Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº6/2010

Los días en blanco negro y rojo de Marixa

Por Marixa

Si querés contar tu vida de novela sin censuras, escribinos a altoteje@gmail.com

Esta es mi historia. Nací un día gris, 14 de mayo de 1960, soy taurina, mis colores preferidos son el negro, blanco y rojo.


Amante de la fauna, la flora y toda la naturaleza. Enemiga de la injusticia y de las mentiras.


Me considero una persona con mucho amor y humor por eso soy totalmente positiva.


Desde mi infancia viví con mis padres. Sin comprender sus problemas y sus peleas empecé primer grado.


Así fueron todos los días, mamá siempre a mi lado; papá no podía por su trabajo. En casa se escuchaban insultos y rechazos entre ellos y yo todavía no los entendía ya que era muy inocente. Una vez, mi papá le pegó a mamá y, esa fue la primera vez que lo hizo para después hacerse la costumbre de golpearla siempre. Yo sufría y me asustaba mucho al ver a mi madre llorando día y noche, toda marcada.


Desde ese momento y cada vez que me acuerdo me angustio, y me duele más. Seguí el estudio. En tercer grado, los maestros llamaron a mi mamá, el motivo era que yo no me juntaba con nadie, no salía a los recreos, ni siquie­ra quería ir al baño.


Yo tenía 10 años. Entonces descubrí que los hombres me atraían, tenía inclinación hacia mis compañeros, siempre eligiendo al que más me gustaba pero, lógico, ellos nunca se enteraron aunque sí se daban cuenta de la situación porque me cargaban y a mí me hacía mal. Ese año papá deci­de abandonarnos. Con la ausencia de papá en casa todo cambió en muy poco tiempo, fue como entrar en un mundo oscu­ro. Mi mamá buscó trabajo como para salir del infierno. Así fue que encontró para ser empleada doméstica. Papá estaba en una localidad muy cerca. Una noche, volvió a casa a pedirle a mamá que me dejara ir con él un fin de semana; yo también quise ir y mamá me dejó. Ya en ese lugar, fue otra experiencia. Había dos tíos y un primo que llevaban chicas para trabajar ya que ahí estaba instalado un pool. También desperté mi curiosidad por los muchachos. Luego de 21 días volví a mi casa y le conté a mamá todo y nunca más me dejó ir con él.


Entonces apareció mi tío, hermano de mi papá y a la vez mi padrino. Le pidió a mi mamá que me dejara ir unos días, pero su intención era llevarme para hacerme trabajar a pesar de que en ese momento yo era tan chica.


Mi tío tenía negocios de panadería y almacén. Todas las mañanas, me levantaba a las seis mientras que mis primos, dos, mayores que yo, seguía durmiendo. Así que estuve dos semanas. Un día mi tío me despertó y yo no me quise levantar porque estaba cansada, entonces él me dijo textuales palabras: “Ahora te voy a encerrar en el gallinero”.


Y lo hizo. No sólo eso, sino que también me ató los pies y las manos, yo lloraba y gritaba para que me escuchen, fue así que una amiga de mi prima me escuchó, entró al lugar, me desató y le conté todo. Esa buena chica me ayudó a escapar­me, me hizo saltar el cerco y corrí a mi casa.

Un día mi tío me despertó y yo no me quise levantar porque estaba cansada, entonces me dijo textuales palabras: “Ahora te voy a encerrar en el gallinero.” Y lo hizo.

Yo tengo más hermanos. En ese momento, tenía dos más grandes que no eran hijos de mi papá, tampoco vivían con nosotros porque estaban casados. Cuando mamá se casó con papá ellos decidieron irse y nunca más nos vinie­ron a visitar.


Ya con 12 años seguí estudiando al lado de mamá. Papá vuelve a tener otra mujer con quien se viene a vivir a media cuadra de casa. Entonces para mamá comienza un calvario. También reaparece mi padrino que me quiere volver a llevar a su casa. Mi mamá no lo dejó. El le dijo: “Tu hijo va a ser puto o chorro”. En ese momento mi mamá se puso a llorar, me abrazó fuerte, y ese fue el abrazo más grande que mi mamá me dio, como que sintió esas palabras dichas por mi tío.


Hasta entonces yo era un chico que no salía a ningún lado, sólo a estudiar. Mamá seguía trabajando, pero comenzó a tomar. Trataba de disimularlo pero se le hacía imposible. Cada día que pasaba se convertía en una rutina, y más tarde mamá se  volvería alcohólica. Al llegar el fin del año, terminé el colegio, mi mamá estaba muy contenta en la fiesta de fin de curso, pero al volver a casa todo era triste, dolor y como siempre el alcohol. Ella iba varias veces hasta la casa de mi papá en estado de ebriedad, él salía y la golpea­ba y volvía a casa toda marcada y llena de golpes.


Así empecé a salir de casa a jugar con los chicos y chicas del barrio y descubrí a mi primer amigo que me atraía mucho. Sin palabras, y no sé por qué, tuvimos una escena de noviazgo. Con ese muchacho fue mi primera vez así es que me convencí de que realmente me gustaban los hombres. Muy a menudo, creí que era como un juego pero me daba cuenta de que me sentía bien y de que era lo que quería, aunque no sabía qué hacer ni a quién contárselo. Mis amigos y amigas ya sabían todo porque se me re-notaba que yo actuaba como mujer, parecía que con esa nueva experiencia se me declaró del todo esa mujer que estuvo escondida (...). Ese año volví a la escuela, aunque ya era diferente. Tenía otros pensamientos pero seguía adelante con ese nuevo sufrimiento, ya que ser “marica” era tabú. Ya era adolescente, no era una niña y a pesar de que mis compañeros me cargaban todo el tiempo, a mí me gustaban varios de ellos. Pasaban los días, y cada vez me costaba más ir a la escuela hasta que aprendí a hacerme la famosa “rata”. Andaba por las plazas y de estación en estación, colgada del tren hasta que me hice amiga de una señora de un kiosco a la que le decía que me guardara mis cosas escolares y luego las pasaba a buscar. Más tarde, ella me preguntó si real­mente iba al colegio y yo le conté la verdad. Charlamos, escu­chó todos mis problemas y me dio muy buenos consejos. Y yo me di cuenta de que podía confiar más en desconocidos que en mi propia familia (...). Mamá le contó mi situación a sus patrones. Le ofrecieron ayuda. Tal es así que me quisieron conocer y mamá me llevó a cenar con ellos, tuvimos una gran charla entre todos, me aconsejaron, me hicieron preguntas, yo les conté que me gustaban mucho los hombres y me sentía como una mujer. La patrona de mi mamá me regaló mucha ropa y maquillaje porque me dijo que una señorita siempre tiene que estar coqueta, para ellos pasé a ser como una hija.


A mí no me importaba que mi papá se enterara. Lo que sí, no le falté el respeto nunca: cuando pasaba frente a su casa espiaba que no estuviera afuera y pasaba corriendo para que no me viera, hasta que un día me decidí a enfrentarlo y decirle las mismas palabras que le dije a mi madre. Su reacción fue como si no le hubiera importado nada, entonces entendí que tenía que empezar a hacer mi vida como yo quería (...). Una vez me dijeron que mamá estaba enferma, yo fui hasta mi casa y una vecina me contó que la llevaban a un hospital donde quedó internada y de ahí a Alcohólicos Anónimos a seguir un tratamiento. Recuerdo que un día apareció uno de mis hermanos que yo no conocía queriendo llevarse todas las cosas de mi madre, pero yo no lo permití. Al verme se sorprendió porque yo estaba vestida de mujer y él sabía que tenía un hermano varón. Era como que no lo podía entender, mucho menos creer, en una palabra: no lo aceptó, cosa que a mí también me puso mal, por la ansiedad que tuve por conocerlos. Fue otro golpe en mi vida (...).


Cerca de mi casa vivía un primo que era solterón.


Se había quedado solo, así que me dio trabajo en su casa para lavarle ropa. Más tarde, mi primo me presentó a un amigo a quien impacté, no sólo por mi belleza sino que lo que más le interesó fue mi personalidad. Este chico se llama Rubén, hizo muchas averiguaciones sobre mí, a mí también me interesó conocerlo, y descubrí que era un hombre trabajador, un muchacho de su casa, una persona realmente sana y de buen corazón. Tuvimos una relación que duró 14 años.


A mi madre un día le dieron el alta, ya que su tratamiento estaba casi concluido, entonces de vuelta volví a casa, al lado de mamá. Le comenté que había conocido a ese dulce muchacho, al principio ella no lo aceptó mucho, pero igual seguí adelante.


Llegó el día de mi cumpleaños y yo no sabía nada Rubén. Sin que lo supiera, me organizó una fiesta sorpresa con mis amigas y mi primo, y para completar la fiesta apareció mi mamá. Ahí conoció a Rubén, y fue él quien conquistó a mi madre. Esa misma noche, Rubén me propuso vivir juntos, vivir con mi mamá, los tres, construir una casa nueva y derrumbar la anterior. El trabajaría por nosotras (...).


Una mañana, mamá se levantó, desayunamos y se fue a la casa de una vecina a ver la novela que miraba todos los días. Al rato, llega una de las hijas de mi vecina diciéndo- me que mamá estaba mal, que le salía sangre de la boca. Salí corriendo y la encontré semidormida. Fui a buscar a uno de mis hermanos desesperada, le conté lo que pasaba pero él me dijo: “Ya está en pedo”. Se levantó, fue a buscar una camioneta para llevarla a un hospital, y ese día quedó internada. Los médicos me pidieron a mí y al resto de mis hermanos que llevemos sus cosas personales. Cuando llego al hospital escucho a mi hermano salir en un solo grito y yo salí corriendo. Desde aquel momento sigo corriendo. Ya mamá me había dejado sola en este mundo tan cruel.