Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº1/2007

Una sarmientina

Por Por Ana María Cutini

Una sarmientina

Mi nombre es Ana María Cuttini. Nací en Capital Federal, en el hospital Penna. A los dos años, como mi madre era oriunda de Tucumán, me llevó para allá. Ahí me crié hasta los doce años, cuando vine a Gregorio de Laferrere con una tía. Pero antes pasé una pequeña etapa en Rosario. Era novicia con votos temporales en una congregación religiosa –los votos perpetuos no pude tomarlos por mi condición sexual. Papá no conocí porque mi mamá me tuvo soltera. Estuve con ella hasta los nueve años.


A mí siempre me gustó la enseñanza. Desde chica, mi personaje histórico favorito fue Sarmiento. También me gustaba la literatura, me acuerdo que en la primaria me hacían bailar y cantar los temas de María Elena Walsh.

Empecé a tomar hormonas y a aplicarme una crema que se llamaba Homotex en todo el cuerpo. Después tomé la Microgynol como las mujeres, una por noche. En mi mentalidad yo esperaba el sangrado. Lo decía en el prospecto: después de los 21 días se produce el sangrado.

En Tucumán, cuando yo llegué todo giraba en torno a la zafra, a los famosos ingenios. Ahora no viviría allí a pesar de que cuenta con una Universidad muy buena, lo veo muy pueblerino.


Mi mamá tiene poca preparación cultural, solo hizo hasta sexto grado. Es instructora en guitarra –yo cero en guitarra– pero nunca ejerció porque siempre trabajó de lavandera. Cuando le conté el tema mío, se armó como una revolución; en esos años era un tabú.


Ya las maestras le habían dicho: “Mire, vemos que su hijo no comparte en el recreo con los nenes, lo vemos que comparte más con las nenas. Además es muy retraído, muy callado”.


Entonces yo en determinado momento le dije a mamá: “Mamá, yo tengo que decirte algo”.


-Ajá ¿y qué tenés que decirme?
-Yo soy biológicamente hombre pero no me siento hombre.
-¡Cómo me decís que no sos hombre! ¡Yo te tengo que llevar a un psicólogo!
-Mamá, te digo que no me siento un hombre.
-¡Pero si yo te cambié los pañales!
-Mamá, voy a recorrer cielo y tierra –esas palabras le dije–, todo lo que exista, pero algún día yo voy a ser una mujer.


Ella fue, lo comentó con mis tías y les dijo: “Yo tengo un serio problema”. Que yo hiciera esa declaración en mi familia ¡sabés lo que fue! Cuando yo terminé la escuela primaria e ingresé al secundario, me negué totalmente a hacer educación física porque practicábamos en un club y yo ni loca compartía el vestuario con los chicos ¿Ponerme los pantaloncitos cortos de gimnasia? ¡Por favor! Me llevé la materia por no concurrir a clases de educación física. En la escuela siempre fui mirada como la maricona.


Mi mamá se volvió a casar y tuvo otro hijo al que se abocó mucho. Y como justo una tía quedó viuda y con hijos grandes se ofreció a hacerse cargo de mí. Un juez de menores le dio la guarda y me vine con ella a Buenos Aires.


Mi tía me aceptaba un poco pero para ella yo era gay. “¡Cuántos gays hay que son profesionales y pueden trabajar! Pero si vos te convertís, vas a sufrir toda la vida. Te pueden perseguir, un psicópata te puede agarrar en la ruta y matarte”, me decía. Yo le dije: “Tía, yo igual asumo todos los riesgos”. “Bueno, pero yo acá no te quiero ver vestido de mujer, así que te vas”.


Y me corrió mi tía. Yo hasta ese momento no había conocido a nadie del ambiente en Laferrere. Vivía las 24 horas del día y la noche en casa de mi tía. Ella era curandera, la famosísima Hermana Ema. Desde que llegamos de Tucumán, yo me dedicaba a dar numeritos a la gente que iba a verla, servía el café, limpiaba el baño, no tenia que preocuparme por trabajar: tenía la comida, mi tía me vestía, me calzaba. Cuando mi tía me corrió ¿qué hice? Con una bolsita y dos, tres ropitas, empecé a caminar. Cerca de la casa de mi tía había un club. Me puse a mirar cómo jugaban a la pelota. De repente vino un micro y vi bajar unas chicas todas rubias con plumaje, lentejuelas, lolas. Las miré y ellas me miraron a mí.


-Ay ¿cómo te va? ¿Cómo te llamas? Sos una nena ¿no?
-Sí.
-¿Qué te pasa?–. Yo estaba llorando–.
- Mi tía me corrió porque tengo esta condición sexual.
-No te hagas problema. Mirá, yo vivo sola así que venite conmigo.


Era la famosa tía Eloy, una travesti de acá de Laferrere que murió el año pasado y que tiraba el tarot y salía en las murgas. Empecé a tomar hormonas y a aplicarme una crema que se llamaba Homotex en todo el cuerpo, en los pechos, la cola, las piernas, para ir dándole forma. Era algo que te iba afinando la piel medio rústica porque era hidratante y humectante. Después tomé la Microgynol como las mujeres, una por noche durante 21 días. En mi mentalidad, yo esperaba el sangrado. Fantaseaba con eso, decía: “Bueno, ahora viene el sangrado”. Lo decía en el prospecto: “Después de los 21 días se produce el sangrado”.


Mi gran problema empezó a ser el económico. ¿Qué me quedaba? O prostitución o brujería. A la prostitución no le veía un sentido, no estaba preparada para eso. Al lado de mi tía yo había mamado de tarot, de parapsicología. Entonces me dije: “Yo voy a seguir eso”.


La tía Eloy dirigía una comparsa que se llamaba “Los reyes de la Matanza”. Entonces me convertí en vedette. Ella me diseñó el traje y yo fui pegando las lentejuelas. Era una malla enteriza, con un armado para levantar el busto, y atrás salía el armazón para el tocado de plumas. Tenía botas también con lentejuelas hasta la rodilla en plateado, negro y azul con arabescos, con un casco pegado que me dejaba los rulos sueltos. Y un día me encontré desfilando en las comparsas, hicimos Capital, Liniers, Morón...


También bajamos en Laferrere. Para mí bajar ahí fue el bum. Primero porque me conocían, incluso le llegó a mi tía el comentario de que yo era una vedette que estaba desfilando en plena Avenida Luro. ¿Te podés imaginar lo que fue eso? Había logrado sacar un cuerpo con las hormonas que hasta las mujeres se daban vuelta para mirarme.


Yo pasé cosas muy feas. Cuando me tocó la colimba, llegué al distrito militar y nos hicieron poner a todos en hilera y desnudarnos. ¡Lo que fue estar desnuda ahí delante de todos esos pibes! ¡Cómo me miraban! Hasta que llegué a la balanza, y miraron tres veces lo que pesaba. Con sólo cargarme el arma me caía doblada. Enseguida se dieron cuenta de que tenían que firmarme la libreta y afuera. Yo tenía la fantasía de que te sellaban en rojo con un O.A.D.: Orificio Anal Dilatado. Cuando vino lo de Malvinas, estaban incorporando a toda la gente, incluso a personas con número bajo, pero yo formé parte de la iglesia. Estaba bajo bandera eclesiástica porque en el ‘82 formaba parte de la congregación Don Orione.


Siempre tuve algo de mística. O a lo mejor me atraía la sotana que yo veía como una pollera...Tenía


nueve años cuando me mandaron a hacer la comunión. Yo iba y miraba al cura, y ese hábito que tenia el cura ¡lo quería tener! Como el hábito de los franciscanos era como una pollera larga marrón, atada con un cordón, me corté un pantalón y me armé un hábito franciscano.


Con mi tía al final me reconcilié y estuve con ella hasta el día de su muerte. Recién ahí yo fui Ana para ella. Cuando yo me fui, ella no tenía noticias de mí pero sus clientas le empezaron a decir: “Nosotras la vimos a su sobrina. Ahora es mujer y tiene pelo largo”. Un día, una chica travesti que estaba en casa, me dijo: “Te busca una señora”. Salí a la puerta y ¿quién estaba? Mi tía con una nietita. Lloramos y nos abrazamos. Ella me dijo: “Yo cambiarte no te voy a poder cambiar, pero sí quiero tener siempre noticias tuyas, porque te puede pasar algo y yo quiero estar ahí. Cuando puedas date una vuelta por casa”. Empecé a ir una vez por semana a tomar el desayuno y después me fui quedando. Después mi tía se enfermó -era diabética- y tuvieron que cortarle las piernas.


Yo creo que fui logrando vencer los prejuicios. Cuando yo salgo de casa para el profesorado -ahora estudio historia- o a dar mis clases, todo el barrio me dice “hola Ana”. Algunos me dicen “hola Anamá”, por Anamá Ferreyra, porque mi sangre es afrolatina. Pero el nombre que yo adopté es Ana María. Por mi tía y porque me gustaba mucho Ana María Picchio, sobre todo cuando hizo “Hola Pelusa”, en la que se tenía que vestir de varón para trabajar. Era una version remake de “Me llaman gorrión”.