Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº6/2010

Mi Vida, en ese instante

Por Maiamar Abrodos

Mi Vida, en ese instante

Por eso te espero a la salida de mis funciones, para ir a comer algo con amigos, y después a tu casa o a la mía para Hacer el Amor.

Hace tiempo. Pasaron 44 años en mi vida. Era pequeñita, no sabía dónde estaba parada y un día me di cuenta de que algo no coincidía con lo que sentía, pero que eso se arreglaría en algún momento Mágico, como si la ficción fuera la realidad, y la varita de Dios traería la verdad, la solución.


Pasó la vida, y se ponía peor, no mejoraba, no se corregía, no pasaba ni Dios con su vara, ni aparecía esa verdad. Entonces era gordita porque de esa forma tenía tetitas y mi cuerpo redondeado me dejaba tener curvas, y me parecía más al sueño de mí misma. Me gustaban las muñecas, jugaba a la mamá, a la maestra, y a las vedettes de los programas, que eran hermosas y hacían sus shows bailando y cantando.


Ya más crecida y un poco triste en mi realidad, me daba cuenta de que debía esconder todos mis sentimientos y deseos, porque eran el motivo exacto para recibir censura permanente en todas partes, ya no encontraba con quien compartirlos. Mi abuela había muerto, y empecé mi adolescencia sola, sin alivio, sin verdad. Entonces me convertía en la hija de Verónica Castro (en sus novelas), llenaba mi cuerpo de volumen, y mi alma y mi mente de fantasías donde me guardé, en sueños e ilusiones; pero seguía consciente de esta realidad, aunque todavía esperaba aquella varita, ya no estaba tan segura de que llegaría, y un poco más vivida comencé a aceptar que quizá debía ponerme un rótulo, que no estaba en mí. Era la única forma que tenía de seguir adelante en un camino con los pies sobre la tierra, debía reconocerme como homosexual, pero me sentía como una bailarina sin pies, buscando la mejor alternativa de ser lo burguesa que se requería, en una sociedad de clase media culta radicada en teorías morales, ateas y socialistas.


Todo muy cool para aquellos ochenta, siempre y cuando de ello no se hable. Después de mucho encontré un lugar donde podía desplegar un poco todo lo que tenía dentro, una Carrera Universitaria Artística, y fui Escenográfa y Vestuarista; pero ese lugar no alcanzó porque estaba viviéndolo detrás de escena, porque lo vivía a escondidas, de mí misma también, con un rótulo farsante que quería creer, pero no podía. Allí yo tampoco era; pero trabajé, conocí mucha gente de todo tipo, y me conecté como pude. Me hice amigos del alma que ya partieron, me volví a quedar sola, no conocía a nadie como yo. Algunas otras personas me parecían un desborde de locuras, yo sí me sentía auténtica y no me daba cuenta de que cada paso que daba me alejaba más de mi ser. Adelgacé y engordé, muchas veces escondiéndome, no teniendo un sexo que dar, y lo deseaba; cada vez con más intensidad; buscaba un Príncipe Azul que me viera, que me mirara a los ojos, y encontrara a la Princesa. Me llené de Ilusiones, de esperanzas, de deseos de felicidad y eso me hacía moverme más y más, buscando tibiamente, tímidamente ese encuentro especial, pero siempre me volvía a casa vacía, llenándome de llanto, esperando encontrar en mi cama un sueño nuevo que calmara el dolor de estar lejos, muy lejos.


Varié, no me conformé, me seguían pasando los años y me convertía en un raro espécimen. Vestida con ropas que me daban un look de artista, muy femenino, una persona muy sensible... Ja. Ja. Ja.


Mi viejo se estaba muriendo: era el año 1993, yo era una loca de zuecos que visitaba el sanatorio taconeando, había aprendido a camuflarme alternativamente como un personaje exótico de la sociedad. Se suponía que era de una forma, pero también esa era una barrera, atractiva visualmente, ¡para no tocar! Y no lo hacían, les daba miedo. Yo no era para un rato, según ellos, pero tampoco era para un momento, al final no era para nada. Claro, a mí también me daba miedo, bajarme la bombacha o lo que tuviera puesto siempre fue un problema, en mi propio cuerpo existía una realidad que desde pequeña me excluyó de todo, no era mío, no era yo, y es más, tanto así más, que se desparramó por todo mi cuerpo hasta dejarlo lleno de distancias, de rasgos, de vellos, de rectas.


Más crecida me di cuenta de que podía pasar al frente y estar contando desde allí la vida. Una nueva Carrera, la EMAD y fui Actriz, estaba mas cerca (recordaba cuando de niña jugaba a ser Susana Giménez bajando las escaleras, que me armaba con almohadas). Pero esto tampoco alcanzaba, porque sólo había pasado al frente pero con la “O” a cuestas: en vez de Actriz era..., y aunque no me bancara esa “O”, la Transformé en acciones atractivas para los otros, muchos docentes (poco observadores e ilusos), me decían que iban a sacar al macho que había adentro. Pero si no había ningún macho. Sólo jugué con una imagen espectacular burda de ser macho, ¿y?, ¿dónde estaba yo misma? Seguí guardada. Igual funcionó un tiempo, la sabia esencia sabe por qué debemos resistir en el camino, aún hoy, no sé cómo lo pude sostener.


Me moría de a poco, las ilusiones se me escapaban, los sueños se dormían. No encontraba contención posible, arruiné gran parte de mi tiempo de juventud llorando en los rincones, viviendo la vida de otras, y sus historias. Aprendí a escuchar, a ser buena amiga, buena compañera.


Y entonces me animé a algo más. Ja, ja, ja. Bueno por lo menos creí que me había animado. Me mostré en otras facetas, divertidas y acertadas casi siempre, o siempre: ¡sólo hacia personajes Femeninos! Genial. Y fue allí cuando el escenario y esos únicos momentos se convertían en un desparramo de virtudes, desparpajos y purezas del amor. Una amiga, una vez, me dijo que era raro lo que le pasaba cuando me veía actuar, decía que se me veía feliz, y que no era así lo que sentía de mi vida cotidiana (hay veces que las palabras llegan en un momento justo, y a través de la persona más incierta). Me empecé a dar cuenta de que lo que para los demás era parte de la profesión y de sus formas de expresión, para mí era “un instante de Luz en mi Vida”. Supe que no podía jugar más, lo que era, “era”, desde siempre; desde pequeña. ¡Era una Mujer!, con cuerpo de hombre; hombre que nunca fui, que nunca sentí en mí, que sólo en la ficción del escenario y de la vida traté de representar como pude.


¿Y qué podía hacer? ¡No sabía cómo hacer! Antes era distinto vivirlo y a estas alturas de mi conciencia era un sueño divino poder “Ser”. Pero mi profesión no tenía que tener la carga de mi vida, tenía que ser “Luz en mi Vida”. En ese instante, en ese sueño en el que estaba, me di cuenta de que se acababa, habían pasado ya 41 años, y había llorado demasiado, quedando fuera de todo, fuera de mí, ese era el momento de terminar la Vida. No lo fantaseé, fui. Antes jamás me hubiese imaginado que ese momento llegaría. Y vaya saber qué Ángeles celestiales, “en ese instante”(en el andén Medrano del subte B), me decían. que yo tenía que seguir, que mi cuerpo era como un diamante que pulir y cuidar, que tenía que saber cómo pararme para vivir mi presente, que desde ahora tenía que ser “Mi propia Vida, mi propio Ser”. Volví y sin saber cómo se hacía y se iniciaba el tratamiento, ese día empecé a tomar hor­monas femeninas, por mi cuenta. No había ningún retorno, si volví de ese instante, entonces iba a ser lo que era como Mujer.


Así, en un tiempo más comencé el tratamiento médico guiado por el equipo de salud de la CHA (Comunidad Homosexual Argentina), con Valeria Pavan como analista, hice el psicodiagnóstico (con ella continuo hoy en terapia) y con Emiliano Litardo (quien es hoy mi abogado), empecé los trámites legales para mi cambio genital, y de documentación. Y en el Hospital Durán, en el departamento de Urología, me atendió el psiquiatra Adrián Hellien, quien realizó mi admisión y de inmediato me mandó a Endocrinología para hacerme todos los análisis e iniciar el tratamiento. Un miedo, un vértigo. Hacía casi como diez años que yo no me hacia ningún análisis, había abandonado mi vida esperando irme a descansar en algún lugar más allá de esta dimensión, y volver a vivir una nueva historia en un cuerpo de mujer, renovado y hermoso de otra vida. Por suerte estaba todo en orden, y empecé a tomar la medicación correcta (hoy en día puedo decir que es casi un básico de este sistema médico, para nosotras las Mujeres Transexuales).


A estos equipos, médicos y sociales, les agradezco de todo corazón, por su delicadeza y dedicación, de exquisita pro- fesionalidad. Ya hace unos años que estoy viviendo como Mujer, y a pesar de que a veces me la paso llorando todavía, ahora empiezo a sentir que mi Vida tiene sentido Vivirla y se complementa con mi profesión. Vivo, siento, lloro y sueño como todos. La diferencia es que hoy puedo reír, amar, bailar y caminar por la ciudad y el mundo sin miedo a mostrarme, estando en mí porque hoy soy una Mujer Transexual, Actriz, y tengo un sexo que se va haciendo real, que todavía no lo puedo vivir a pleno, no me siento completa ni tranquila sin mi vagina pero puedo desplegarme, mostrarme, y buscar sentir mi sexualidad viva, sólo queda en mí el ir aprendiendo que cada condimento, en cada tiempo, tiene sabor propio.


Soy Maiamar Abrodos, Actriz y Docente de la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático) y del IUNA (Instituto Universitario Nacional de Artes). Vivo como mujer, estoy en pleno proceso de cambio, esperando el momento de la autorización judicial para mi Operación Genital y mis Documentos. Quiero sentirme entera, más completa, viviendo, y buscando un amor que me acompañe.


Ahora estoy pisando Tierra Firme, pero mucho más conectada con el Cosmos del Amor. porque nunca dejé de creer que la vida, aunque a veces es muy dura e incomprensible “Es Amor”. Y entendí que el cuerpo también lo vive en cada uno de sus átomos; como si llevara puesto un collar de diamantes debo lucirlo con orgullo, y cuidarlo con pasión, una piedra preciosa pulida que brilla con luz propia. Hoy sigo esperando a mi Príncipe, no se si será azul o no, no importa ya, no hay que rescatar a nadie, porque se empieza a ver quien “Soy”; sólo hay que compartir amor, caricias, cuidados, cines, comidas y celos. Y mirarnos, ¡eso sí!


Elegí esta Vida que es todo mi Sol y es “Todo lo que Soy”. Y el Arte, el Teatro porque me dio Luz pero sobre todo Sabiduría del Corazón.


Epígrafe:


Atrás de la foto dice:


De chiquito me gustó llevar siempre un trapo en la cabeza. ¿Porqué sería? Mamá me retaba siempre, pero... Abuelita... como todas las abuelas del mundo, me daba el gusto y me lo dejaba. ¿Aquí me ven?


¿Me queda mal? No, ¿verdad?


1969 - 3años