Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº2/2008

No cualquiera es correntina

Por Katya Romero

Andrea odió a su madre porque la obligaba a vestirse de hombre: ahora es La Mami y cria a un grupo de travitas en la dureza del conurbano. Katia convirtió su vida en una novela para evitar un destino de fantasma en su pueblo de Corrientes y Naty se enamoró de la televisión antes de hacerse travesti. Ninguna de ellas es parte de una historia de folletín aunque podrían serlo; son historias tan reales como la tuya.
Si querés contar la tuya escribinos a: ALTOTEJE@GMAIL.COM

Yo nací en el campo, a treinta kilómetros de Goya, en Corrientes. Soy el mayor de ocho hermanos. Mi papá era encargado de una estancia y seguramente soñaba con tener un hijo así como él, que montara a caballo, supiera de aperos, com­prar monturas, arriar el ganado. Pero yo ya desde los trece años era totalmente dife­rente. Todos los demás chicos de mi edad estaban "en la que tenían que estar" mien­tras que yo me sentía una mujer. De hecho ayudaba a mi mamá en la casa, cargaba con mis hermanitos más chicos, los cuidaba, los bañaba, mientras que los mayores ya salían al campo a cargar con los terneros, a bolear vacas.


Mi padre era muy machista y culpaba a mi madre de cómo era yo; ella cargó en su momento con un terrible problema del que en esa época ni siquiera se hablaba ni se veía. Por eso yo siempre digo que fuimos dos los que sufrimos -cuando él se dio cuenta, yo tenía 9 o 10 años-, porque le decía a mi madre: "Vos estás haciendo que tu hijo salga monflórico" Yo no sé qué palabra es esa, ¡para mí que es guaraní!.


A los trece años, decidí irme a Goya porque quería incorporarme en el ritmo de la ciudad, en el glamour. Entonces empecé a trabajar de mucamo cuidando a los niños de los patrones de mi padre. Después trabajé en un restaurante muy bueno, donde todo el mundo me conocía. A los dieciséis años me enamoré por primera vez. Era un hombre mucho mayor que yo y me hizo realizar mi sexualidad.


 

Ahora, si me preguntás si probé con una mujer, ¡sí! ¡fue un asco! (perdón). ¡Pero quería saber! ¡Ser normal! Imaginate que en Goya no existían los gays.

Ahora, si me preguntás si probé con una mujer, ¡sí! ¡fue un Asco! (perdón). ¡Pero quería saber! ¡Ser normal! Imaginate que en Goya no existían los gays, mejor dicho, no se los veía; y si había alguno por ahí, ni lo mirabas porque para hacerte amigo, tenías que exponerte mucho. Todo es muy visible en un pueblo y si pasaba algún grupo de muchachos, seguro que te gritaban semejantes barbaridades.


Yo tenía un primo -que ya no vive-, que un día me dijo: "¡Nunca te vi con una chica!" Creía que a mí lo que me faltaba era vencer la timidez porque cuando yo estaba con mi tía y con él yo me hacía el chico todo bien. Fue mi primo quien me llevó con una chica. No pasó nada pero se ve que ella no le contó. En esa época, empecé a pensar que si quería llegar a algo tenía que exigirme, porque lavando pisos y fregando ropa no iba para ningún lado. Yo me decía "¡¡¡tenés que hacer un esfuerzo para ser alguien!!!" yo misma me ayudaba en mi autoestima obligándome a tener una meta.


Y creo que, para lo que soy, logré bastante.


Porque yo me vine a Buenos Aires sin ninguna preparación. ¿Cómo lo logré? Invirtiendo todo el ahorro que tenía para bailar en una comparsa de la ciudad de Goya. Fue ahí donde me solté y pude expresar todo lo que yo sentía y vivía, y debo de haber desfilado con tanta fuerza y tantas ganas que la comparsa en la que participé ganó, y el premio era venir a Buenos Aires para bailar en la Rural. Yo era el bastonero y estaba en gay todavía pero ¡faltaba poco!


Cuando llegué, fue un impacto total. Yo me dije: "Esto es lo que a mí me gusta" Volví a Goya y me quedé dos años más trabajando en el restaurante. Ahí había un cliente que era visitador médico (muy lindo chico, yo había tenido un filito con él) y me decía: "Buenos Aires te va a cambiar, yo te puedo ayudar" Entonces era difícil como ahora, pero al menos había trabajo, podías estudiar.


Así que me vine a Buenos Aires con este chico, que se llama Walter, y empecé a trabajar en una rotisería en Bulnes y Las Heras. Y ahí cerca estaba la peluquería de Oscar Fernández, al que yo le tenía mucha admiración. Yo entonces pensaba en ser peluquera o diseñadora de moda porque me atraen mucho los trapos. Nunca me voy a olvidar de un amigo gay que trabajaba con Oscar Fernández y me dijo: "Mejor hacé la carrera de peluquera porque con esa profesión nunca te vas a morir de hambre" Y él me acompañó a APIA en donde me recibí.


Recién después de que me armé del oficio y abrí este local en el Once, decidí ser lo que soy. Pero antes tuve que trabajar mucho con todo el entorno familiar y la clientela que me armé en el barrio. Al principio, cuando el local se llamaba Catalino, siempre me comportaba como unisex pero mandaba más la parte femenina. Por eso hasta hoy ni se me ocurre ponerme un pantalón, porque si me pongo un pantalón pienso que voy corriendo para atrás -eso en mi cabeza, ¿no?


Algunos clientes reaccionaron bien. ¡Pero hay uno del que lamento mucho su ausencia en mi local! Yo había hecho muchos desfiles y el cierre siempre ha sido con


mi transformación. Ese era el brochecito. Y este señor estaba acostumbrado a verme en una pasarela, en donde estaba todo ok porque lo asociaba con el profesionalismo. Pero el día que vino y se encontró con una señora muy elegante, vestida de largo, de taco, pollera y maquillada -siempre sin dinero pero ¡soy así!-, rodeada de sus tijeras, secadores y cepillos de brushing, le resultó muy duro. Entonces me dijo: "Me parece que nos enloquecimos" pero con una expresión agresiva. Yo le contesté: "Mirá, si vos lo tomás así te voy a respetar, a lo mejor te fastidia, pero qué lástima, porque yo toda la vida me sentí así. Sólo que, como para todas las cosas, necesité un tiempo para hacer la inversión, sino desde antes ya hubiera estado de este modo" Y no vino nunca más, desde hace seis años. Claro que tengo otros clientes que están enamorados de mí y que hasta mandan flores para mi cumpleaños y para el Día de la Mujer.


He luchado mucho, pero ahora siento que mi madre está orgullosa de esta realización mía y mi padre también. Y qué raro: ahora de grande tengo nostalgia del campo.


Me fascina el chamamé, que es la música que escuchaba en mi casa, de chica, todavía lo escucho y se me eriza la piel. Me encantan Los alonsitos y Los hijos de los barrios. En mi local, yo atendía a una animadora de la movida que un día me dijo "vení que te va a gustar el ambiente" Y fui. El lugar se llama Joya Disco. Entré y estaba lleno pero no conocía a nadie. Ella entonces me presentó desde el escenario. De pronto vi a un muchacho con aspecto de señor guapo que me miraba y me miraba -después me dijo que había pensado "esta mujer tan elegante debe ser una estancie­ra, la voy a invitar a bailar" Salimos y bailamos toda la noche. Y se transformó en una


cita de los domingos a la tarde para bailar chamamé por­que creo que, más allá de lo que podía pasar y de lo que había que aclarar, lo que nos unía era el baile. Y además teníamos muy lindas conversaciones, pero cuando llegaba el momento de definir, yo rechazaba la cita. Y el seguía persiguiendo a esa mujer elegante, no la quería dejar escapar, me invitaba y me invitaba, y yo nada, que no y que no.


Hasta que un día me decidí. Habían pasado como tres meses y me pareció que el mejor lugar para encontrarnos por primera vez era el negocio. Cuando vino, me di cuenta de que no me sacaba, no tenía clara mi condición. Ese día lo recibí a cara lavada como para que se diera cuenta. Llegó. Cerré el negocio y en un momento el muy atrevido me dijo: "Nena, me muero por besarte" "Me parece que es mucho lo que me pedís. Yo no voy a permitir eso" le contesté. "¿Pero cómo que no?" me dijo y se quedó mal. Entonces le dije: "Antes, yo quiero que vos me observes bien y cuando yo te de a entender lo que soy, voy a aceptar un beso y mucho más"


Después me confesó que había tenido una duda. Había pensado: "Esta mujer es rara, tiene una fuerza cuando baila, que me cuesta manejarla. Para mí que es lesbiana" ¡Que gracia me dio, pero seguía sin asociar al travesti! Entonces en un momento se lo dije; se asombró pero enseguida estuvo todo ok. No arrugó. Y hoy siento que estoy con un hombre que tomó todas las decisiones, porque personas como yo hay miles pero un hombre como él que te acompañe, que se enfrente a esta sociedad, en el mundo chamamecero que es tan prejuicioso, es un milagro.


En 18 años hice muchas cosas. Compré una casa muy linda en Corrientes para mi familia en donde tengo mi lugar cuando voy, frente a un lago. Mis modificaciones físicas me han llevado una buena inversión. Ocupo un lugar en este barrio con una clientela muy importante. Puede decirse que soy la señora Katya Romero. Antes usaba el Catalino como apellido, porque yo no lo quiero tomar como nombre de hombre sino con un "la" Al nombre Catalino quiero conservarlo porque es tan nuestro, tan de Corrientes. Cuando llego a Goya, mucha gente dice "llegó La Catalino" Además, cuan­do yo realizaba los desfiles ponía unas banderas que decían Estilo Catalino que pega y suena. Con el Katya, me propuse irradiar un sello de respeto y eso es lo que recibo. Hay un tema chamamecero que me encanta y que se llama No cualquiera es correntino. Yo me identifico mucho con esa letra. Hoy soy una correntina pero también tuve que tener mucho coraje para llegar a serlo.