Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº3/2008

¿Valió la pena?

Por El Teje

Adriana tenía 16 años cuando un primo la invitó a bañarse en el río, y aquello que empezó como una violación terminó cambiándole la vida. Fabiana, en cambio, acaba de pasar por Buenos Aires; es una de las dos únicas travestis de Zapala, se pasó la vida haciendo dedo y todavía sueña con ponerse un bar adentro de un trailer. Otras dos historias tan reales como la tuya.
Si querés contar la tuya escribinos a Altoteje@gmail.com

El 20 de Junio de 1968 nací en Concepción, provincia de Tucumán, en una familia muy humilde.


Único hijo varón con dos hermanas mayores.


Mi padre, de origen santafesino y de profesión maquinista de ferrocarril; mi madre, ama de casa y tucumana de nacimiento.


Tuve una infancia feliz, por lo menos para mí, no sé cómo lo pasarían mis padres para tener lo necesario para la subsistencia.


Mi padre viajaba periódicamente a donde lo enviaban del ferrocarril.


Pasaban meses de estar las cuatro solas en casa, cuidando los animales, gallinas, cerdos, y las plantas. Comíamos, muchas veces por obra y gracia de la huerta donde había toda clase de hortalizas, vegetales, y frutas. Éramos felices a pesar de todo.


Mis hermanas asistían a clases como alumnas regulares en un colegio nacional, después llegaría mi turno.


Termino sin demasiados sobresaltos el colegio primario, luego llega el traslado de mi padre a la provincia de Córdoba, con una mejor perspectiva de vida, algo un poco más civilizado, la gran ciudad, basta de  campo.


Me inscriben en una escuela técnica, donde curso el colegio secundario, un bodrio, doble turno, entre máquinas, olor a grasa y autos destartalados, haciéndome infinitos cortes en las manos con los trabajos prácticos de la hojalatería. Debo escoger entre algunos oficios, elijo electricidad, voy a ser técnico electricista, con diploma y todo.


Me gustan las chicas, pero soy tímido, no me animo a hablar, no existen revistas pornográficas ni de desnudos, ni mujeres que muestren sus atributos por la tele.


A las 21 horas máximo, todo el mundo en casa, hay toque de queda, nadie sale, gobiernan los militares. El mayor de los desajustes, es ver el teleteatro de Darío Vittori o el horror que después no me deja dormir de Narciso Ibáñez Menta.


Todo es imaginación y cuentos. A tal punto llega mi ignorancia en el tema de sexo que pienso que la concha de una mujer está bajo su ombligo. En la Radiolandia salen chicas con bikini y yo les dibujo una raya donde creo deben tener ese objeto de deseo y me masturbo.


Un día el milagro se hace, un pibe del curso me muestra una revista pornográfica totalmente destruida, ajada y descompaginada, veo que nada de lo que imaginaba era real.


¡¡¡Las cosas que hacen esas mujeres!!!


Llego a mi casa, y no puedo comer por el asco que tengo.


Me siguen gustando las mujeres. No veo la hora de tener 18 años para poder entrar al prostíbulo o al cine para ver a la diosa Isabel Sarli.


Cuentan que hay una película muy atrevida donde el tipo le unta manteca en la cola a la mujer para sodomizarla, “El último tango en París”.

Mi madre me sorprende con ropa de mi hermana, le dice a mi padre, él me da la paliza de mi vida y me tira toda la ropa a la calle. Me voy a Córdoba.

¡Lo que me estoy perdiendo!


La imaginación a  mil.


¿Qué puedo hacer?


Otra vez el traslado,  Tucumán de nuevo, lo que no hice en la ciudad, en este lugar menos voy a poder.


Ahora mi búsqueda se orienta por otro lado.


Las bombachas de mis hermanas.


Quiero sentirlas, para imaginar, me las pongo, me gustan, no me las quiero sacar, una de ellas me descubre y lejos de enojarse me ayuda a producirme, me pone su ropa, me pinta los labios, me gusta mucho eso.


Un primo me invita a bañarnos en el río, el tipo sabe que algo no va bien en mí, es más grande, tiene 24 años.


Me tira al suelo y me viola. Con dolor, asco, pena, no sé cómo describirlo, me amenaza, dice que me va matar si hablo.


Me quiero morir, tengo 16 años.


No duermo, casi ni me alimento, mi madre no sabe qué me pasa, no puedo decir nada.


Después de unos días pasa el dolor, el miedo, el remordimiento, vuelve la excitación y me digo a mí misma, al fin y al cabo no voy a conocer la concha pero sé exactamente lo que siente una mujer…Y no me desagrada, voy a probarlo de nuevo.


Así una y otra vez en el río, en el campo, siempre con el mismo compañero.


Mi madre me sorprende con ropa de mi hermana, le dice a mi padre, él me da la paliza de mi vida y me tira toda la ropa a la calle.


Me voy a Córdoba.


Mi hermana mayor me alberga un tiempo, empiezo la facultad, pero sin dinero tengo que dejar.


Al marido le ofrecen un trabajo en el interior, acepta y quedo en la calle.


Un último consejo que recibo: “cobrale a los hombres”.


Estoy en la calle, sin nada, sólo un bolso con la ropa, esa noche duermo tirada en el piso de la terminal, unas minas que laburan la calle me dicen que las acompañe.


Viven en la villa, “acá te podés quedar, un plato de comida no te va faltar”, les cuento de mi condición, y me dicen: aquí viven varios como vos.


A partir de ese momento dejo de llamarme Marcos y me transformo en Adriana.


Soy Adriana para toda la villa.


A la semana ya estoy en la ruta con algunas de mis nuevas compañeras.


Me dicen lo que tengo que hacer.


Los tipos ni me miran, tengo el pelo corto, no tengo pechos, quien va querer eso.


Para lo único que se acercan es para preguntar si yo les pago a ellos.


Hormonas y aceite es lo que te falta, me dicen.


Lo hago, una infección tremenda me tiene en llamas y tirada boca abajo por 3 semanas. Mi nueva familia estuvo todo el tiempo a mi lado.


Paso el mal trago.


Magia, tengo tetas, el culo es más grande y redondo, soy alta, el pelo no está muy largo todavía, pero estoy lista.


Son otros tiempos, la democracia está en pañales, la policía nos persigue, somos muy pocas en la calle. El carnaval es la mejor fiesta para nosotras, podemos salir sin miedo a que nos caguen a palos.


Nadie nos quiere.


Pronto me doy cuenta de que fuera de la villa nadie me habla, me esquivan, me miran de reojo, lo mismo que a las otras, somos como aliens.


En la calle nos golpean, nos roban, hacemos la denuncia, y somos nosotras las que vamos al calabozo.


Si alguna muere la levantan y la tiran en cualquier pozo, como a un perro, a nadie le importa nuestra suerte.


Con el paso de los años y bien entrados los noventa, las cosas cambian un poco, parece una moda estar con travestis, los hombres nos buscan, cada vez somos más en la parada.


Habíamos comenzado 6 y somos más de 14 ahora.


Otro poco se desparrama por las otras esquinas. Parece un boom.


La policía ya no molesta, sólo para pedir plata o sacarse las ganas cuando están calientes.


En esos años conozco mucha gente, buena y de las otras también.


Veo morir compañeras por las drogas y el alcohol, los clientes que se ponen violentos y matan, pero lo que más daño hace son las siliconas, no menos de 8 chicas en menos de un año. El sida ya es una realidad, pero no es tan mortal como los aceites.


Un enamorado casi me mata a puñaladas, estuve muy mal, me salvé de milagro.


Comienzo una nueva relación con mis padres después de esto, están solos viviendo en Santa Fe, me piden que los acompañe.


Mi etapa de prueba, de experiencia, dolor y gozo está cumplida, me retiro a cuarteles de invierno.


Me voy al pueblo y de nuevo, siento todo el desprecio y falsedad que la gente puede tener por personas de mi condición.


Otra vez, nadie me habla, todos me esquivan, los hombres cuando nadie los ve me dicen cosas, me hacen proposiciones, siempre a escondidas, pero lo peor de todo, no hay un trabajo digno para alguien como yo.


¿Valió la pena?


 


Por Adriana