Cuentame tu vida

Cuentame tu vida El Teje Nº7/2011

De católicos, apostólicos y romanos empujando las puertas del placard

Por María José Hernandez

De católicos, apostólicos y romanos empujando las puertas del placard

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“¡Es un varoncito!”, dijo la partera, mi madre sonrió y derramó algunas lágrimas de emoción. Ella quería una nena, y yo tardaría un tiempo en satisfacer su deseo: tan sólo cincuenta años.


Me crié en el seno de una familia patricia, conservadora, católica apostólica romana (¡uf!). Dos hermanos varones y mayores que yo; padre y madre vivos. No puedo quejarme de mi infancia, fue feliz. Solamente a fines de ese período empezaron a manifestarse en mí deseos que supe mantener ocultos ya que no eran lo que se esperaba de mí, me gustaba vestir las ropas de mi madre, disfrutaba viéndome como mujer.


No puedo decir que haya tenido una adolescencia típica de transexual. De sentir que mi cuerpo era erróneo, que mi pene fuera una equivocación de la naturaleza, algo que yo tenía que remediar como fuera. Simplemente tengo la certeza de haberme sentido “distinto”, el alcance de ese “distinto” es difícil de estimar, pero ahí estaba. Las insinuaciones travestistas de la infancia se fueron acrecentando. De a poco se acrecentó la imagen femenina de mí misma, muy de a poco, diría que por momentos casi era imperceptible pero también sé que fue algo imparable: llegó para quedarse.


A los 14 años los vestidos de mi madre parecían hechos a mi medida. Las sesiones de travestismo espaciadas por la falta de oportunidad se convertían en actos amorosos conmigo misma frente al espejo y luego aparecía la sensación de culpa, de haber realizado un acto impuro y poco digno para un “hombre”, algo por lo que sin duda merecía castigo, el cual no tardaba en llegar.


Mis primeras fantasías homosexuales y de cambio de sexo quedaron relegadas a la oscuridad de la noche, con gusto a poco. Así, la suma de colegio católico + familia patricia, religiosa y conservadora + sociedad machista, dio como resultado una serie de frustraciones, confusiones y sufrimientos varios. No pude llenar los requisitos para ser “igual a todos”; es más: nunca quise realmente ser igual.


Después vinieron los clásicos: novia, debut sexual (hétero) y ruptura. Eso me sumergió en una depresión, acrecentada por la muerte de mi padre y la pérdida de mis amigos. Me hundí en la soledad del closet, eran los años de plomo, el entorno no facilitaba salir a explorar mis deseos. Tuve miedo. Hizo falta repetir el esquema (novia- ruptura) para generar otra crisis y poder romper con el miedo. Tuve mi debut homo a los 25 años, de ahí en más mi sexualidad se orientó hacia el mundo gay. Tampoco estaba bien. Los boliches tenían un ambiente exclusivamente masculino donde difícilmente yo podía expresar mis sentimientos femeninos ya que se me veía como hombre y debía actuar como tal.


Con la llegada de la democracia el panorama empezó a aclarar, la aparición de publicaciones como la revista Adultos me sirvió para conseguir información y volar de a poquito, lentamente. Mirar cómo lo vivían otros me ayudó a ver que yo no era un bicho raro y que tenía derecho a vivir mi vida como yo quisiera. Pude constatar algo muy revelador: no era la única persona que sentía lo mismo, y eso me dio cierto valor para continuar explorando.


Luego de este intento fracasado de buscar una definición como gay conocí a Eugenia, quien sería mi esposa durante veinte años. Tuvimos tres hijas divinas, y al casarme creí haber dejado atrás todas mis búsquedas, incluso aquellas más trans. El deber ahora era tratar de ser el hombre que se esperaba que fuese. Todo duró dos meses; enseguida blanqueé lo que pasaba, hablé con Eugenia y si bien no lo aceptó con agrado, lo toleró. Durante el primer año de casados yo llegaba antes y la esperaba con la cena vestida con una minifalda y con tacos. El vínculo continuó así hasta que nacieron mis hijas, luego se impuso la


realidad: yo debía ejercer el rol de padre y dejar de lado mis deseos. No es necesario aclarar que esto fue sumiendo mi espíritu femenino en el letargo, volví al closet, más oscuro que antes y obvio que nada de eso fue gratuito. Con el tiempo perdí la alegría y por momentos hasta las ganas de vivir; mis sentimientos no cambiaron, sólo quedaron reprimidos: la olla a presión estaba al fuego, lista para explotar en cualquier momento.


En el año 2003, estando yo abandonada, dejada, casi deprimida ocurrió el milagro. Visité un servicio de transformismo: sí. Se llamaba Crossdressing Buenos Aires. La producción fue total: me pusieron peluca, ropa, maquillaje, pestañas y uñas postizas. ¡No puedo olvidar mi alegría cuando me vi en un espejo! Ese día abandoné definitivamente el útero que me cobijó durante 43 años, y salí al mundo como María José. En ese momento comencé un camino del que no volvería: el cambio amplió mi panorama, lo que hasta el momento tenía solamente una connotación sexual pasó a ser algo más completo y por cierto, mucho más rico y complejo: la idea de ser mujer, no sólo parecerlo. Mi experiencia trans comenzó a cerrar así el círculo y a empezar a tomar forma.


Lo que vino después fue una rápida transformación: día a día fui experimentando el crecimiento de mi lado femenino. Fui definiéndome poco a poco: una vez liberada, todo fue crecimiento y maduración de la idea. Por supuesto, no manejé nada libremente. Llevé una doble vida, lo cual me consumía cada vez más tiempo, sin embargo, pese a que estaba mejor todo esto no terminaba de satisfacerme: más avanzaba, más quería; más me definía, más difícil se me iba haciendo la vida matrimonial.


En esos tiempos la lucha de mantener a mi familia y buscar definir la identidad fue tremenda. Me sentía atrapada, pero incapaz de forzar una salida: me resultaba imposible aceptar la pérdida de mi entorno familiar. La terapia resultó ser una buena ayuda, sin embargo era mucho lo que aún tenía que lograr y muy difícil el precio a pagar.

Cambios: Mientras estaba deprimida visité un servicio de transformismo, se llamaba Crossdressing Buenos Aires y la producción fue total: me pusieron peluca, ropa, maquillaje, pestañas y uñas postizas. ¡No puedo olvidar mi alegría cuando me vi en un espejo!

La vida cotidiana se volvió dolorosa: lloraba continuamente, en casa y en el trabajo. Para hacer algo con lo que sentía, me puse a escribir un blog que se convirtió en un


modo de liberarme. Compartí con compañeras de trabajo mi situación, y eso me ayudó mucho a aceptarme y empezar a comprender lo que sentía. Lloraba y sufría por mi realidad, pero también nacía la esperanza de lograr un cambio a futuro.


Empecé a compartir con cuatro amigas un departamento, donde dejaba mis cosas. El lugar funcionó como una base de operaciones y un bulo, ahí viví momentos intensos de placer, tuve un amante durante tres años, me sentía hermosa y apreciada por él.


Las salidas nocturnas se multiplicaron. Iba a bailar o a tomar algo con amigas, sin embargo siempre aparecía el “Síndrome de Cenicienta”: llegada la hora, había que borrar todo rastro de la transformación y regresar con la familia. Era el fin de la fantasía; claro está que yo deseaba convertirlo en una realidad.


Finalmente el mañana se hizo presente. Fui despedida de mi empleo tras veinte años de trabajo. ¿La razón? Obvio, ser trans. Si bien se la disfrazó adecuadamente ya que mi empleador era la Iglesia Católica, mi jefe, el Cura, monito- reaba mi vida a través de mi blog. Así es que ante el temor de que un día apareciera en el trabajo travestida, consideró que lo mejor era el despido.


Curiosamente debo agradecerlo: aceptar la pérdida de mi empleo me demostró que podía vivir igual y ese fue el primer paso para separarme de mi esposa e irme a vivir la vida que siempre había soñado.


Me fui hace tan sólo diez meses. Alquilé un departamento, lo arreglé a mi gusto y me largué a la aventura de construir mi vida como yo lo deseo. Claro que no todas fueron rosas: la ruptura matrimonial deja profundas huellas, y tuve un ataque feroz de angustia que terminó en una internación psiquiátrica. Fue dolorosa, pero también sirvió para poner mis cosas en claro.


Soy una persona diferente a la mayoría. Nací hombre, viví como hombre cincuenta años, y sin embargo nunca me sentí cómoda en ese papel. No puedo dejar de ser “hombre” porque es una cuestión genética, XY, pero puedo elegir cómo sentir, cómo vivir mi vida y llevarlo con dignidad y disfrutar de eso. Mi identidad de género es diferente, me siento mujer, me pienso mujer, no pasa por la vestimenta, puedo vestir de hombre y no sufrir por eso: aunque eso sí, nada de mirarme en el espejo porque el rechazo es grande. No me gusta lo que veo, el espejo no refleja lo que siento, lo que soy.


¿Dónde estaban? Seguramente encerradas en el mismo closet que mi femineidad. Ahora veo que puedo hablarlo libremente. Antes no, no podía: el ambiente que me rodeaba no permitía que yo me expresara. ¿Cuántas veces me callé la boca porque hablar significaba mostrar la hilacha, deschavarse? Muchísimas. Ahora soy consciente de que vivía encerrada en mí misma, escondiendo a todos, escondiéndome a mí misma. No somos lo que queremos, somos lo que podemos ser, pero podemos muchísimo más de lo que a veces creemos, es solo cuestión de animarse, de salir a vivir, de buscar caminos, de hacer caminos al andar, claro también está aquello de “al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”, se cierra una puerta, pero siempre se abre una nueva.