Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº7/2011

Navegar por la vida

Por Fernando Rodriguez, Foto por Natalia Colazo

Navegar por la vida

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Mi primer “Yo Fernando” fue un “Fernando” escrito: tipearlo y verlo reflejado en la pantalla era como mirarme al espejo y por fin gustarme, aunque más no fuera por una hora o dos en un cyber. Esa fue la primera gota de la oleada que vendría después.


Durante mucho tiempo nos dedicamos a no sentir, a ocultarnos, a escondernos, simulando. En esos momentos en que la vida no es más que llevar un poco de aire a los pulmones, tratar de salir de esa asfixia cotidiana se hace muchas veces imposible. En la historia de la humanidad ha habido relatos o alusiones a la existencia de personas transexuales; aun así, nuestro proceso de construcción sigue siendo un tabú, algo de lo que nadie habla. Mucho menos aun sobre nosotros, los hombres transexuales. Es una etapa de la vida bastante confusa, muchos intentamos adaptarnos y quizás por eso somos tan pocos: ponerle un nombre a nuestra realidad es un proceso muy particular e individual durante el cual, la mayoría de las veces, no encontramos un referente para reflejarnos.


Hay una sensación de tener atadas las manos, vendados los ojos, sin palabras que decir, sin voz, quedarnos mudos. Sin poder nombrarnos, con un cuerpo que estorba, molesta e incomoda. Quizás por esto, muchas veces nos sumergimos en la red, conectados al mundo a fuerza de tecnología. Tecleamos pensamientos, redescubriéndonos en cada historia nueva que leemos sobre identidad de género, sobre transexualidad y empezamos a encontrarle el nombre a lo que sentimos.


Cuando aislaba mi cuerpo femenino del mundo, Fernando aparecía en cada conexión del chat, ahí me encontré a mí mismo, hablando de cosas impensadas con chicas, coqueteando, ligando, dejándome hechizar, jugando, alimentando la esperanza para seguir respirando.


Expresar por primera vez quién soy fue aterrador y maravillosamente liberador.


Encontré mi única manera de socializar y de vincularme porque cualquier otra forma me era absolutamente imposible, sentía vergüenza de mis pechos, de mi cuerpo y de toda la feminidad que hubiera en mí. En ese chat, mi cuerpo era un nick, mi voz el teclado. Era libre, mi anatomía estaba en la oscuridad, como el Cyrano, escondido debajo del balcón, recitando una poesía a Roxanne.


Mi deseo anhelaba una mujer, fue ella la primera que lo supo. Ni el mar, ni la distancia pudieron evitar que nos conociéramos, dos desesperados amantes buscando felicidad en Internet: ella, mi Roxanne, tenía su castillo en España y fue la primera en saber que yo soy un hombre transexual. Mi primer amor; a la que por fin pude expresar mi deseo, mi amor platónico, sin cuerpo, sin obstáculos.


Dentro de ese mundo virtual, hallé a otros como yo desparramados por el mundo. Nuestras vidas se entrecruzaban con cada uno de los puntos de los que hablábamos, atravesados por la misma necesidad de reconocimiento. ¿Qué hormonas estás tomando? ¿Te has hecho alguna operación? ¿Cómo lo tomaron tus padres? ¿Ya tenés cambios? ¿Te ha crecido? ¿Podés hacer las operaciones en hospitales de tu país? ¿Cuánto pagaste? Miles de preguntas con infinidad de respuestas.

“En ese chat mi cuerpo era un Nick, mi voz el teclado. Era libre, mi anatomía estaba en la oscuridad, como el Cyrano: escondido debajo del balcón, recitando una poesía a Roxanne”.

Desesperado por comenzar mi transición física quería saber el nombre de las hormonas que necesitaba y cuándo se aplicaban. Testoviron pasó a ser la adquisición más deseada: una ampolla de 250 mg que cambiaría la visión social sobre mi cuerpo.


Ya no me sentía impotente, sino decidido a comenzar el difícil camino que transformaría mi vida. No quería seguir evadiéndome, me escuché. Comencé a ser fiel a mí mismo, a quererme, a construirme, a modificarme, a sentirme, a aceptarme cada día un poquito más.


Por fin era yo el que hablaba. Tuve la valentía de enfrentarme a mí mismo, a mi familia, a la expectativa social. Muchos de nosotros comenzamos el tratamiento sin supervisión médica, por lo menos en Latinoamérica, y un porcentaje más bajo accede a las cirugías. El proceso es muy diferente en cada caso, vivimos las transiciones de muchas maneras y formas. Pero siempre tenemos los mismos puntos en común: lo difícil del proceso es la intolerancia del entorno familiar, social y laboral que se repite como eco en cada una de nuestras historias.


Debo admitir que la tecnología ha jugado un papel fundamental en todo esto. Ha sido mi guía a partir de una película que me permitió encontrar un nombre a lo que sentía. La Internet fue mi biblioteca personal, el contacto interpersonal con otrxs.


Este tipo de vinculación social me ha cambiado la vida, como a muchos de nosotros, nos hizo conocer al amor, viajar a otros países, encontrar gente en nuestra misma situación, despertar curiosidad, conocer amigos y compañeros del camino. Fue con la palabra escrita que inicié mi cambio, el primer paso de la transformación. Nos encontramos y nos vemos por MSN, Facebook o Skype: y las distancias y las fronteras se desvanecen.


Ahora como náufrago de ese mar me encuentro siempre en la búsqueda de más, lxs amigxs me acompañan, otros chicos/hombres trans en sus balsas reman en esta corriente, ahí estamos, existimos, sí, somos reales, aunque pasemos desapercibidos entre la gente. Gritamos cuando podemos, en la red y en la calle, nuestras voces ya sienten la seguridad de hacerlo, somos diferentes, somos distintos... Y está genial.


La justicia todavía no ha comenzado su proceso de transición, la dama de la balanza ya ha escuchado nuestros primeros golpes en su puerta, le quitaremos las vendas de los ojos y le fajaremos los pechos hasta que nos entienda. Somos muchos gritando, escribiendo, redactando, pintando, en todos y cada uno de los medios que nos dejen expresar lo que sentimos, ya no queda silencio, nos hemos dado cuenta de que los cambios son posibles. La lucha es cada día, a cada hora, pero la madre de todas las batallas se ve en el horizonte, nos encuentra preparados, algo temerosos pero felices de que al fin se de nuestra batalla por el reconocimiento.


Somos muchos y cada vez seremos más, la transformación comenzó.