Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº4/2009

La importancia de llamarme Ernesto

Por El Teje

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Tengo 36 años, trabajo desde hace tres en una empresa de seguridad, más precisamente en el departamento de sistemas. Hace unos años estoy estudiando para la licenciatura en sistemas en la universidad de San Martín, partido en el que vivo.


Actualmente resido con mis padres, tengo la suerte o por qué no también la desgracia de que ambos viven. La suerte porque gracias a ellos soy quien soy, la desgracia porque quizá sin ellos hubiera logrado ser Ernesto mucho tiempo antes.


            Me fui a vivir a casa de mis viejos hace un par de años, cuando me separé de mi última pareja, mujer obviamente. Tal vez el amor se acabó, pero mi condición sexual creo que fue lo que provocó el gran desgaste. A estas alturas ya sabrás que soy un chico transexual y debido a eso es que corté con mi pareja. De ahí nace la importancia de ser Ernesto, de llamarme Ernesto, no sólo de la boca para fuera, sino también en los papeles y en lo físico. Estoy realizando los tratamientos necesarios en el Hospital Durand y la demanda judicial para poder operarme.


            Las etapas quirúrgicas para un chico transexual son diferentes a las chicas transexuales. Para estas últimas hay técnicas más desarrolladas que para nosotros y con pocas operaciones ya lo logran. Nosotros básicamente tenemos tres operaciones necesarias para la reasignación de sexo que van desde la extirpación de mamas hasta la faloplastía. Y para cada una de ellas se requiere la autorización de un juez, cosa que hace el camino aun más burocrático. Mi vocación a la reasignación fue lo que desgastó mi pareja, sumado a eso mambos que uno trae del pasado y los que surgen del presente.


            Por ejemplo, en la facultad todavía estoy peleando para que en las listas aparezca mi nombre, Ernesto. Comencé estudiando hace algunos años, pero abandoné y precisamente fue por eso. En aquellos años no había médicos que te trataran o endocrinólogos que siguieran tu caso; entonces uno se automedicaba con hormonas. Para ese entonces, gracias a las hormonas que me había inyectado logré ir masculinizándome. Me creció barba, que a propósito me costó un montón, me afeitaba día y noche, y mi barba tenía solo tres pelos, tres pelos sólo tenía mi barba. Fui logrando que mi voz se hiciera más ronca, más grave… Pero hay algo que las hormonas jamás me cambiaron que son las mamas. Para eso hay que operar, pero mientras tanto me fajo. Así como las chicas transexuales se trucan, yo me fajo. Y en la facultad me trajo algunos inconvenientes con algunos profesores, con los cuales había hablado de mi caso y que a la hora de rendir el final me hacían un sin fin de problemas.

Fui logrando que mi voz se hiciera más ronca, más grave, pero hay algo que las hormonas jamás pudieron cambiar: las mamas. Para eso hay que operar, por eso mientras tanto me fajo.

Problemas con el baño. A qué baño iba a ir en la facultad, es todo un tema. En primer lugar al baño de mujeres no podía entrar y si lo hacía me rajaban a patadas pues todos y todas veían a un hombre con barba y voz grave. ¿Y al baño de hombres? Al principio tenía miedo que se dieran cuenta, después me ponía a pensar ¿cómo hago para hacer pis en el mingitorio y que además no se den cuenta? Una compañera de facultad me decía que entrara igual, que nadie se daría cuenta. Entonces pensé en entrar al baño de caballeros e ir a los compartimientos con inodoro que son los menos en estos baños, pero a la larga se darían cuenta porque siempre tendría que ir al inodoro y dirían este loco hace pis sentado. Y más que nada en esta sociedad machista donde los baños indirectamente generan una discriminación pues las mujeres pueden hacer sus necesidades sentadas, pero los hombres no. Los hombres hacen una parado y la otra sentado. Y peor aún, porque la que hacen parados es exhibiendo su masculinidad y su condición de macho al otro y los mingitorios están a la vista de todos y con una pequeña división. Yo no podía mostrar nada…


            Hoy, a mi edad, estoy más decido a enfrentar las cosas y a luchar por ser Ernesto, entonces retomé la facultad y por el momento la voy piloteando. Pero mi primer intento en la facultad fue frustrante, como también lo fue mi intento de ser o vivir según mi sexo físico. Sí, porque antes de empezar la facultad y de tomar hormonas intenté llevar una vida con la que nunca me identifiqué. En ese momento tenía novio… un trastornado que me golpeaba cada vez que él veía alguna actitud masculina en mí, actitudes que me eran innatas. La verdad no sé por qué seguía a su lado, tal vez para conformar a mis padres, a familiares, a una sociedad cerrada porque la verdad es que miedo a él no le tenía. Él pensaba que a los golpes me iba a reformar, como si mi transexualidad fuese una enfermedad y los golpes el remedio. Detrás de los golpes siempre venía el abuso, el acceso carnal de su parte, tendría que decir violación y sí, me violaba y sentía un rechazo infinito al sexo. Me sentía en medio de una relación homosexual entre dos hombres y a mí no me gustan los hombres, un rechazo absoluto… a tal punto que llegaba a vomitar. Por momentos esta vida y mi insistencia en alegrar a todos hacía que me la creyera y la hacía carne. Mis vecinos pensaban que yo era una chico, que nació biológicamente varón y que era maricón. Recuerdo comentarios o gritos como: “Che, Ernestito: ¿vos sabes usar la marcha atrás?”. Otra vez salí de mi casa, y en la esquina había un grupo de chicos que se juntaban a tomar cerveza. Cuando me vieron salir de mi casa, secreteaban entre ellos. Yo me imaginé que algo me iban a decir y así fue:


—¡Puto, maricón! ¡Culo roto! ¡Come pija!


            Me di vuelta y encaré:


            —Vení —les dije—, decímelo en la cara, a ver cual de los dos es más macho. Igual te cuento que no soy puto, soy lesbiana porque nací mujer, forro.


            De ahí que nunca más me dijeron nada y es más, creo que hasta averiguaron como me llamaba realmente, y a veces me invitaban a tomar cerveza con ellos. Volviendo a mi ex novia, por suerte di fin a esa relación enfermiza y fue gracias a uno de mis tíos que me apoyó desde el principio. Fue al primero que le conté la verdad, qué era lo que me pasaba y él me dio la fuerza y el apoyo que necesitaba para llevar a cabo mis objetivos. Porque mis viejos no aceptaban mucho lo que me pasaba, en especial mi mamá que siempre me decía: “Yo parí a una mujer y quiero a una hija mujer”.


            Con mi papá fue más fácil el tema, quizás por la falta de hijo varón y su deseo de tener uno. Mi tío me ayudó a desligarme de la pesadilla de mi ex novio y me enseñó la importancia de llamarme Ernesto, para él y para todas las personas que yo conocía o que conociera en el futuro, pues esa era mi identidad, mi carta de presentación.


            “Vos sos Ernesto, que te conozcan como tal sin justificarte en nada. Ernesto y punto”, siempre me repetía. Me acuerdo de una vez en la que me senté frente a él y le conté que me había enamorado por primera vez de una mujer. Eso fue en el secundario, me sentaba en el medio del aula y junto a una compañera… Mi compañera de banco y por quien descubrí mi orientación sexual. Yo tenía 15 años, ella 14. Se sentaba junto a mí y gracias a eso nos fuimos haciendo amigas. Jamás le conté lo que me pasaba con ella, pero adoraba la manera en que movía su pelo, la manera en que sonreía y la dulzura con la que me hablaba. Éramos tan unidas que hasta por la calle íbamos de la mano y nadie decía nada, era como que la gente lo veía como algo natural o al menos no lo veía mal. Cosa que no ocurre con los varones. Ese fue mi primer amor, platónico por cierto, pero inocente y se convirtió en mi despertar sexual porque me fui dando cuenta de que a mi me atraían las mujeres y no lo veía malo, patológico, como siempre me lo quisieron mostrar mis padres.


            De todas maneras entiendo a mis viejos, tenían una hija que en la niñez había sido abusada sexualmente por un familiar y sospechaban de mis actitudes varoniles debido a un posible trastorno provocado por esa violación. Pero no era así, yo ya tenía actitudes varoniles antes de ser abusado. Igualmente no quisiera tratar este tema del abuso porque no quiero llevar esta crónica hacia un lado tan dramático, pero quería hacer una breve referencia al asunto pues mi ex novio, conociendo el hecho, también justificaba su maltrato diciendo que así me ayudaría a superar esa etapa de mi vida. BOLUDO IMPORTANTE.


            Cuando tenía 6 años, Papá Noel me trajo una muñeca muy linda, pero yo no quería muñecas y mis viejos se empecinaron en que yo tuviera cosas de nena. Pero yo se la cambié a una amiga, compañera de ballet, por la pelota de su hermano y cuando salía de las clases de danza me iba hasta casa haciendo jueguitos con la pelota. Graciosa la situación, como cuando me obligaban a tener el pelo largo y a vestirme con vestidos. Un día mi mamá fue al médico y para cuando volvió casi se muere: me vio con el pelo cortado a los tijeretazos por mí misma y con los pantalones cortos que me había tirado a la basura.


            Por eso hoy me encuentro en el camino de ser como siempre me sentí, varón. Distinto hubiera sido si cuando nací, el 10 de octubre de 1972, le hubiese podido contestar a la partera cuando dijo:


            —Señora, la felicito es una nena.


—Error, ¡soy Ernesto, soy varón!