Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº2/2008

La mami

Por El Teje

Me llamo Andrea, tengo cincuenta y seis años, y vivo acá, en José C. Paz con mi madre que es quien me está ayudando a salir un poco adelante. Tengo chicas vivien­do conmigo a las que les cobro la diaria para sobrevivir porque estoy un tanto enfer- ^ ma; todas estamos en el mismo lugar de trabajo, a veces, que es la ruta y no queda otra que la prostitución.


Si tengo que pensar cuándo empezó todo, como en un mal sueño, pienso en los seis años de edad. Empecé a vestirme de mujer de muy chiquita porque sólo había mujeres en mi casa. Vivía en Beccar, en la zona residencial, con mi mamá, mis tías y mi abuela que fue la que me crió, me dio todo el cariño de madre, de padre; me com­praba todo lo que quería, porque mamá era como una hermana para mí; siempre el sostén fue la abuela. Mamá nunca me aceptó; quería que mantuviera una apariencia de hombre. Nunca iba a aceptarme. Con mi abuela en cambio todo era distinto, me daba plata, y hasta el ultimo momento de su muerte siempre quiso dejarme un dinero para mi.


Un día, como a los trece, decidí irme de mi casa. Una tía mía me gritó "puto" y me dijo que le iba a contar a todo el mundo cómo era yo; por eso agarré un bolso y esa noche dormí en una plaza. Dormía en una plaza o abajo de un puente, donde me agarrara la noche, y tenía hambre porque vivía de la basura. Veía a las chicas paradas en la ruta o no sé dónde, y una vez lo que me pasó es que pensé: "Si ellas están paradas, ¿por qué no puedo pararme yo?.


De chica, ya las había visto. Me acuerdo que íbamos de paseo a la casa de unos familiares, cuando vi a un grupo que estaba parado en la ruta, qué se yo qué eran en reali­dad, pero mi abuela me dijo que no, que eran travestis, homosexuales. Siempre me dije­ron que yo era muy inteligente, y siento que por eso no tuve miedo, cuando siento algo, lo siento y lo hago, salga como salga. Y esa vez me animé.


Apenas empecé, noté que tenia plata y que ya podía a hacer algo. Lo que más me impactaba de las travestis era que estaban todas siliconazas, y yo quería tener esas tetas, esas caderas, esas caras, ese cuerpo, era lo que más aspiraba. Como era jovencita y fla- quita dentro de todo, mi cuerpo también impactaba. Eso me provocó muchos roces y peleas con la chicas porque yo era la que más trabajaba y era un poco shockeante más para ellas que para mi.


En ese tiempo, pagábamos la plaza y vos tenías que pagar si o sí, o te mataban a palos. Las cosas no eran como son ahora, no había conciencia de género, había más des­unión que unión. Cuando alguien organizaba una fiesta, por ejemplo, todo terminaba mal porque siempre había una mal colocada que de pronto se acordaba de lo que fulana le hizo tal día y ahí cobraba.


Pero yo la pasé mal hasta que conocí a una amiga, la Negro Miguel que me enseñó todo, y me defendió en la ruta también. Me cobijó en su casa y hasta me dio mis primeras tetas ¡a cambio de la heladera de mi mamá! Sí. Eso pasó porque un día, voy a ver a la Negro, y me comenta que su padre estaba enfermo y que necesitaba insulina. Mi mamá se había comprado una heladera tres días antes. Y yo le dije a la Negro: "Bueno, vení que yo te doy la heladera y vos me pones los pechos. Cuando mi abuela llegó a casa casi se muere. —¿¿Y la heladeeeera?? —me preguntó.


—Acá —le dije—, está en mis pechos.


Pero lo aceptó. Al principio yo vivía poniéndome una remera escotada que me tapara sólo la punta de los pezones y que todo el mundo viera que tenia tetas. No quería que me vieran como un hombre, quería que vieran mis pechos, eso quería. Para los hombres fue un shock, me parece porque todavía tenía el pelo corto y con tetas, pero ni me fijaba en lo que decían. Sentía que por fin era yo. Sabía que me ponía en contra de mi familia pero no me importó. Lo único que me importó fue mantener un estatus hasta que murió mi abue­la. Una vez que murió, fui yo. No me interesaba ni mamá, ni mis tías, ni mis tíos. Sólo mi abuela. Con mis primeras tetas traté de cuidarme para no lastimarla, pero ella me llevaba a comprar los vestidos para que fuera a la murga o a los cumpleaños. Por eso digo que mi abuela vendría a ser como una travesti mas para mi, ella me cubría todo, ella misma me decía: "Yo te compre este vestido para que vayas con los tuyos, con tu ambiente"; "Andate, vestite" Y aunque era muy chapada a la antigua conmigo fue muy liberal.


Antes de volver a la casa de mi mamá, al final pasaron diez años. Cuando volví a verla, yo ya era muy distinta y ella estaba en pareja con un militar. Creo que terminó aceptándome por él, y eso que él quería que yo viviera la vida de hombrecito, pero no pudo, también tuvo que aceptarlo.


Con la Negro Miguel y trabajando, junté dinero para terminar de armarme. Viví las trasformaciones de a poco, con mucho sacrificio y también me jodieron porque pensé que me iban a poner silicona y me pusieron vaselina, por eso es que ahora estoy sufriendo las consecuencias mientras me hago vieja.


Como en todos lados, en la casa de la Negro había un poco de todo; éramos diez y vivías pagando la diaria. Teníamos nuestras peleas, y siempre alguna venía mal enganchada, pero tenias que pararte y enfrentarla. La Negro no te dejaba llegar al extremo porque pegaba dos gritos e imponía su autoridad. Y hacías caso porque al tercero, preparate a cobrar. Eso fue lo que más me enseñó, un poco a los golpes. Élla misma no dejaba que decaigas, tenías que tener un tope de plata siempre; la diaria y no dejarte basurear por ninguna. Siento que así me fui dando calle, preparando para pararme en los mejores lugares de la Panamericana a altura de Munro donde estaban las travestis más grandes. Vos no podías parar ahí sino era a través de ella. Ahora las cosas cambiaron, cualquiera es travesti, si queres, pero en esa época, para pararte había que pensarlo un montón. Si yo me gané el respeto, fue porque nunca me dejé pisar la cabeza, siempre me enfrenté como sea y así tengo la cabeza rota, los brazos lastimados. Pero al estar asociada a una travesti mayor, vos tenias una protección porque ella tenia una zona y no te tocaba nadie. Si alguien te tocaba, salía con siete u ocho más a reventarle la casa o a cagarte a trompadas. Ahora no tenes respaldo de nada pero las maricas buscan a las travestis mayores para eso.


Con el tiempo, yo también me alquilé una casa chiquita. Y en una plaza, una vez me encontré a una mariquita jovencita, de 14 años. Estaba zaparrastrosa, piojosa, tirada en la calle. Su familia la había dejado cuando se enteró de que era homosexual, me dijo. Sin pen­sarlo, me la llevé a vivir conmigo; le enseñé lo que era la calle, la preparé para que se arre­glara. Ella empezó a decirme "Mami" a mi, y luego trajo a una amiga y también me dijo "Mami" Detrás, llegaron más, y desde entonces comencé a ser la Mami.


¿Si todo esto es una vuelta a los 13 años de edad? No lo sé. Me da mucha lástima cuando una marica está en la calle y tiene que vivir bajo un puente o que esté pasando una experien­cia como yo.