Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº4/2009

Sisí es Madame peluquera

Por El Teje

Si querés contar tu vida de novela sin censuras escribinos a altoteje@gmail.com

La pobreza es un estigma para mí, una cruz que llevo porque me cuesta tanto salir de ella, todo me cuesta tanto sacrificio. Y no me hago la víctima, desde que nací esa sombra me acompaña. Vengo de una familia muy humilde, de Córdoba capital, más precisamente del barrio Argüello, pobre si los hay. Cuando tenía once años nació mi hermano menor, mi bebé porque yo lo crié. Él fue el hijo que nunca tuve y se suicidó a los veintidós: fue el gran amor de mi vida. Mi madre tuvo dos hijos con su primer pareja, eran mayores que yo. Con mi padre tuvo tres hijos de los cuales yo soy la mayor, luego vino una hermana y por último mi hermanito que tanto amé, pero de momento no voy a hablar de él porque no me hace bien.


¿Mi padre? Mi padre, un cero a la izquierda, machista y castrador en todo y no solamente conmigo. Jamás me hizo daño, jamás me cuestionó nada pero escasamente me dirigía la palabra. ¿Mi madre? Mi madre era un ángel, capaz de dar la vida por cualquiera de nosotros y en especial por mí. No lo tomo a mal pero creo que mucho de mi condición sexual se debió a la sobreprotección que ella me dio siempre. Era tan protectora conmigo que mi hermana menor tenía diez años y andaba en la calle con una gomera y a mí que tenía catorce no me dejaba ni asomar a la puerta. Siempre estaba con ella cocinando o haciendo los quehaceres de la casa.


A pesar de ser la del medio (¿conflictiva seré?) siempre me sentí la mayor de todos porque mis medios hermanos no vivían con nosotros. Mi padre, que era tan castrador, no le permitió a mi mamá tenerlos con ella, entonces fueron criados por mis abuelas. Además de sentirme la mayor, mi familia me crió siempre como una nena y yo, inconscientemente era una nena y no tuve


problemas, salvo con mi papá que era muy machista. Entiendo que lo sufrió mucho, pero siempre hizo la vista gorda y casi ni me hablaba.

Me disfrazaba porque no se podía vivir de otra manera: era plena época de gobiernos militares y caíamos presas todas las noches, fue hace treinta años y nos juntábamos en el primer boliche gay de Argentina.

¿El barrio? El barrio donde crecí era muy humilde pero muy poblado. Allí todos me conocen como “El Roberto” o “El Gordo”, porque era gordito de chico. Toda mi infancia la viví como si fuera una nena y en el barrio todos me trataban como si lo fuera porque hasta me ponía de novia con mis vecinitos. El gran conflict apareció cuando comencé el colegio secundario. Para seguir estudiando tuve que ir a la ciudad, ahí me gritaron por primera vez: “PUTO”.


Lo recuerdo como si fuera hoy: estamos jugando, todos varones, jugamos a empujarnos, giladas que hacemos los adolescentes —yo tengo 13 años— y estoy gritando como una loca, siempre grito así, pero esta vez estoy gritando como una loca en un colegio de varones. De repente uno me grita:


—¡Puto! —Se hace un silencio.


—¡Puto! ¡Puto! —Grita otro y lo repite. Y de a poco se van sumando los demás.


Esa fue la primera vez que me sentí discriminada y fue un golpe terrible para mí. Jamás me habían discriminado así, de hecho no me había dado cuenta de mi inclinación sexual, desde mi inocencia pensaba que yo era una nena… ni siquiera había tenido relaciones sexuales.


Igualmente, a la gran discriminación que sufrí en mi vida siempre la enfrenté, ya desde chica lo hacía. De hecho no terminé el secundario, hice hasta cuarto año y me echaron, y a mi entender por discriminación. Admito que yo era tremenda porque di un vuelco muy grande cuando empecé primer año, pues me revelé contra todos estos tarados que me gritaban puto. A esto hay que sumarle que yo no podía decir nada en casa. Para mí fue una edad muy difícil, pues comenzaba a tomar conciencia de lo que me pasaba y tenía una locura en la cabeza porque al darme cuenta, al tomar conciencia de mi situación, intentaba o pretendía ser algo que no era, trataba de ser varón y no podía. Incluso ni las chicas me veían como chico.


Del colegio entonces me expulsaron pero desde primer año tenía una regente que además era la profesora de Historia. Pegó muy buena onda con mi mamá. Por eso tengo la sospecha que la llamó y le contó cuáles eran mis actitudes. Para ese entonces yo vivía peleándome con todos. Me decían puto y me trenzaba. Me hacían re cagar muchas veces pero igual me peleaba. Me defendía con patadas, pedradas, con palos, mochilazos, lo que sea y tenía a mano cualquier cosa que sirviera para pegarle al otro. A partir de ahí, la regente me hizo la cruz y libró una persecución en mi contra. Me perseguía en todo, me bajaba notas, me ponía siempre un punto menos. Si me distraía, paraba todo, me nombraba y me pedía que repitiera lo que ella estaba diciendo.


En segundo año tomé coraje y pasé a ser líder del curso, pero líder entre los peores. Los más rebeldes éramos tres: uno era un chico que vivía en una villa, el otro era un loco de muy buena posición y la última era yo. Éramos los tres muy amigos y ellos me ayudaron a defenderme. Realmente fue una amistad muy bella e inocente pues nunca me pidieron culear o algo así, no, yo tampoco tenía intenciones. Y como era líder, donde había quilombo estaba yo.


Hora libre. Estoy en cuarto año: algo preocupado porque de doce materias que tengo me estoy llevando ocho. De repente entra la regente, anuncia que el profesor faltó. No nos dejan salir al patio y nos encierran en el aula. Uno de mis compañeros golpea un banco, arma una batucada con ritmo contagioso, se van sumando otros en el mismo compás. No puedo resistir la tentación de bailar, ya todos saben todo, estoy re asumida, me subo al escritorio y bailo al son de los golpes. De pronto se abre la puerta y entra la regente. Ni amonestaciones: directamente expulsada del colegio.


Gracias a la expulsión conocí a mi primer novio. El primer hombre de mi vida, el hombre que me enseñó lo que mi padre no me enseñó. Fue el papá que nunca tuve. Cuando me echaron del colegio estuve un mes y medio sin decir nada en casa y como no me expulsaron a mí sola sino a otros dos chicos que estaban bailando conmigo, hacíamos como si todavía fuésemos al colegio. Pero nos quedábamos en la calle. Poco a poco me fui quedando sola porque los chicos le fueron contando a sus familias que habían sido echados y ahí fue cuando conocí a Antonio.


Antonio tenía 25 años. Un día que habíamos salido nos agarró una lluvia increíble y nos fuimos a mi casa porque no había nadie. Nos sacamos la ropa porque todo estaba totalmente mojado. Y entonces veo su cuerpo, su torso y él ve el mío. Comenzamos a besarnos en el comedor de casa. Se escucha la puerta y veo la figura de mi padre y toda mi familia junto a ella. Nos vestimos rápidamente y acompañé a mi novio hasta la parada del colectivo y al volver nuevamente a mi casa mi padre me encaró:


—¿Vos sos puto? —directo y sin vaselina.


—Sí —respondí.


Veo cómo su cara estalla en cólera y prepara la mano para darme una trompada. Acciona con fuerza pero en ese momento una sombra salta sobre mí, se interpone entre mi padre y yo. Era mi madre que no tuvo miedo de enfrentar a mi padre y pedir para que mi familia entera me acepte. Antonio fue el que me puso Sisi, que en realidad tiene que ver con mi apellido: Lobato. Nélida Lobato había sido esposa de un coreógrafo chileno, Ever Lobato que a su vez había sido esposo de una vedette chilena importantísima llamada Sisi Lobato. En recuerdo a esa gran vedette me pusieron ese nombre. Hasta hoy la gente amiga de Mendoza me dice así. Llegamos ahí porque a los tres meses me fui de casa con mi novio, nos escapamos. Cosa que luego lamenté mucho. Sólo viví en la esa ciudad durante tres años y me volví. Fue una experiencia horrorosa. Me llevaba muy mal con la madre de mi novio porque me quería tener de sirvienta. Para colmo como yo me había ido sin un peso, estaba completamente atada. La madre lo ayudaba porque me quería de sirvienta. Discutíamos muchísimo, ella era una mujer de carácter. Mi marido sólo me daba plata para los cigarrillos y nada más, nunca tenía un peso. Entonces me puse a cosechar uvas, trabajo típico de varones pero con eso junté plata. Un día, esperé que él se fuera a trabajar y tras pelear con su madre, puse toda mi ropa en un bagayo de mano y me fui. Cobré y me vine para Córdoba.


¿El Antonio que hizo? Voló; voló corriendo a buscarme y seguimos juntos durante siete años más pero la convivencia en Córdoba no fue buena, porque a partir de ahí yo comencé a asumirme y conocí a otras locas y me liberé. Empecé a disfrazarme de mujer. Me disfrazaba porque vivir no se podía. Era plena época de gobiernos militares y caíamos presas todas las noches.


Hace ya treinta años de esto. Nos juntábamos en un boliche que fue el primer boliche gay de Argentina y quedaba en Córdoba. Era un piringundín de mala muerte y lo sigue siendo. La policía iba a apresarnos muy seguido hasta que llegaron a clausurarlo. Entonces, llenábamos baldes de vino e íbamos todas a la plaza a tomar alcohol con los milicos.


Cuando me separé de Antonio me largué de lleno al travestismo y a la prostitución. Poco a poco llegaron mis operaciones, primero la nariz, luego las lolas, me rellené las caderas.


En Córdoba, las chicas que nos prostituíamos estábamos divididas en dos grupos: las del centro y las negreras. El día 18 de julio, cuando atentaron contra la AMIA, nos llevaron presas a todas por razones poco lógicas. De ahí se inició un juicio y logramos abolir el artículo 19 que penaba el uso de vestimentas indebidas, pero no especificaba nada. Esto trajo aparejado que todas las chicas que trabajaban afuera del centro coparan las calles y que nadie pudiera hacer nada porque ya no estaba prohibido. Con el tiempo, mi mamá lamentablemente falleció pero ella sabía que yo me prostituía y no lo tomó a mal. Desde que se enfrentó a mi padre, si yo iba y le decía que me quería cambiar la cabeza, ella lo aceptaba. Durante sus dos últimos años de vida estuvimos distanciadas por culpa de mi viejo. Él era un hombre golpeador, era su forma de comunicarse y por eso nos peleábamos con mi mamá, pues ella siempre lo perdonaba. De lo que me arrepiento en esta vida es de la droga. Estoy atravesando un estado depresivo y necesito estar drogada todo el tiempo. Quizás es porque estoy con problemas de pareja, está cansado de soportar mis adicciones; pero hoy por hoy no estoy dispuesta a dejarlas. Sí tengo proyectos como terminar de estudiar y seguir kinesiología pero me cuesta concentrarme, quizás las drogas no me ayuden a eso y además mis problemas sentimentales no me dejan de atormentar. Me gustaría poder arreglar mi pareja actual y ahora que lo pienso bien jamás recibí cariño de mi padre, no tengo recuerdos de eso y creo que busqué en mi pareja a un padre que nunca tuve.


Actualmente trabajo de empleada doméstica pero también soy peluquera y me encantaría tener mi negocio propio. Tal vez mi próximo proyecto sea poner empeño para dejar las drogas y poder seguir creciendo.


Yo siempre digo que estaría bueno que la gente se pregunte: ¿Por qué creció tanto y sigue creciendo el comercio de las drogas? ¿Por qué cada vez se consume más? Es evidente que algo placentero te causan. Pero lo mejor es no probarlo.