Corporalidades

Corporalidades El Teje Nº5/2009

Correr con ventaja

Por Blas Radi

Correr con ventaja

Un inquietante viaje en colectivo durante el debate sobre la atleta sudafricana acusada de ser hombre. Exámenes de sangre que buscan el gen imprescindible para la masculinidad, un gel que asegura lograrlo. Escenas de un mundo en el que serás lo que debas ser o si no ¿serás nada?

Estoy en la parada del bondi esperando el 24 hace ya casi media hora y pasa uno fuera de servicio. Me pongo a leer el diario para evitar a un vecino que está adelante. Encuentro la noticia sobre la atleta sudafricana “sospechada de ser hombre”, una noticia que dio la vuelta al mundo en tiempo récord.


En apenas un minuto y cincuenta y seis segundos, la corre­dora atravesó los 800 metros clasifícatenos superando en siete segun­dos su marca anterior. Mucho menos tiempo necesitó la noticia para recorrer divanes, quirófanos, laboratorios y sillones ginecológicos en boca de cientos de opinólogos de cotillón que la sentaron a la mesa de polémica de cualquier bar para interpelarla insidiosamente hasta que ella ofreciera demostrar públicamente su feminidad.


Porque si lo esencial es invisible a los ojos, Caster Semenya propuso arrojar luz sobre el debate bajándose los pantalones. La Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo no tardó en tomarle la palabra, junto con varias muestras de sangre y orina completas. Al parecer, aquello indescifrable para nuestro sentido de la vista es per­fectamente accesible para la genética. ¡Y genialidad absoluta! La Asociación Internacional decidió ponerse a buscar “el gen impre­scindible para la masculinidad”.


Me apoyo contra un árbol porque estoy a punto de colap- sar, de risa, de nervios, de bronca o todo eso junto. Si la masculin­idad representa un conjunto de actitudes propias del género masculi­no y éste es, ni más ni menos, que una categoría sociocultural e histórica que se impone sobre un cuerpo sexuado y le atribuye senti­do... ¿cómo entra enjuego la biotecnología? ¿Se trata de un gen que dispone de ciertas inclinaciones sobre el individuo hacia esos for­matos de feminidad y masculinidad como si fueran eternos, inmuta­bles y naturales?


No, por supuesto que no.


Me subo al bondi y como era obvio viajo parado, somos 90 personas que nos miramos con odio y nos amontonamos cercando los asientos para asegurarnos el lugar del pasajero que se pare. Es difícil leer para­do, pero lo bueno es que acá no hay lugar para caer.


Me pregunto si no será ventajoso también tener padres deportistas o vivir cerca de un gimnasio. ¿Deberíamos descalificar a los jugadores de rugby de los países donde no es una disciplina amateur porque tienen un mejor ritmo de entrenamiento que aquellos que deben trabajar en otra cosa para mantenerse? ¿Y qué hay con lxs que son genéticamente distintxs y tienen otras “ventajas innatas”? ¿Y lxs participantes de piernas más largas? ¿Lxs más altxs? ¿Debería celebrarse un evento alternativo que reciba solamente a velocistas africanos?¡Por fin puedo sentarme! Llegamos al Abasto y el colectivo queda casi desolado. Me apuro a ocupar el único lugar libre de la fila individual. ¡Bendita suerte! Es el que está arriba de la rueda, ¡no puedo estar más incómodo! Se vacía uno doble sin compañero y me paso ahí. Este año, la medalla de oro viajó finalmente a Sudáfrica col­gada del cuello de “La gran dama del deporte”. Su pueblo condecoró a Semenya con el título de “mujer al 100%”, pero todavía se esperan los resultados de los estudios porque evidentemente algunos atropel­los, como pensar que la mujer se define a partir de los estrógenos (aunque es peor, porque la definición es negativa, se define por la ausencia del gen de la masculinidad, dentro de discursos que conciben a la mujer como un hombre incompleto) son válidos, o por lo menos, tienen el consenso necesario para presentarse como si lo fueran.
El procedimiento para probar el sexo de los atletas fue instalado por el Comité Olímpico Internacional en las olimpíadas de México en 1968. Se trata de una rutina de exámenes sofisticados en busca del gen SRY, responsable a partir de la octava semana de gestación de la formación de los testículos y de la producción de testosterona en el embrión. La justificación que sirve de excusa para aplicar estos procedimientos, alude a supuestos privilegios competi­tivos del genotipo xy sobre el xx, originados en diferentes capaci­dades físicas. De algún extraño modo, se piensa en lxs atletas como portadorxs de una anomalía que lxs convierte en seres imbatibles, incluso cuando —como ha ocurrido— obtienen el segundo puesto en su especialidad.

Igual que Sebastián, yo no tengo barba, ni nuez. Me pregunto si tendré que apelar a los efectos del Testogel para poder ser leído como un tipo. ¿Será el Testogel el gel imprescindible para la masculinidad?

Frente a mí se sientan Paz, Dolo y sus mochilas repletas de pines orgullosísimos. Cien por ciento tortillera, chiks rules y un labrys plateado que refleja el sol y te deja ciego. Hablan fuerte, lla­man la atención. Paz cuenta que salió la noche anterior, que fueron todas las chicas a un bar.


—¡No sabés! —explica— Justo cayó una chica transexual!


—¿Un travestí? —interroga Dolo.


—No, no —aclara Paz—. Una chicaaaa, quería que la llamemos Sebastián.


Falta bastante para que termine mi recorrido, así que soy testigo involuntario de este diálogo tan peculiar. Paramos en el semáforo de Callao, y Paz explica que un chico trans que no tenga la delicadeza de operarse o aplicarse testosterona es, en realidad, una vecina gordita cualquiera. Porque, claro, dice, “que yo no me sienta hombre, no quiere decir que sea menos hombre que él”.


Nos acercamos al Obelisco y las chicas coinciden en que Seba va a seguir siendo mujer hasta tanto no se opere, porque nació mujer. Vuelvo la vista sobre sus mochilas y fijo la mirada en un prende­dor con un puño violeta y la consigna “acción feminista”. Pienso en el feminismo, en el 50 aniversario de su segundo sexo, en el destino biológico, en las pretensiones de la lucha por la emancipación de la feminidad como esencia y como naturaleza y sonrío con resignación.


Las chicas se ponen de acuerdo en que la figura del hom­bre debe tener barba, pija, nuez y mear parado. Además, según dicen, tiene otros modos, otra voz, movimientos rudos. De a poco construyen un modelo de tipo ideal, muy cercano a ese arquetipo enemigo de la tradición feminista.


Nos acercamos a la Plaza de Mayo, Paz le pregunta a Dolo si va a ir a la marcha del Orgullo Gay. Dolo la interrumpe, dice que lo que no se nombra no existe y la corrige. “La marcha es gay-lésbica-travesti-transexual-bi, ‘queer’ incluye todo”, resume.


Será que a pocas semanas de la marcha, me pregunto, en tanto, ya hay algo distinto en el aire de Rivadavia y Saenz Peña. Nuestra compañía lésbica se regocija con sus lemas y sus iconos, pero coinciden en que no saldrían jamás con un tipo transgénero ni con ninguna torta chonga, pero si con femmes, hombres o mujeres.


Cuando llego a mi casa, encuentro a Caster Semenya vestida de gala, posando para la portada de una revista británica. Tiene un peinado de fiesta y sonríe. ¿Qué privilegios tendrá ella contra todxs los que no deben probarle a nadie que son quienes dicen ser?


Igual que Sebastián, yo no tengo barba, ni nuez, ni meo parado, no imposto la voz ni estoy operado. Está claro que no debo tener el gen SRY, me pregunto si también dentro de “mi propia comunidad”, esa que encuentra un motivo de celebración en no tener modelos que seguir y cierra sus eventos al grito de “soy lo que soy”, tendré que apelar a los efectos del Testogel para poder ser leído como un tipo. ¿Será el Testogel el gel imprescindible para la masculinidad?