Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº5/2009

El secreto que puede hacer estallar a Patricia por los aires

Por Paula Polo

Mi nombre es Patricia Schugt, tengo 33 años y vivo en Florida, del partido de Vicente López. Actualmente estoy con mi familia, mi mamá Mónica y mis dos hermanos, Pablo de 28 y Marcelo de 18 años. Seguimos todos juntos en la casa que compraron mis padres hace muchos años, cuando vinieron a instalarse por pri­mera vez al barrio.


Mis padres se encuentran separados desde hace unos cinco años porque un día mi papá tomó la decisión de irse de nuestra casa y dejarnos solos, ya que la relación con mi mamá como pareja no fun­cionaba desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, a pesar de esa deli­cada situación pudimos salir adelante manteniéndonos siempre uni­dos. Actualmente no tengo una muy buena relación con él, ya que desde el momento en que decidió irse se olvidó por completo de nos­otros como hijos. Y, aunque no lo vea muy seguido, sé que mi papá está juntado con otra mujer. A pesar de todo, siempre recuerdo que tuve una infancia feliz, rodeada de mimos, caricias y de mucho amor de mis padres, sin hacerme faltar nada.


Durante mis primeros meses de vida quien se encargaba de cuidarme era mi abuela materna, ya que mi mamá trabajaba como empleada administrativa en el hospital Rivadavia y mi papá, por ese entonces, trabajaba como chofer de camión. Sin embargo, al poco tiempo la situación cambió, debido a que mi abuela no podía cuidar­me, porque comenzaron a nacer otros nietos y no podía cuidarnos a todos. Así fue como mamá empezó a llevarme con ella al trabajo y a dejarme en una guardería que tenía el hospital. En los momentos que podía, me iba a visitar para saber como estaba, ya que estaba cerca de la oficina.


Mi abuela y yo


No tengo muchos registros de esa parte de mi infancia. Lo que sí recuerdo bien es que en esa guardería dormíamos la siesta en un lugar grande con colchonetas, unas al lado de las otras, y también están en mi memoria las frecuentes visitas de mi mamá.


Por circunstancias de la vida, luego mi mamá tuvo que dejar de trabajar y dedicarse a la confección de ropa, comprándose, con mucho sacrificio, su primera maquina de coser. Mientras, papá seguía trabajando como chofer de camión en una agencia de fletes. Por ese entonces, yo tendría aproximadamente cinco años y comenza­ba otra nueva etapa de mi vida, en el jardín de infantes a pocas cua­dras de casa. Entre medio de todo eso nuevo, también tuvo lugar la llegada de un nuevo integrante a nuestras vidas: mi hermano Pablo. Recuerdo que cuando mi mamá entró a casa con él, yo me escondí debajo de la mesa y no quería salir, supongo que eran los celos. La verdad que la llegada de mi hermano había revolucionado toda la casa, al igual que a mí.


Luego comenzó lo que sería un paso importante para mí: la escuela primaria. Eso representó varios cambios, no sólo por el apren­dizaje y la responsabilidad, sino porque pasaba de un lugar chico como el jardín de infantes a un nuevo lugar, enorme, como el Santa Rosa de Lima, en Munro.


Entre todos esos cambios, experimenté algo totalmente nuevo. En ese momento me di cuenta que me sentía diferente a los otros chicos, que había cosas que no me gustaba compartir con ellos y que, por el contrario, prefería juntarme mas con las chicas. Empecé a evitar algunas cosas de varones como jugar al fútbol. Y prefería jugar al “quemado”, un juego que me gustaba y era mixto. Poco a poco empezaba a notar más interés en las cosas de chicas. Me acuerdo, por ejemplo, cuando aparecieron y se pusieron de moda los “papeles de carta” que las chicas intercambiaban. Era algo que me gustaba mucho, porque podía tenerlos pero además intercambiar con ellas los colores. También el “diario íntimo”, donde podía escribir, dibujar y contar mis cosas.


Pero la verdad es que todo eso se me hacía difícil. Tanto la idea de ocultar y de manejar a la vez esas diferencias siendo tan chico, más porque tenía una voz suave, era delicado y tenía amaneramientos. Fue en ese momento cuando los varones empezaron a verme diferen­te, comenzaron las cargadas, las burlas y las humillaciones.

"Mi mamá adoptiva trabajaba en el hospital Rivadavia cuando yo nací, ella no podía quedar embarazada.Era diciembre de 1976."

A medida que fui creciendo empecé a experimentar esa sensación de mirar a los chicos que me gustaban y a fantasear con la idea de que eran mis novios, como lo hacía cualquier chica de mi edad. En esta etapa, mi abuela me regaló para mi cumpleaños el disco de mi artista favorita: Rafaela Carrá. Yo la que imitaba, me movía y cantaba sus canciones o, a la hora de jugar con los chicos del barrio a los súper héroes, me imponía siendo “la mujer maravilla”. Todas estas situaciones me hacían desenvolverme cada vez más libremente y tomar más confianza en mí.


La relación con mamá era buena, me gustaba sobre todo ayudarla en los quehaceres domésticos, antes que la idea de ir a ensu­ciarme como cualquier nene o meterme bajo un camión con mi papá. Algunas veces lo hice, y sólo porque mi mamá me lo pedía, para que pudiera compartir cosas con él. Fue en ese momento cuando empecé a darme cuenta de que entre mi papá y yo había muy pocas cosa en común y que casi no compartíamos momentos como padre e hijo.


Para este entonces ya era evidente que algo me pasaba y que me sentía atraído por los hombres, no sólo por los chicos de mi edad, sino también por los más grandes que iban a otros cursos. Mirarlos me llamaba mucho la atención; ver como cambiaban sus cuerpos y escucharles el tono de voz. Me di cuenta de que mientras ellos cam­biaban, yo seguía igual que siempre, delgado, con mi misma contextu­ra y con mis gestos delicados. Todo esto se confirmó, sin duda, duran­te mi viaje de egresados de séptimo grado cuando vi, por primera vez, a un hombre desnudo mientras nos duchábamos. El lugar donde nos hospedamos era una casa de curas y nos bañábamos todos juntos como en un vestuario, varones por un lado, nenas por el otro. En esos momentos, no podía quitar mi atención de lo que estaba sucediendo frente a mis ojos, ver los pitos de mis compañeros, algunos con mucho vello y otros con nada, algunos bastantes crecidos.


En la escuela secundaria empecé a notar otros tipos de cambios, más físicos. Mis dos primeros años los cursé en un colegio industrial, quería ser arquitecto pero las materias del taller como elec­tricidad, hojalatería y carpintería me costaban muchísimo y si no hubiese sido por la ayuda de mi papá me hubiera llevado todas las materias. Fueron años muy duros. No me sentía a gusto con mi entor­no y nunca pude llegar a mantener una relación de compañerismo con nadie. Ahí comencé a experimentar la indiferencia de mis compañe­ros: todos me excluían por como era, porque empezaba a ser evidente mi condición sexual.


Cuando terminé segundo año tomé la decisión de cambiar­me de colegio y seguí mis estudios en un colegio comercial. Pensé que iba a ser bueno para mí pero la realidad resultó ser diferente.


En el nuevo colegio continuaron las burlas. Pero a pesar de esos malos momentos, sucedió algo que me hizo feliz: la llegada de mi hermano más chico. Con él compartí muchas cosas y estaba pendiente de todo lo que necesitaba.


En esos años hacíamos gimnasia con el secundario en el Parque Sarmiento, rodeados de jóvenes deportistas y yo me escapaba al vestuario para verlos desnudos. Eran los mejores momentos de la escuela. Ahí fue la primera pija que chupé en mi vida. Para colmo tengo grabado en mi memoria como escupí porque el chico me acabó en la boca. Pero a decir verdad, ir a gimnasia y jugar a la pelota no era lo mío. Me presenté frente a las autoridades del colegio para solicitar que me permitieran no asistir a las clases de gimnasia y rendir la materia libre en diciembre ya que con todas las situaciones incómodas que me habían hecho vivir los chicos de mi curso, no quería tener más problemas. Igual, no iba porque terminaba rateándome para hacer “tetera” en la estación Tres de Febrero o en el Parque Sarmiento. Es así que me acepté como gay.


Cuando terminé el secundario empecé a salir, a conocer gente y a formar mi grupo de amigos con los que me identificaba y compartíamos las mismas cosas. Con ellos conocí los primeros boli­ches gays, como Angel’s y Bunker.


Para poder continuar con mis salidas y valerme por mí sólo, sin depender de mi familia, comencé a buscar un trabajo. El primer trabajo fue de cadete administrativo en una empresa que se dedicaba a la venta de regalos empresariales. Lo difícil no era trabajar, sino ponerme un traje y salir así. Luego vino la posibilidad de tener algo propio, como un kiosco, dentro de un lugar bailable, donde mi papá trabajaba como seguridad. Esos fueron momentos relativamente tran­quilos, no tenía mucho tiempo para compartir ni salir con mis amigos porque trabajaba todos los fines de semana. Tiempo después me quedé sin trabajo y hasta trabajé de remisero con el auto de mi viejo.


Hasta ese momento y a pesar de los problemas económicos, siempre nos habíamos mantenido unidos como familia. Pero la cosa cambió porque mi papá prefirió más el trabajo que a la familia: traba­jaba todo el día en el remis y los fines de semana en el boliche y, de a poco, comenzó a dejar de compartir cosas con nosotros porque con el ritmo de vida que llevaba dormía todo el día.


En ese entonces me conseguí un trabajo como empleado administrativo en una empresa de venta de materiales eléctricos, donde me sigo desempeñando en la actualidad, más de nueve años después. Pasé por diferentes sectores dentro de la empresa: pago a proveedores, administración de la información y, finalmente, pude lle­gar al sector de caja, donde sigo trabajando. Gracias a mi nuevo traba­jo pude volver a salir con amigos. Observé la forma en la que los hombres trataban a las mujeres, y esa situación era algo que me llama­ba mucho la atención. Fantaseaba mucho con la idea de estar en esos lugares y sentirme halagada como ellas. Desde ese momento empecé a prestarle más atención a la ropa de mujer, y eso me hizo dudar de mi identidad como gay porque me volvía cada vez mas afeminado. Empecé a comprar indumentaria femenina (zapatos, pelucas, acceso­rios) y a salir con esa nueva imagen a la calle junto a mis amigos. Afortunadamente, recibí muy buenas respuestas de mi entorno, me di cuenta de que generaba cosas y que les gustaba a los hombres. Eso hizo que me fuera soltando cada vez más, tomando mucha más con­fianza en mí mismo. Con el tiempo, comencé a hacer de esto (el “montarme”) un hábito que realizaba con frecuencia. Descubrí que era lo que quería, lo que me gustaba. Fue en ese momento cuando pude darme cuenta, con toda certeza, de que quería ser mujer.


Me bauticé Patricia, por Patricia Miccio. En mi grupo de amigos, me decían La Miccio, entonces adopté su nombre como pro­pio. Recuerdo mis primeras salidas como Patricia, era feliz. Iba al boliche Class donde había fiesta y fiesta y dónde conocí a alguien que me ayudó a hormonizarme. Aun sabiendo que este nuevo camino no iba a resultar sencillo, estaba segura de que era lo que quería para mi vida y, por primera vez, estaba siendo realmente yo misma.


En todo este nuevo emprendimiento me encontraba desin­formada. Busqué a un grupo de profesionales que me entendieran y me asesoraran, y así fue como llegue al hospital Durand, donde pude empezar un tratamiento hormonal. El trato con mis doctores fue desde el primer momento increíble, no sólo en lo profesional, sino también en lo humano. Eso hizo que todo el tratamiento se me hiciera mucho más fácil. A mi familia le resultaba difícil de entender cuando les dije que mi vida iba a tomar otro rumbo y que, de ahora en más, iban a visualizar en mí una imagen de mujer. Sin embargo, con el tiempo entendieron que ese cambio me hacía feliz. Reconocieron que no era parte de un capricho, sino que era algo que sentía realmente y que quería desde hacía mucho tiempo.


Igual el principal golpe lo recibí hace cinco años, cuando mis padres se separaron. En ese momento aparecieron personas y familiares alrededor de mis padres que podían llegar a hablar de algo que yo hasta ese momento no sabía. Tenía veintiocho años.


Veintiocho años pasaron para que mis padres me dijeran que no era hija de ellos. Veintiocho años pasaron para que me confesaran que yo era adoptada. La verdad, jamás sospeché que podía ser adoptada porque en la partida de nacimiento figuro como hija biológica de ellos. También me enteré de que mi hermano Pablo es adoptado, de que los tres hermanos somos adoptados. Del más chico siempre lo supe, pero de Pablo y de mí misma no. Siempre renegué con mis viejos para que le dijeran a Marcelo la verdad pero fue en vano hasta cinco años atrás, cuando nos contaron.


Para ese entonces yo ya había comenzado el proceso de convertirme definitivamente en Patricia, pero la realidad supera la ficción. Cuando hice los primeros trámites para mi reasignación y cuento que era adoptada, los abogados me recomendaron omitir este “pequeño” detalle.


Ahí abrí los ojos


Mi mamá adoptiva trabajaba en el hospital Rivadavia cuando yo nací, ella no podía quedar embarazada. Detrás del hospital había un convento de mojas y un día, allá por diciembre del año 1976, las monjas me pusieron en los brazos de una mujer que hasta hoy le digo mamá pero no me parió, según su relato, mi madre biológica falleció al nacer yo. Pero, ¿no tuve un padre que me reclamara? ¿No tuve una abuela que preguntara por mí? ¿Cómo llegó mi mamá biológica al convento? No tengo respuestas a estos interrogantes.


Mis abogados me pidieron que no dijera en el legajo estas cosas puesto que según mi año de nacimiento, puedo ser hija de un desaparecido y eso retrasaría mi operación porque mi vida no estaría cerrada.