección me llame para consultarme acerca de la alimentación con el propósito de mejorarla, también para revisar el funcionamiento del hospital y el trato del personal hacia lxs internxs. Para ver si mejoramos aunque sea un poquito la calidad de vida de las personas privadas de libertad.


            —¿Cómo estas ahora de salud?


            —Hoy mi salud esta mejorando muchísimo. Se debe a la ayuda de la gente de afuera que aporta alimento, medicamentos y mucho cariño para no sentirme sola. Mis defensas están más altas, que hace diez meses. Hoy tengo más cabello. Pero llegué a tener un cuatro por ciento de las defensas base del sistema inmunológico: llegué a pesar 52 kilos, mi peso normal es 70. Ahora peso 60 kilos. Estoy desnutrida. Estuve con diarrea más de 2 meses. No tenía aquí adentro nada para calmar la diarrea. Tengo gastroenteritis por tomar la medicación para el VIH sin una dieta acorde.             —¿Cómo hacés ahora para que te escuchen?


            — Ahora porque saben que tengo respaldo de gente afuera. Tienen mucha presión para que la situación carcelaria cambie. La autoridad me respeta porque dialogo con mucha firmeza. Si ellos me respetan, los respeto. Si no me respetan, les devuelvo la misma moneda. Una de las cosas principales que logré desde este lugar es que nos llamen por nuestro nombre de elección, autoridades, empleadxs y pares. Cuesta hacerse respetar, pero me mantengo firme.


            —¿Por ejemplo?


            —Anoche reclamé la comida a las nueve de la noche. Se lo reclamé a un empleado. Por cómo me trató le tuve que decir que me respetara. Me dijo de todo. Y le dije que si yo lo trato como él me trata a mí me castigan, sin embargo él puede faltarme el respeto. En general, eso ya no sucede. Ahora nos prestan atención y respetan porque saben que afuera hay gente dispuesta a manifestar para que se respeten los derechos humanos. Y saben, porque les dije, que cuando salga voy a reclamar para que me devuelvan mi salud y voy a trabajar junto a la gente que hoy me visita en la cárcel para difundir mas lo aquí sucede, visitando gente y denunciando los atropellos.


            —¿En qué condiciones está la cárcel ahora?


            —La cárcel está muy mal. El servicio médico y la alimentación están muy mal… La cena viene a las 18.30 hs pero el jueves por ejemplo vino a las 21.30 y era un revoltijo todo crudo de avena y carne. Ayer no hubo almuerzo, estaba en muy malas condiciones y lo tuvimos que devolver. No hay dietas específicas para diabetes y VIH. A los bifes hay que hervirlos entre 4 a 6 horas para que se ablanden. Los miércoles y sábados dan verduras, pero como la mayoría viene podrida es muy poca la que se rescata.


            —¿Decías algo del hospital también?


            —Al hospital lo están arreglando, pintado, pero no hay una asistencia regular y no hay medicación. Cuando entra medicación a la cárcel es porque la traen los familiares de lxs internxs.


La cárcel es un basural. Los baños no están en condiciones. Las cloacas están al aire libre, las letrinas siempre sucias. Están goteando agua constantemente. Cuando hace calor el olor es aun más fuerte.


            —¿Cómo te las arreglas para bañarte?


            —Ahora en invierno me baño dentro de mi pieza. Porque casi no hay agua caliente. Hay un sólo termotanque pequeño para 76 personas, aunque a veces llegamos a ser 120 en este pabellón y lo compartimos con otro pabellón, así que a veces lo usamos 200 personas más o menos. En verano me baño tipo 3 de la mañana porque ya no hay tipos a esa hora en el baño.


            —Contame cuántas personas hay en el Penal hoy, y cómo están distribuidas.


            En el penal somos 790 personas y a veces muchas más. No hay políticos poderosos, la mayoría está por robo, algunos por tráfico. El pasillo central es un shopping, los pabellones son villas miserias. La cárcel tiene tres centros: en el tercero están los que tienen mala conducta. En el segundo, los que tienen conducta media y pelean por llegar al uno. El primer centro es la posibilidad más cercana a la calle. Este es un barrio residencial comparado con los otros. También hay pabellones especiales para policías, sus parientes y personas relacionadas con el poder político.


Hay un hombre que además de estar preso es testigo de los crímenes de la dictadura y está aislado por el cuidado de su vida. Está amenazado de muerte.


            —¿Trabajás dentro del Penal?


            —Laburé cuatro años en industria. En imprenta un año, cuatro horas diarias. Hoy trabajo limpiando la cacona de las palomas en el parquecito de la cárcel. Me pagan 82 pesos mensuales de bolsillo. Me retienen 100 pesos por gastos personales y 400 pesos me guardan para cuando salga.


            —¿Estudiás?


            Estudio microemprendimiento y electricidad. Estoy en el taller de periodismo. Como militante siempre escribo en la revista del taller.


            —¿Cuántas visitas recibís? digo, y ella enciende un cigarro e interrumpimos la entrevista para calentar una pava y tomar unos mates con peperina.


            En estos años recibí tres visitas de mi hermano. Desde el año pasado, me visita una vez al mes mas o menos, una militante de derechos humanos y a través de ella conocí a mi hermana patagónica, también travesti y militante. Ella me escucha reír y llorar mis amarguras, y la vivo jodiendo.  Recibí por primera vez un paquete con comida en el año 2007. Era de mi padre. Yo no sabía qué hacer, nunca había recibido un paquete. Él vino a visitarme esa vez nada más… Cómo lloré ese día. Nos miramos a los ojos, yo lloré, pero él sonrió y me mostró la dentadura que yo le había hecho mandar a hacer. Me agradeció, y todo por los dientes. Le dije que era para que viera que los putos no somos malos. A pesar de que en mi infancia me hacía tratar por muchxs psicólogxs porque yo era marica.


            —¿De dónde sos?


            —De Choele Choel. Tenía 8 años cuando falleció mi mamá, era muy golpeada por mi papá. Ella me amaba. A los 12 me fugué de mi casa y desde Choele Choel me vine a dedo a Córdoba. Hasta los 13 años estuve en un instituto de menores, di el nombre de mi tía que vivía en Córdoba. Y la contactaron y se hizo cargo de mí. Desde pequeña laburé y me manejé independientemente. A veces hacia shows. Mi tía nunca me quiso. La llamé la semana pasada y me dijo que me iba a traer un paquete el martes, pero nunca vino.


            Coco tiene con un gesto de resignación en la cara, a veces parece que fuera a romper en llanto, pero prefiere respirar profundo y alcanzarme un mate …


            —¿Alguna vez volviste al pueblo?


            —Una sola vez, a visitar a mis hermanos. Y me alojé en un hotel para no incomodar a nadie.


            —¿Cuál es el color que más te gusta?


            Uno de los colores que más me gusta es el verde.


            —¿Y la estación que más te gusta?


            —Me gusta la primavera.


            —¿Qué mundo te gustaría que construyamos?


            El mundo que me gustaría es uno donde todxs seamos iguales.     


            ¡Qué bueno! Es el mismo por el que quiero luchar yo le contesté emocionada. Creo que lo construimos día a día con nuestras rebeldías, desde diferentes lados. Haciendo lo que hacemos, al fin y al cabo la solidaridad desconoce muros y rejas. Cuando nos lo proponemos vencemos la seguridad de nuestros verdugos.


 La realidad carcelaria es extrema. Las cárceles son campos repletos de pobres. La tortura, la destrucción de la subjetividad, el deterioro físico y psicológico son constantes y generalizados. La situación se agrava para personas con problemas de salud crónicos. Particularmente para personas que viven con VIH.


            En travestis, la exposición a violencias de todo tipo, principalmente el abuso y la violación de nuestros cuerpos es sistemática en comisarias y cárceles de la mano de la negación del derecho a la identidad femenina, el no respeto de nuestro nombre de elección y el permanente maltrato extra por ser quienes somos. Luego, la discriminación y segregación de travestis en la sociedad en la que vivimos será doble en las travestis que tengan el peso de ser ex convictas. Lejos de reinsertarlas, la cárcel les ha robado un pedazo de sus vidas y les ha empeorado el panorama para la salida.


            Las visitas travestis no corremos mejor suerte. Somos basureadas por el sistema de penitenciario del Estado. Al igual que a las mujeres, las requisas son denigrantes. Pesa sobre nuestros cuerpos el manoseo y la exposición de nuestras partes. La diferencia con las mujeres es que las travestis ingresamos los días de visita masculina dado nuestro registro legal, y somos requisadas por personal masculino.


            En 2005, se realizó una encuesta llamada “La gesta del nombre propio” en la que apareció la comisaría como el lugar donde recibimos mayor violencia. El aparato represivo heredado de la dictadura aún sigue intacto en esos sistemas y nos sigue golpeando.


            Cuando charlamos con Coco adentro de la cárcel, debemos aclararnos que afuera tampoco somos libres, aunque no es lo mismo estar en un campo de concentración del Estado a estar vigilada y castigada fuera de la cárcel. Pero la lucha por nuestra libertad es tan necesaria adentro como afuera.


            A veces, en medio de nuestra charla se siente el grito de: ¡¡Visitas!! Y de repente es como si nos chocáramos con la copa de algún árbol. Caemos a pique en nuestro viaje. Es el guardia que nos está sacando. Nos pide que nos vayamos a las que dormimos afuera. Me preparo y me voy. Con una inmensa presión en el pecho, porque ella queda adentro, ella y tantxs otrxs. A veces, me voy llorando y siempre con muchas ganas de volver a verla. Me voy pensando qué más hacer para que sea dentro de muy poco, que como a mí, a ella, también le abran la puerta de salida pero sobre todas las cosas me voy sabiendo que de alguna manera, estamos agrietando el muro.